Víctor salió de allí de la misma manera como había entrado, como una tormenta arrasando todo a su paso. Se deslizó entre las puertas giratorias del periódico con esa confianza magnética que despertaba admiración u odio entre todos, pero lo que era cierto, es que a nadie le resultaba indiferente. Detrás de él, los murmullos y miradas disimuladas de los empleados florecían como ondas en un estanque tras la caída de una piedra pesada. Sin detenerse a intercambiar cortesías con el director o el editor del diario, salió de allí y caminó al edificio del frente, donde sabía que estaba el dueño de ese conglomerado comunicacional. Cruzó la calle que los separaba, mientras la gente observaba a la expectativa, con curiosidad y ansiosa de ver el desenlace de todo, pero a Víctor eso poco le importó

