Capítulo 1: Viviendo en soledad.
Narra Clara
Nunca imaginé que vivir de esta manera pudiera doler tanto. Vivir en medio de silencios y ausencias se instalan entre dos personas que comparten una casa, una cama y un apellido… pero no una vida.
Estoy sentada frente al espejo de nuestro dormitorio, cepillando mi cabello con movimientos lentos, mecánicos. No porque lo necesite, sino porque no sé qué más hacer mientras espero. Siempre espero. A Ethan. Su llegada, su voz, su presencia.
El reloj marca las once y cuarenta y siete de la noche.
Llego a conocerlo tanto que sé que llegará después de medianoche. Siempre después de medianoche. Como si el día solo tuviera espacio para él y su trabajo, y yo fuera un apéndice al que se vuelve cuando ya no queda energía para nada más.
Me miro en el espejo y me cuesta reconocer a la mujer que me devuelve la mirada.
No estoy mal… No estoy descuidada.
Llevo un camisón sencillo, de seda blanca, el que él me regaló hace meses en un viaje de negocios. Nunca lo notó, nunca lo comentó… Nunca volvió a mirarme con la atención suficiente como para darse cuenta de que lo uso casi todas las noches.
A veces pienso que, si desapareciera de pronto, Ethan tardaría días en notarlo.
Apoyo el cepillo sobre el tocador cuando escucho el sonido de la puerta principal abrirse. No salto, no sonrío. Tampoco, me levanto de inmediato. Solo respiro hondo, como si me estuviera preparando para algo que, en el fondo, ya sé cómo será.
Sus pasos resuenan en la casa; firmes, seguros, cansados. Los conozco tan bien que podría describir su estado de ánimo solo por la manera en que camina.
Hoy está agotado.
Entra al dormitorio sin tocar la puerta, aflojándose la corbata mientras camina directo al baño. Ni siquiera me mira. La puerta se cierra tras él, y el sonido del agua cayendo llena el espacio que su voz nunca ocupa.
—Hola —digo en voz baja, sabiendo que no me escuchará.
O quizá sí, pero no responde.
Me levanto del asiento y me acerco a la cama, acomodando con cuidado la colcha que nadie desordenó. Nuestro dormitorio siempre luce perfecto, ordenado, impecable… igual que nuestro matrimonio. Al menos por fuera.
Cuando Ethan sale del baño, lleva el cabello húmedo y la camisa abierta hasta el pecho. Es un hombre atractivo. Siempre lo ha sido… Alto, seguro, con esa presencia que llena cualquier sala de juntas y hace que todos lo escuchen cuando habla.
Yo lo observo desde la cama, como he hecho tantas noches, preguntándome en qué punto dejé de ser alguien que él quisiera mirar.
—¿Cómo estuvo tu día? —pregunto, intentando que mi voz suene natural.
Él se sienta en el borde de la cama y revisa algo en su teléfono.
—Largo —responde.
Solo eso. Largo.
Asiento, como si esa palabra fuera suficiente para resumir horas, pensamientos, emociones. Como si con eso bastara.
—Pedí que prepararan sopa —digo—. Está en la cocina, por si tienes hambre. Puedo pedir que las sirvan para ti.
Ethan deja el teléfono a un lado y se quita el reloj.
—No tengo hambre.
No pregunta si yo comí. Nunca lo hace.
Se acuesta a mi lado, manteniendo una distancia exacta entre nuestros cuerpos. Ni muy cerca, ni demasiado lejos. La distancia justa para no parecer extraños… pero tampoco esposos.
Apaga la luz sin preguntarme. Y ahí, en la oscuridad, vuelvo a sentirlo; ese vacío que se abre en mi pecho, esa certeza silenciosa que me acompaña desde hace meses.
Mi matrimonio no es una historia de amor. Nunca lo fue.
Me casé con Ethan Blackwood sabiendo que no habría promesas románticas ni declaraciones apasionadas. Fue un acuerdo, u na alianza. Un pacto que beneficiaba a ambas familias y consolidaba su imagen como el CEO joven, brillante y estable de Nueva York.
Para la prensa, éramos perfectos. Para la alta sociedad, admirables. Para mí… era una vida solitaria compartida con alguien que jamás me eligió.
Ethan no es un hombre cruel. Nunca me ha gritado, nunca me ha humillado, nunca me ha levantado la voz. Pero su indiferencia pesa más que cualquier golpe.
Dormimos en la misma cama, desayunamos en la misma mesa. Asistimos juntos a eventos. Y, aun así, siento que vivo sola.
A veces me pregunto si él nota lo poco que hablamos. Si se da cuenta de que conozco más de sus horarios que de sus pensamientos. De que sé a qué hora llega, pero no qué siente.
No está enamorado de nadie. Tampoco de mí.
Y lo sé porque el amor deja huellas, incluso cuando se oculta. Y Ethan… no deja ninguna.
Me doy la vuelta, dándole la espalda, fingiendo que el sueño llega con facilidad. Él no se mueve, no me abraza, no me pregunta si estoy bien.
El silencio vuelve a instalarse entre nosotros.
En la mañana, todo es igual.
Me despierto antes que él, como siempre. Bajo a la cocina y preparo yo misma el café. Coloco dos tazas sobre la mesa, aunque sé que solo usaré una. Ethan desayuna rápido, de pie, revisando correos, siempre con prisa.
—Hoy tengo una reunión importante —dice mientras se pone el saco—. Llegaré tarde.
Otra vez.
—Está bien —respondo—. ¿Quieres que te acompañe esta noche? Hay una cena con inversionistas.
Ethan se detiene un segundo, como si la pregunta lo tomara por sorpresa.
—No es necesario —dice—. Es solo trabajo.
Asiento. Siempre asiento.
Cuando la puerta se cierra tras él, me quedo de pie en medio de la cocina, mirando las dos tazas de café. La suya intacta. Fría.
Recojo todo en silencio, no recuerdo cuándo fue la última vez que discutimos. No porque todo esté bien, sino porque aprendí a callar, a guardarme las preguntas. A no exigir.
Porque exigir implica esperar algo a cambio. Y yo… ya no sé qué esperar.
A media mañana reviso mi agenda, organizo llamadas, respondo correos. Mi vida gira alrededor de mantener todo funcionando, de sostener una imagen que parece perfecta desde afuera.
Por la tarde, mientras reviso unas invitaciones para un próximo evento de la empresa, veo su nombre en la pantalla de mi teléfono.
Ethan.
Mi corazón da un pequeño salto absurdo.
—¿Sí? —respondo.
—¿Puedes enviarle a Vanessa los documentos del proyecto? —pregunta—. Los necesita hoy.
Vanessa Reed.
Trago saliva.
—Claro —digo—. Se los envío ahora.
—Gracias.
La llamada se corta.
Me quedo mirando la pantalla apagada del teléfono durante unos segundos, sintiendo esa punzada familiar en el pecho. Vanessa es parte del entorno laboral, eso es lo que siempre me digo. Una socia externa. Una mujer brillante, ambiciosa, segura de sí misma.
Una mujer que no oculta demasiado el interés que siente por mi esposo.
Ethan dice que exagero. O, mejor dicho, nunca dice nada. No pone límites. No explica. No aclara. Asume que, si para él no es importante, para mí tampoco debería serlo.
Pero yo veo cosas que él no ve. O que no quiere ver.
Las miradas prolongadas. Las sonrisas cargadas de intención. Las llamadas a horas que no son necesarias. Y aunque nunca he tenido pruebas reales, cada pequeño detalle se acumula dentro de mí como una herida que no termina de cerrar.
No digo nada, nunca digo nada.
Por la noche, cuando Ethan vuelve a llegar tarde, repito la misma rutina. La espera. El silencio. La distancia exacta en la cama.
Y mientras observo el techo en la oscuridad, una pregunta se forma en mi mente, insistente, dolorosa.
¿Cuánto tiempo más puedo vivir así?
No quiero ser una esposa perfecta solo para los demás. No quiero seguir fingiendo que esto no duele. No quiero seguir amando a un hombre que no sabe —o no quiere— amarme.
Cierro los ojos, obligándome a respirar con calma.
Mañana será otro día… Eso me digo siempre.
Pero en el fondo, muy en el fondo, algo empieza a resquebrajarse.
Y aunque aún no lo sé, esta será una de las últimas noches en las que dormiré a su lado sintiéndome completamente sola.
La casa vuelve a quedarse en silencio cuando Ethan se va.
Esta vez no es temprano. Son casi las nueve de la mañana y, aun así, siento que su ausencia pesa igual que siempre. Me quedo parada frente a la ventana del estudio, observando cómo su auto desaparece al final del camino, como si algo dentro de mí esperara que, en el último segundo, se detuviera. Que regresara. Que se diera la vuelta.
No lo hace, nunca lo hace.
Respiro hondo y me obligo a moverme. Tengo cosas que hacer, compromisos que atender, una vida que sostener, aunque nadie note el esfuerzo que implica.
Hoy hay un evento de la empresa. Una recepción privada organizada para socios e inversionistas extranjeros. Ethan dijo que no era necesario que asistiera, pero su asistente me envió la invitación de todas formas. No es la primera vez.
Para el mundo, sigo siendo la señora Blackwood. Para Ethan… soy una presencia opcional.
De igual, decido ir. No por él, sino por mí. Porque necesito sentir que aún existo más allá de esta casa silenciosa, más allá de un matrimonio que se sostiene solo por costumbre y apariencias.
Paso la mañana eligiendo el vestido con cuidado. No busco algo provocador, pero tampoco quiero desaparecer. Me decido por uno azul oscuro, elegante, sobrio, que marca lo justo. Me recojo el cabello, dejo algunos mechones sueltos alrededor del rostro y aplico un maquillaje suave.
Me miro en el espejo, sigo siendo yo. La mujer que un día creyó que el tiempo haría crecer el amor. La que pensó que la cercanía crearía algo real. La que se conformó con migajas porque le dijeron que así era el matrimonio.
El salón del evento está lleno cuando llego. Las luces cálidas, las conversaciones superpuestas, el tintinear de las copas. Todo brilla. Todo parece perfecto… Como siempre.
Camino entre los invitados con una sonrisa educada, saludando a quienes reconozco, intercambiando frases triviales que no significan nada. Me preguntan por Ethan, por la empresa, por los próximos proyectos.
—Debe estar muy ocupado —dicen—. Siempre tan dedicado.
Asiento, como si eso no doliera.
Lo encuentro al otro lado del salón, rodeado de personas. Está impecable, como siempre. Traje oscuro, postura firme, sonrisa medida. Habla con seguridad, con esa facilidad que lo hace destacar. Cuando alguien lo escucha, siente que está frente a alguien importante.
Yo también lo sentí una vez.
Me acerco despacio, esperando que me vea antes de llegar, que note mi presencia. No lo hace. Es Vanessa quien gira primero y me observa.
Vanessa Reed es exactamente como la recordaba. Alta, elegante, con una sonrisa segura que parece ensayada para cada ocasión. Su vestido es claro, llamativo sin ser exagerado. Está demasiado cerca de Ethan.
—Clara —dice al verme—. Qué gusto verte.
Su tono es amable, pero hay algo en su mirada que no lo es.
—Vanessa —respondo, manteniendo la compostura—. Igualmente.
Ethan finalmente se gira hacia mí.
—No sabía que vendrías —dice.
No suena molesto. Tampoco complacido. Solo sorprendido, como si no me hubiera considerado parte del escenario.
—Recibí la invitación —contesto—. Pensé que era apropiado.
Asiente, como si mi presencia fuera una decisión lógica, no algo personal.
—Claro.
Y eso es todo.
No me presenta. No me toma del brazo. No hay ese gesto automático que tienen los matrimonios que funcionan. Vanessa se adelanta.
—Estábamos hablando del nuevo proyecto en Londres —dice—. Ethan cree que podría expandirse más rápido de lo previsto.
Lo dice mirándolo a él, no a mí.
—Es una posibilidad —responde Ethan—. Aún hay detalles que ajustar.
Hablan durante varios minutos. Yo estoy ahí, escuchando, sonriendo cuando es necesario, pero sintiéndome invisible. No intervengo. Nadie espera que lo haga.
En algún momento, Vanessa posa su mano sobre el brazo de Ethan. Es un gesto breve, aparentemente inocente. Él no se aparta.
Algo dentro de mí se tensa.
No es celos explosivos. Es algo más sutil. Más triste. Es la confirmación de algo que llevo tiempo evitando aceptar.
Me excuso con una sonrisa.
—Voy por algo de beber.
Nadie intenta detenerme.
Me acerco a la barra y pido una copa de vino. El primer sorbo baja lento, ardiente. Apoyo el codo en la superficie pulida y observo el reflejo del salón en el espejo frente a mí.
Parejas conversando, risas suaves, contacto visual. Y yo… sola.