El pasillo estaba silencioso, pero no era un silencio calmado. Era el tipo de silencio que precede al caos, un vacío denso que olía a miedo. Enrico me esperaba junto a la puerta de la habitación donde ordené que recluyeran a Allysel, impecable, atento como un perro de guerra. No le dirigí ni una mirada. Entré. El sonido del pestillo cerrándose a mi espalda hizo que Allysel levantara la cabeza como si la hubieran electrocutado. Estaba acurrucada un sillón, aún atada del torso a los brazos del mueble, respirando con esa mezcla de miedo y confusión que me estaba empezando a resultar… interesante. Y trágicamente útil. Ella me miró, pero no me vio. Tenía los ojos perdidos, como si su realidad estuviera a medio camino entre la conciencia y las sombras de la droga que una vez circuló por su s

