No recordaba la última vez que me senté sin hacer absolutamente nada. Pero ahí estaba, hundido en el sillón de mi habitación, mirando el techo como si los patrones de yeso pudieran tragar la rabia que me está comiendo vivo. Sentía los músculos tensos, la mandíbula apretada. Aún puedo ver la escena: Allysel con las manos temblorosas, pidiéndole alcohol a la empleada como una adicta sin dignidad. No sé qué fue lo que verdaderamente encendió mi ira: si su dependencia patética, o su manera de mirarme como si yo fuese el monstruo, como si fuese tan normal su manera estúpida de ver la vida, como si el remedo de mujer que era no fuera consecuencia de sus patéticas decisiones, de las decisiones de su padre, de todo lo que esa familia destruyó. “Es el mismo veneno pero en cuerpo de demonio embauc

