Apenas llevaba una hora en esa casa y un dolor de cabeza me golpeó sin aviso, como los problemas que resolvía.
Había pasado la vida tolerándolo todo: la presión de un enfrentamiento, noches de adrenalina, hasta los gritos caprichosos de Danna, esa bomba de tiempo diminuta y caprichosa que forma parte de la familia Cellini, pero nada me preparó para esa sorpresa.
Una bambina. Sí, una bambina. El malnacido de Nicola dejó una niñata entre sus propiedades. Nos sorprendió a todos; por lo menos a mis hombres, y a mi persona. Nadie, nunca jamás imaginó que el maldito tuviera debilidad por una cosa tan diminuta y… babosa. La tenía como princesa, la encontré rodeada de lujos, y el personal dispuesto a sacrificarse por ella.
Pudiera resolver esto ordenándole a mis hombres dejarla en la puerta de cualquier albergue de esos que reciben bambinos; pero no, esa pequeña plaga pelirroja, con su cabecita de zanahoria y sus ojos de semáforo en verde que no paran de gotear, es el mayor estorbo que en mi trayectoria como mafioso he podido encontrar… me pone de mal humor, me encoleriza… entorpece todos mis planes.
Es impensable que un bultito de tan solo dos miserables años interrumpa un gran negocio que me tomó años planificar y ejecutar con tanta precisión. Todo era perfecto, todo marchaba bien hasta que esa cosa molesta se atravesó.
Debía encontrar a la responsable de esta tragedia, al otro grano en el culo… a la madre de esa cosa molesta y llorosa e hija del maldito Nicola.
«Apenas me firme los documentos, me desharé de ambas», pensé molesto.
Lo que debía ser la toma de posesión más sencilla y digna de celebración, se transformó en una traba molesta. Pero nada me iba a detener. Estaba determinado a culminar lo que comencé.
—¿Ya decidiste qué hacer con la bambina? —preguntó Enrico.
Sorbí el café que la ama de llaves de Nicola preparó bajo la atenta mirada de uno de mis hombres. No confío en nadie. Contesté con voz contenida, cortante:
—Llama a Visconti. Él sabrá qué hacer con ese problemita.
—Ya lo llamo —respondió Enrico.
La impaciencia comenzó a morderme; sabía que si perdía la compostura acabaría dejando cadáveres por el camino. No podía permitirme llegar a esos extremos. No permitiría que nada avanzara sin un orden lógico.
Enrico regresó al salón y dejó caer más detalles como quien deja migas inútiles.
—Visconti viene en camino —dijo—. Asegura que no sabía de este detallito. Sospecha entender el por qué Hacienda está poniendo trabas. Dice que es por la niña. Agregó Que si no existiera, quizá se habrían saltado la ley, como en otras ocasiones. Dijo que no hagas nada. Si ellos saben de la existencia de la bambina, no duda que servicios sociales también esté al tanto; y si le sucede algo a esa bambina, no solo te despojaran de la posibilidad de poner la manos sobre lo que te corresponde, sino que no descansarán hasta darle un buen hogar y un tutor de esos bienes. La bambina tendrá sobreprotección —hizo una pausa—. Eres rey del mundo, cierto, pero con el apoyo de las autoridades. ¡No querrás echarte los a todos encima! Algún amigo debemos conservar ahí adentro, Davide.
Una sonrisa seca y helada, curvó mis labios. Odié escuchar que en vez de solución inmediata ese gusanito pegajoso sea mi peor pesadilla.
—Eviten que no se atraviese otra vez en mi camino mientras encuentro una solución —escupí enfadado y frustrado—. Después decidiré su destino. Llama a esa mujer… —Señalé en dirección al pasillo—, al ama de llaves… inmediatamente. Necesito salir de este agujero; pero antes dejaré instrucciones precisas y claras.
Enrico no respondió. Simplemente giró sobre los talones y se perdió por el pasillo, dejando tras de sí el silencio cortante que me rodeaba. Volvió a los pocos segundos, flanqueando a la mujer como una sombra. Su rostro decía lo que sus palabras no: sabía que cualquier titubeo era peligroso, para ella.
—Necesito que consiga para esta tarde una fotografía de la maldita hija de Nicola —ordené, seco, sin permitir discusión—. Escuche bien… para esta tarde. No para la noche, ni mañana. Hoy, en la tarde —agregué enfático.
Vi que la mujer tragó saliva; sus manos se entrelazaron como buscando apoyo invisible.
—Se… señor, intentaré conseguir una…
—“Intentaré”... no me sirve —La interrumpí con voz fría—. Mejor que la consiga. No trate de salvar a nadie. Si no quiere anunciar su despedida de este mundo, como su patrón… cúmplame.
El temblor en su cuerpo se hizo visible, era apenas un remedo humano en un mar de nervios. No me sorprendía. Mi propia impaciencia siempre había sido contagiosa; cuando me centro en algo, la presión se vuelve tediosa. Ella era, en ese instante, el puente entre lo que quería y lo que debía destruir: La hija de Nicola.
—Es que el señor Nicola —balbuceó— cuando la niña, Alysel, se fue… ordenó sacar de la casa todas las fotografías que existían de ella… no sé si él guardó alguna…
Sus palabras se deshilacharon; el miedo la había dejado sin argumentos. No quería su drama, solo resultados.
—No me interesa su sentimentalismo —respondí, cortante—. Espero la llamada de uno de mis hombres para confirmar la entrega de la fotografía. Nada más.
Di un paso hacia la puerta, calculado, como quien sale dejando puertas cerradas tras de sí. Mis instrucciones salieron precisas, sin resquicio para dudas:
—Enrico, deja a unos hombres al cuidado de todo. Retira a los hombres de Nicola y llévalos a la casa de campo. Que no quede nadie con motivos para moverse esta tarde. Esta noche decidiré el resto.
Sin esperar respuesta me dirigí al exterior. El aire frío me golpeó como una confirmación: el tren estaba en marcha, fuera cual fuere el obstáculo, debía llegar a su destino. Mientras caminaba, mi pensamiento era una cuchilla quieta, afilándose para lo que vendría.
A unos pocos kilómetros de allí:
Alysel.
La noticia de su muerte me marcó. No debería ser así. Esto en otro tiempo habría sido mi mayor motivo de felicidad, pero no, me cayó como una una sentencia. Una marca más, profunda y sucia, imposible de borrar.
No debería estar aquí.
«¿Qué haces, Aly?», me pregunté, mientras descendía por las escaleras húmedas que llevaban a la ciudad subterránea. Corvetto apestaba a sudor, a desesperanza, a cuerpos que se rendían un día más. Ese lugar era un basurero de almas rotas, un refugio para los que ya no esperábamos nada. Perfecto para mí.
Necesitaba mi dosis. No para volar, no para sentir placer. Sino para apagar el ruido dentro de mi cabeza. Para adormecer lo poco que me quedaba de sensibilidad y dejar de recordar la muerte del hombre que me arrancó todo lo que fui, todo lo que amé.
El mismo que me expulsó de su vida con frialdad, clavándome el puñal de la traición sin temblar. Y aún así, parte de mí lo lloraba. Asqueroso, débil.
—Por lo menos ya no le hará daño a nadie —murmuré entre dientes, esquivando a los fantasmas que vagaban por las callejuelas. Cuerpos demacrados, miradas perdidas. Algunos buscaban su dosis; otros ya la habían encontrado, mientras que otros tantos habían dejado de buscar cualquier cosa.
—Dammi una doppia dose (Dame una dosis doble) —le pedí al tipo que siempre me vendía.
—Farò tutto quello che mi chiederai, mia preziosa carota (Haré todo lo que me pidas, mi preciosa zanahoria) —me dijo con esa sonrisa grasienta mientras me tendía los sobres. Intentó rozar mi cabello, pero me aparté.
Siempre el maldito cabello. Naranja intenso, rebelde, inconfundible. Brillaba aunque mi vida no lo hiciera. Los ojos verdes, y la piel del rostro con rubor natural, eran mi cruz. Una ironía cruel: mi cuerpo parecía vivo, aunque por dentro estaba podrida.
Dos años huyendo de los hombres de Nicola. Dos años de cambiar nombres, rostros, acentos. Aprendí sus trucos, sus códigos, su forma de cazar. Por eso nunca me encontraron. Pero siempre estaban cerca. Demasiado cerca.
Así como ingresé a Corvetto, salí con rapidez, con discreción. Esa noche me refugié en un hotel de segunda, en el centro de la ciudad, en una habitación que olía a tabaco y humedad. Abrí la botella de licor barato que compré en el camino y vacié los dos sobres sobre la mesa.
«El viaje de la vida… de mi miserable vida», pensé antes de aspirar el polvo que me prometía olvido.
Pero era una ironía porque entre trago y trago, los recuerdos volvieron como cuchillos: mi madre, su muerte y la voz de Nicola diciendome que se lo merecía, el llanto de mi hija cuando nació, y la voz de Juan —el perro fiel de Nicola— diciéndome que la habían entregado en adopción.
Ese día dejé de ser humana. Desde entonces respiro por inercia, camino sin destino, y mi corazón... bueno, ese murió hace tiempo.
Vivo, sí. Pero solo porque todavía no he encontrado una forma decente de desaparecer.