No había nada en mi cabeza excepto que la necesidad de mantener el ritmo de mis caderas y el melodioso sonido que producía el choque de ellas contra la rubia drogada que jadeaba bajo mí. La terraza estaba casi oscura, iluminada apenas por las luces de la ciudad que se filtraban entre las plantas y las sombras del muro. Me gustaba así: sin distracciones, sin rostros, sin nombres, aunque con la gracia de ser descubiertos; pero poco me importaba. Tenía tiempo deseando follarmela, y se me dió. Mi única distracción en ese instante era seguir disfrutando del cuerpo tembloroso de la mujer que tenía debajo, que estaba con la boca abierta en un gemido casi inútil. Mantuve los ojos cerrados mientras me dejaba llevar por el impulso crudo del momento. El viento frío golpeaba mi espalda sudada debajo

