El amanecer no había terminado de romper cuando la puerta se abrió sin aviso. No fue Lily quien me despertó. Tampoco fue el sonido del viento contra la ventana. Fue Davide. La luz tenue del pasillo delineó su figura antes de que entrara por completo. Parecía haber dormido… o quizá no lo necesitaba. No había rastro de cansancio en él. Solo determinación. Una determinación que no se abollaba, que no cedía, que no tenía grietas. Yo en cambio estaba destrozada. Mis ojos ardían por el llanto, mi respiración aún se entrecortaba, y mis manos temblaban alrededor del pequeño cuerpo de Lily. —Levántate —ordenó. No saludó. No preguntó si había dormido. No verificó a la niña. Sus ojos se posaron en mí como si yo fuera una tarea pendiente. Me incorporé con torpeza. La manta se deslizó por mis pie

