La guarida del zorro.
Eso era mi ático, y no precisamente un hogar.
¿Cuántas mujeres habían pasado por ahí? No tenía ni puta idea, pero demasiadas.
Era grande, con recibidor, un salón enorme con grandes columnas y paredes de cristal. Con chimenea, una majestuosa araña de cristal colgando del techo y detalles exuberantes en dorado. Tenía una cocina amplia y amueblada con la última tendencia en electrodomésticos, pero que rara vez se usaba; un despacho con una vista maravillosa, y cuatro habitaciones amplias en el segundo nivel.
Lo había comprado porque tenía un toque sensual que me hacía pensar en los dioses del Olimpo, y como yo me sentía como uno, era perfecto.
Le expliqué a una extrañamente silenciosa Nathalie, que el ascensor se activaba mediante una clave exclusiva para cada piso, pero no supe si al final me puso atención o no. Era su asunto si después no podía salir.
Ya luego daría instrucciones en recepción para que la dejaran entrar y salir sin problemas.
—Bienvenida —le dije cuando abrí la puerta mediante una tarjeta electrónica. También tenía que hacer que le dieran una lo más pronto posible—. Esta será tu casa durante un mes… o mejor dicho, dos.
Clavó sus exóticos ojos de gata en mí, sin que su rostro se viera perturbado por un gesto que me comunicara algo.
—¿Estás seguro, Eric? Todavía puedes arrepentirte —fue lo que dijo, sin cruzar la puerta todavía.
Me reí.
—Oh, nena, aquí la única que puede arrepentirse, eres tú, pero ya no tienes elección, así que pasa…
—De acuerdo —apartó la mirada y miró hacia el interior—. Ten en cuenta que posiblemente le estés dando entrada al diablo.
—No es que las posesiones demoníacas me den miedo, ¿giras la cabeza como la niña del exorcista? —le dije, divertido, pero ella no se rio, ni cambió el gesto. Parecía que estaba verdaderamente comprometida con lo que haríamos.
Sin decir otra cosa, avanzó con esos bonitos zapatos plateados hasta el interior.
¿Cuántas mujeres habían cruzado esa puerta? Ni puta idea, pero demasiadas. Sin embargo, ninguna como ella.
La emoción burbujeó en mi sangre como un chute de adrenalina. Me moría por saber qué cosas pasarían entre nosotros a partir de ese día.
Entré a mi propio ático después de ella y la observé mirando todo. El sol se estaba poniendo en la lejanía y desde esa altura la vista era simplemente superior, como digna de una obra de arte. Todas las paredes que daban al exterior eran de cristal, así que daba la sensación de estar viviendo en el cielo.
—Te mostraré todo…
—¿Vive alguien más aquí? —me preguntó sin dejar de ver todo a su alrededor.
—No. Tengo un mayordomo, que viene durante el día y coordina la limpieza, entre otras cosas. pero no vive aquí —la informé—. Mañana podrás conocerlo.
Asintió.
—¿Dónde dormiré? Ni sueñes que lo haré en el sofá…
—Conmigo, por supuesto…
—Eso, solo si quieres amanecer degollado, yo que tú…
—¿Entonces qué gracia tiene, nena?
Yo me divertía a lo grande molestándola y viendo lo fiera que se ponía con solo que dijera una palabra que no le agradara.
—Ni hablar. No dormiré contigo —se enfurruñó en medio del recibidor.
Y yo me reí otra vez.
—Estoy jugando contigo, nena. Si durmieras conmigo esto acabaría más rápido de lo que empezó y realmente quiero divertirme…
—¡Ja! ¡Engreído! Eso es lo que eres…
—Vamos… verás como te encanta la habitación que será tuya…
Nos fuimos arriba y la pobre apenas pudo con todos los bultos que cargaba, pero así era como ella lo había querido, y yo no insistiría.
Las habitaciones de mi ático también tenían paredes de cristal, tanto hacia exterior, como hacia el interior, pero si se quería privacidad, las cortinas colgaban desde el techo y se podían cerrar a la hora que se quisiera. Yo no lo hacía nunca y dormía desnudo sobre mi gran cama con dosel, justo como un dios.
—Esta es la mía —le señalé. Ella tenía los ojos abiertos de par en par—. Y esta de aquí… —la guie justo a la que estaba en frente—, será la tuya.
Vi como tragaba saliva. Abrí la puerta de cristal y le indiqué que pasara.
—Es hermoso, Eric —la escuché musitar, soltó sus cosas y caminó hacia el fondo.
Mi boca casi se abre, porque era la primera vez que la escuchaba alagarme de alguna manera, aunque no fuera directamente a mi persona y eso me sorprendía, viniendo de ella.
La vi apoyarse en el cristal, y hubiera podido hacer algún chiste o broma, pero me quedé mudo.
Parecía una niña, con el rostro iluminado por los últimos rayos del sol, apreciando el cielo y las luces, que abajo, en la ciudad, empezaban a encenderse.
¡Maravillosa!
Así se veía.
—¿Te gusta la vista? —pregunté, después de que no se despegó del cristal por más de dos minutos.
Reaccionó al escuchar mi voz y dejó de estar absorta.
—Es bonito, pero… me hace imaginar que hay muchos vecinos locos por ahí con binoculares, intentando ver algo…
Antes de que pudiera separarse del cristal, la acorralé con mi cuerpo y la rodeé con mis brazos. Aun llevando tacones, ni siquiera me llegaba al cuello, así que me encorvé y pegué mis labios a su oreja.
—Me gusta follar y pensar en la posibilidad de que alguien esté mirando —dije y ella se estremeció—. Me pone caliente. ¿No te pone a ti, nena? ¿Imaginar que un voyerista está excitado con tu cuerpo desnudo? ¿O que se masturba mientras ve como otro te posee?
Observé como su piel se erizó, y mientas sentía que el calor comenzaba a encender mi cuerpo, lamí su oreja y luego mordisqueé el lóbulo.
—¿Exhibicionista? —preguntó, con la voz un tanto enronquecida. También se había excitado.
—¿Estás interesada en conocer todas mis parafilias, nena? Solo dime, y podría mostrártelas todas…
Se volteó en medio de mis brazos y nuestras bocas se rozaron.
—Tal vez podría estar interesada si me dijeras, como cuáles… —dijo, mirándome a los ojos con una mirada llena de deseo.
¡Oh, si! ¡Claro que sí!
Junté mis labios con los suyos y ella respondió el beso.
—Soy exhibicionista, sí… —comencé a decirle con un lento ronroneo, cuando me separé de sus labios y me deslizaba por la línea de su mandíbula—. También… ¡Ah! ¡Joder! ¡Suéltame, perra!
Todo rastro de excitación se me fue a la mierda cuando sentí que me retorcía las bolas con una de sus manos. ¿Cómo se había movido tan sigilosamente? No me soltó y yo me retorcí por el apretujón de huevos que me estaba dando.
—¿Sabes cuál es mi mayor parafilia? —me dijo, roja por la rabia—. Ver chillar a babosos como tú. Me pone muy caliente verlos lloriquear…
—Nena, esto es trampa… —dije ahogadamente.
—¿Trampa? No. Dijiste que harías todo para ganar, entonces yo haré lo mismo para evitar que ganes. Quedas advertido, Eric…
Diciendo esto, me soltó, y yo trastabillé hacia atrás, lejos de ella, mientras trataba de recomponerme, aún sin aire en mis pulmones.
—¿Quieres dejarme sin descendencia, mujer loca?
—Tu descendencia me vale p**o —respondió—. ¿Crees que te la pondré fácil?
—Pero no me agredas, joder… ¿Cuándo vamos a aprender a llevarnos bien si siempre estás desquitándotelas con mis bolas o intentando matarme?
—Es tu culpa —replicó.
—¿Mi culpa? ¿En serio? Sentí perfectamente lo caliente que te pusiste, ¿vas a culparme por lo que tu cuerpo siente conmigo?
Era cierto que yo había hecho mi jugada intentando obtener algo, pero había percibido perfectamente lo excitada que se puso con mi contacto y mis palabras, y que no lo reconociera, me enervaba.
—¿Contigo, bribón? —se rio falsamente—. Más bien sería con la idea de otro observando mi cuerpo, pero no estabas tú en mi mente.
Apreté los dientes y fui a zancadas a cerrar las cortinas para eliminar las posibilidades de que alguien la mirara. Cuando terminé, ella fue y las abrió otra vez.
—¡Zorra!
—¡Y después dices que soy yo la agresiva! ¡Vete! Déjame sola que ya rebasé todo lo que puedo ser capaz de soportarte.
—Pues yo tampoco te soporto. Eres… eres… —la señalé, frustrado—. ¡Una mujer insoportable!
No esperé a que dijera nada más, porque quería tener la última palabra, así que salí de la habitación, y ya afuera me sentí como un niño caprichoso.
***
Eric salió y lo vi irse a través del cristal. Sin esperar un segundo fui a la puerta y le eché el seguro, luego cerré las cortinas blancas, para evitar que se viera algo desde el interior hacia la habitación.
Encendí las luces, porque casi había anochecido y fui directo al baño. Necesitaba echarme un poco de agua, porque aún me sentía acalorada, y sentía la humedad que la excitación me había dejado entre las piernas.
Deseaba a Eric. Lo deseaba sin remedio y eso no estaba bien, no cuando ya había follado con su hermano; no, cuando en algún momento pensé en lo que hubiera sido de haber aceptado su propuesta de estar juntos.
No podía ahora involucrarme sexualmente con Eric, aunque nunca llegara a saber nada sobre la historia que tenía con su hermano.
Me mojé la cara en el baño, y apenas pude disfrutar de su amplitud y de cada detalle lujoso que lo rodeaba. Tenía una ducha fantástica y una bañera que parecía la de un palacio, y mientras me duchaba, no podía dejar de pensar en mi suerte.
Los únicos dos hombres que habían despertado en mí un sentimiento diferente al odio, eran hermanos, y, por lo tanto, prohibidos.
Me puse un pijama de algodón y me ocupé en acomodar la poca ropa que había llevado en el closet de puertas corredizas que estaba a un costado y cuando terminé, escuché que Eric llamaba a la puerta.
—Nena, pedí pizza… —no le respondí, no porque estuviera enojada todavía, sino porque me sentía abrumada—. Nena, no te enojes, sal y cenemos juntos —seguí sin contestarle y los minutos pasaron—. Te dejaré aquí la caja y me iré… que duermas bien.
Cinco minutos después, salí y me encontré la caja de pizza en el suelo. Vi hacia su habitación, pero no estaba. De pronto un pensamiento ingrato me llegó a la mente: la posibilidad de que se hubiera ido a ver a una mujer que le diera lo que yo me negaba a darle.
Enfurruñada me puse a comer sobre la cama y cuando tuve sueño y apagué las luces, solo podía ver lo hermosa que se miraba la noche desde ese lugar.
¿Qué era lo que me esperaba a partir de ese día?
¿Un sueño o una pesadilla?