—Y si hago esto tendrás que cancelar las reservas que hiciste en el Paradis —continué.
Aún no estaba segura de que irme a vivir un mes con Eric fuera buena idea. Quizás serían dos, porque después de ganar me aseguraría en persona de que cumpliera su penalización, aunque lo tuviera que seguir a todas partes.
Sin embargo, y a pesar de que tenía mis dudas, una apuesta era una apuesta, y yo no era mujer de echarme para atrás. Ganaría y luego pondría a Eric en su lugar, que era muy lejos de mí.
—¿Y qué tiene que ver una cosa con la otra? —Eric frunció el ceño y me miró con una cara de inocencia que ni él mismo se la creía.
—Tengo que trabajar, Eric. Tengo clientes que…
—¿Tanto te importan? Pues no. No voy a cancelar, y por tu trabajo no debes preocuparte, pagaré tus reservas, así que deberías recibir tu salario…
—¿Y cuándo te canses de pagarlas? Y en algún momento lo vas a hacer, porque yo no te quiero como cliente…
—Nena, piensa en que dormirás tranquila por las noches, ya que, como no me quieres como cliente, y como yo no dejaré de pagar, no será necesario que vayas. Podrías ocupar el tiempo en otras cosas, sobre todo, follando conmigo…
Bufé, entre la incredulidad y la risa.
El pobre tenía por seguro que ganaría, pero con lo que no contaba es que me aseguraría de llevarlo hasta el límite, hasta lograr que se rindiera por sí mismo.
—Volveré a mi trabajo, y le diré a Pierre que no llegas. Es muy bueno para los negocios, así que, de una u otra forma, encontrará la manera de que otros hagan sus reservas.
—Olvídalo, nena, eso no va a suceder —sentenció, tajantemente.
Lo dijo con tanta seguridad y determinación que sentí el enojo otra vez burbujear en mi sangre. Quise gruñir, pero recordé que tenía que aprender a tolerarlo, por Olivia y por Luciana. Sin embargo, bajo ningún motivo me mostraría de acuerdo con él.
Me crucé de brazos y le lancé dagas con los ojos.
—Ni siquiera pienses en que te pagaré renta, y te advierto que comeré mucho, hasta acabar con tu alacena…
El desgraciado se echó para atrás y prorrumpió en una maldita y estruendosa carcajada.
No sabía a dónde iríamos a parar, pero definitivamente las cosas no acabarían bien, porque otra vez sentía ganas de matarlo.
—¿Quién diría que en el fondo serías graciosa? —dijo, entre la risa.
Estuve a punto de levantarme para tirármele encima y ahorcarlo con mis propias manos, pero la voz de Olivia resonó, en una clara advertencia de que venían hacia el salón, como si necesitáramos recomponernos la ropa o algo por el estilo.
No tardaron en aparecer, y Eric también lo había advertido, porque se sentó recto en el sofá, lejos de mí. Olivia venía adelante, después Fabrizio, cargando a Luciana; más atrás Dorian, que traía a Lucas de la mano; y por último, Dakota.
Al parecer el resto de invitados se habían ido y solo quedábamos los que ahora éramos los amigos íntimos de la familia Giordano. Increíble, pero así era.
Un secuestro había acabado de unirnos, excepto a mí y a Eric. Al que sí había perdonado era a Fabrizio, porque me había demostrado lo mucho que amaba a mi amiga. Era suficiente para mí.
Todos nos quedaron mirando, entre la duda y la sospecha.
—¿Todo bien por aquí? —preguntó Fabrizio, buscando indicios de cualquiera cosa que estuviera mal.
Le parecía extraño que no nos estuviéramos matando, porque la última vez que nos dejaron solos, intenté, de verdad, abrirle el estómago a Eric con una botella rota. Se había salvado por centímetros.
Debía admitir que aquella vez yo tuve la culpa, porque me subí en su regazo para probarme a mí misma que ya no lo deseaba, y lo había besado, todo el tiempo pensando que era el que fue mi amante. Eric, que ahora sabía que no era quien yo creía, trató de meter mano, y entonces lo abofeteé. Empezamos a gritarnos y a insultarnos, y cuando él me acusó de calientapollas, perdí el control de mí misma.
—Perfectamente —respondió Eric.
Todos avanzaron tranquilos, al ver que nos encontrábamos ilesos, y fueron a sentarse cerca de nosotros.
Lucas, que había ocupado su lugar al lado de Dorian carraspeó y se retorció las manos.
—Tenemos algo que contarles —dijo, nervioso como nunca, pero los ojos le brillaban.
Todos pusimos nuestra atención en él, pero Dorian tomó su mano y se echó para adelante. El abogado también parecía nervioso, pero sonrió cuando Lucas se pegó más a él.
—Hemos decidido mudarnos juntos —anunció, y entonces la sonrisa estalló en el rostro de mi amigo.
—¿De verdad? —Olivia se levantó, con las manos en el pecho, emocionada. Los dos asintieron—. ¡Dios, qué lindo! ¡Felicidades, chicos!
Mi amiga fue directamente a abrazarlos, y Dakota también se levantó. Yo iba a hacer lo mismo, contenta de que Lucas hubiera encontrado a un hombre decente, y que no fuera un charlatán o drogadicto como los que antes acostumbraba, pero me di cuenta de que Dorian miraba a Fabrizio y a Eric alternativamente, como si tratara de dar explicaciones con la mirada. Ellos se habían quedado desencajados.
Me pareció sumamente extraño, e iba a hablar, porque no permitiría que Dorian le rompiera el corazón a mi amigo, por muy abogado, decente, serio y rico que fuera. Lucas estaba enamorado hasta lo imposible, y una desilusión podría llevarlo a lugares oscuros, otra vez. Sin embargo, antes de que yo abriera la boca, Fabrizio se levantó.
—Me alegra tanto que seas feliz, hermano —dijo, con un tono que interpreté como auténtico, así que quizás era yo la que estaba tomando las cosas mal.
Inmediatamente, Eric cruzó el salón y también fue a palmear la espalda de Dorian, haciendo bromas y felicitándolo.
Convencida de que no había más rollos que la felicidad pura y absoluta de la pareja, también me levanté. Yo no era una mujer de tantas muestras de cariño, pero tampoco me consideraba egoísta, así que al menos les demostraría mi aprobación.
—Nosotros también tenemos algo que decir… —Eric se paró en medio del salón y puso los ojos en mí. Yo me quedé paralizada—. Nathalie y yo hemos decidido irnos a vivir juntos…
Que alguien me agarrara, porque yo lo mataba ahí mismo y con todos por testigos.
El silencio inundó el salón y la sonrisa de Eric se ensanchó, como la del maldito gato Cheshire.
—¿¡Qué!? —gritaron todos al mismo tiempo.
Olivia me había arrastrado hacia su salón personal después de que Eric lanzara aquella bomba, y que hiciera explosión sobre mi cara.
No había tenido de otra que decirle que había hecho una apuesta, y que mi ego no me dejaba echarme para atrás. Pero hice hincapié en que lo hacíamos, sobre todo, para aprender a tolerarnos, por Luciana.
A mi amiga no le pareció buena idea y me alentó a que, si yo deseaba tener una aventura con Eric, lo hiciera y punto. Me dijo que éramos adultos y que los adultos tienen sexo consensuado todo el tiempo. Yo me limité a decir una y otra vez que jamás me acostaría con él y que ganaría esa apuesta sí o sí.
Estuve a punto de revelarle lo del hermano de Eric, pero ella no tenía ni idea de que yo tuve un amante durante tanto tiempo, mucho peor que era un cliente. Yo había estado totalmente en contra de que ella se acostara con Fabrizio, pero para mí era diferente, porque lo había tenido en mi sala durante años antes de involucrarme sexualmente con él, y además, yo era una perra.
Así que no le conté, porque las cosas habían quedado en el pasado, y él jamás regresaría.
No podía admitir que había guardado un secreto tan grande cuando ella me contaba todo y éramos mejores amigas.
Cuando bajamos otra vez, yo quería irme, así que Olivia iba a avisarle al chofer de la casa para que me llevara, pero justo cuando salimos del ascensor, Eric y Fabrizio venían de la biblioteca.
—¿Quieres irte? —me preguntó, directamente. Nuestros otros amigos ya se habían ido. Lo ignoré porque a él no tenía que importarle si me iba o no, pero no esperó mi respuesta para proseguir—. Nos vamos entonces.
—No me iré contigo —dije, tajante.
—¿Por qué no? ¿No vamos para el mismo sitio?
¿Qué? Por un momento me quedé perdida, pero luego entendí. Debía irme con él a su casa.
—Puedo ir por mí misma —solté, aunque no tenía idea de dónde vivía.
—Nena, no voy a arriesgarme a que pongas la excusa de que te perdiste por el camino. Nos vamos juntos y nos vamos ya.
—Tú no me dices lo que tengo que hacer —gruñí, señalándolo.
—¿Este asunto de vivir juntos no era para llevarse bien? —Olivia nos preguntó, antes de que volviéramos a la pelea.
Nos quedamos callados y cinco minutos después, una vez que nos despedimos de Luciana, que bajó a tiempo de dormir la siesta, me estaba subiendo en un ostentoso Ferrari rojo que era igual de pretencioso que el dueño.
Odié la maldita sonrisa de Eric cuando arrancó y abandonamos la mansión Giordano, así que me dediqué a apretar los dientes y mirar por la ventana todo el trayecto, hasta que tuve que darle la dirección de mi humilde apartamento.
No era que no pudiera pagar algo mejor, sino que, en primer lugar, podía irme caminando desde ahí al Paradis, también a la academia de pole dance, donde hacía ejercicio tres veces a la semana. Y en segundo lugar, porque los dueños eran unos ancianos jubilados en los que ya confiaba después de tantos años.
Compartía el lugar con Rebeca, otra chica del Paradis, así que nos salía mucho más cómodo, y nos quedaba para darnos nuestros pequeños lujos.
Eric se estacionó frente al café que venía adosado al apartamento, pero que era frecuentado más que nada por ancianos silenciosos a los que les gustaba leer el periódico todavía, así que no significaba un problema para poder dormir después de una noche de trabajo.
—Quédate aquí —le dije a Eric y abrí la puerta sin voltear a verlo.
—¿No vas a invitarme a pasar? —preguntó antes de que cerrara la puerta.
Claro que no.
—No eres bienvenido —solté y luego tiré la puerta con fuerza.
Noté que Rebeca no estaba porque no salía música de su habitación y a esta hora, o ya se había ido al Paradis, o se estaba preparando para irse, mientras escucha música. La muy zorra tenía unos gustos horribles y vulgares, pero nos tolerábamos y por eso habíamos sido compañeras por más de tres años.
Teníamos algunas reglas de convivencia y algunas de ellas eran no hacer demasiado ruido, y no traer parejas sexuales bajo ningún motivo. Yo no follaba con nadie, así que la regla era más para ella.
Saqué la única maleta que tenía y empecé a arrojar ropa en ella como cupiera y como cayera, luego metí más en una mochila, y por último, mis cosas personales más indispensables en un bolso.
Al terminar, busqué papel y lápiz y le hice una nota a Rebeca.
“Me voy unos días a casa de Olivia. Por favor, saca la basura”.
Cuando salí, Eric estaba esperándome, fuera del auto, sin importarle que la gente que pasaba se le quedara mirando. Parecía un maldito modelo de Hugo Boss. Y yo odiaba que fuera tan malditamente masculino y sensual.
No me dejé ayudar, porque si creía que era una princesita estaba equivocado, así que, conteniendo la risa, se fue a abrir la cajuela.
La zona donde Eric vivía, podía verse desde muchos puntos de la ciudad, porque destacaba por los vistosos y lujosos edificios de condominios que ahí había. No estaba lejos, pero era una zona bastante exclusiva, donde la clase baja, a la que yo pertenecía, no se atrevía ni a soñar.
Mantuve mi gesto estoico cuando nos metimos al subterráneo del más grande y más lujoso de los edificios, pero estaba deseando ver la vista, ver lo bonito que seguramente se vería todo desde ahí. Yo, que había salido de las alcantarillas, de los contenedores de basura y los callejones sin salida, me conmovía cuando se me daba la oportunidad de apreciar la belleza.
¿Se verían más bonitas las puestas de sol desde el hogar de los ricos?
Me moría por averiguarlo.