Estaba segura de que iría al infierno, pero tampoco me interesaba hacer nada para evitarlo, así que no era una persona religiosa.
Y en ese momento todo estaba mal, porque mientras transcurría la misa, en lo único que yo pensaba era en matar.
Era una pecadora sin remedio.
Pero es que cuando tenía a Eric al lado, con su pierna rozando la mía, era necesario que desviara mis pensamientos preferiblemente hacia esos rumbos en vez de a la lujuria.
Lo odiaba. Ahora más que nunca.
El malnacido había llegado a la iglesia y lo primero que hizo fue repasarme de arriba abajo, mostrándome mi propio reflejo en sus gafas de aviador. Luego sonrió, en cuanto yo puse mi cara de culo.
Deseé ahorcarlo ahí mismo por haberme reservado todas las noches, sin excepción, durante un mes entero. Pierre me lo dijo, cuando llegué a su oficina para averiguar por qué razón tenía el mismo cliente varias noches seguidas, y no los que acostumbraban a llegar en ciertas fechas, y casi me dio un ataque de histeria. El desgraciado incluso había pagado extra, para que no hubiera posibilidad alguna de que sus reservas fueran canceladas por otros que ofrecieran más.
No lo entendía, y la única conclusión a la que había llegado, era que lo hacía para amargarme la vida.
Olivia estaba a mi lado, con Luciana en brazos, y después Fabrizio, así que estaba haciendo un esfuerzo sobre humano por comportarme de forma adecuada. Era un día especial para ellos, y sobre todo para la bebé que había robado todo mi corazón.
Por ella y por Olivia, estaba dispuesta a soportarlo todo, incluso al gilipollas del padrino.
De pronto sentí un cosquilleo en la espalda y me tensé en mi sitio, pero no tardé en adivinar que era Eric tocándome. El insoportable había echado el brazo hacia atrás y pasaba los dedos, acariciándome de forma descarada.
Sin duda alguna quería volverme loca.
Giré mi cara lentamente, hasta que me encontré con su mirada azulada y con una sonrisa traviesa y seductora que me convirtió en un volcán. Sin embargo, antes de que pudiera decirle que fuera a tocar a su abuela, Olivia y Fabrizio se levantaron.
Confundida y sin saber qué hacer, me quedé sentada, hasta que la mano de Eric agarró la mía y tiró de mí.
—Vamos, madrina… —dijo, yo me levanté y traté de soltarme de su agarre, pero él apretó más—. Vamos juntos, somos los padrinos…
Fruncí el ceño y vi que Fabrizio había tomado a Luciana y agarraba de la mano a Olivia mientras iban hacia la pequeña pileta de bronce que estaba enfrente de la gran catedral.
¿Así era como debía ser? Su mano apretó la mía y me guio tras nuestros amigos. Caminé a su lado, sin hacer más revuelo, y mi mano sudó todo el trayecto hasta que llegamos y Fabrizio me entregó a Luciana.
Ni siquiera escuché nada de lo que decían, porque me concentraba en hacerlo todo bien y no dejar caer a mi ahijada de bruces dentro de la pileta. Eric estuvo a mi lado, sosteniendo una vela, como si de un santo se tratase.
Cuando todo terminó sentí que había hecho una de las cosas más difíciles de la vida.
***
Se miraba hermosa. No traía nada de cuero, ni nada n***o, ni medias de rejilla, ni las botas que la hacían verse tan sensual, pero siempre me tenía tan duro que apenas podía disimularlo.
Era un vestido largo, de falda vaporosa, pero que le llegaba por encima de los tobillos. En la parte de abajo era blanco, y en la parte de arriba gris, con tirantes hasta media espalda. Traía tacones en los pies, plateados y bonitos, que la hacían ver elegante.
Podía imaginar que le alzaba ese vestido, apoyada contra la pared, y me fundía entre sus piernas para deleitarme en el coñito bonito que seguramente tenía.
No podía parar de verla mientras tomábamos el almuerzo para celebrar el bautizo, ni cuando se reunió con sus amigos y hablaron entre cuchicheos, ni cuando tomó a Luciana y se la llevó adentro de la casa, para que Olivia pudiera despedir a los invitados.
Me fui tras ella al interior de la casa, porque no había tenido la oportunidad para molestarla, o para arrinconarla en una esquina y besarla hasta que nos quedáramos sin aliento.
La encontré en el salón principal de la mansión, sentada en el sofá, con Luciana sobre su regazo. Le estaba acomodando una cosa extraña en la cabeza.
—¿Te gusta así, princesa? Opino que te ves divina…
—Y tú por primera vez te ves decente, ¿quién diría que serías capaz de vestirte de forma apropiada? —solté mientras me acercaba a ella—. ¿Y qué es esa cosa que le estás poniendo a la niña en la cabeza? ¿Un cacho?
—¡Ja! Ya decía yo que demasiado te habías tardado en comportarte como un cretino. ¡Chu! ¡Fuera de aquí! ¡So, perro!
—¡Esa boquita…! ¿Qué clase de madrina eres? ¿Qué es lo que vas a enseñarle a Luciana?
Llegué hasta el sofá y me senté. Ella automáticamente se corrió hasta la esquina.
—Voy a enseñarle a tratar con bribones como tú —me clavó una mirada de desprecio que ya me hacía falta.
Me reí.
—Lo único que podrías enseñarle es a ser una diabla como tú. No creo que a Olivia le parezca adecuado… ¿Por qué le pusiste un cacho en la cabeza? ¿Ves cómo ya estás empezando?
—¡Vaya! ¡Veo que la mala influencia eres tú, que no tienes ni un poco de cerebro! ¿No ves que es un cuerno de unicornio? A Luciana le gustan los unicornios…
—Bien, pero por favor, no le enseñes sobre látigos…
—¿Podrías callarte la maldita boca? ¿Que acaso no firmaste un acuerdo de confidencialidad? —gruñó. Sus ojos se convirtieron en llamas, y la cara se le puso roja en medio segundo. Pensé que en cualquier momento empezaría a echar humo por la cabeza—. No te atrevas a poner en riesgo mi trabajo, así como te has atrevido a joderme con las reservas. El día en que te canses de tu maldito juego, habré perdido la mitad de mis…
Corté la distancia entre nosotros y la acorralé entre mi cuerpo y el reposabrazos, callándole la boca, antes de que ella misma se delatara sin querer.
La besé. Lo hice con ardor, porque desde que la había visto en su sala de b**m me era aún más difícil sacarla de mi cabeza. La deseaba el doble, o el triple, o incluso más que eso.
Incliné su cuerpo sobre el respaldo para tener más espacio, sin que Luciana se viera afectada, y me le eché encima, comiéndole la boca.
Me respondió, así como siempre lo había hecho desde la primera vez que nos besamos en la piscina de esa misma casa. Gimió sobre mi boca, y una vez más supe que ella me deseaba tanto como yo la deseaba, sin embargo, permanecí alerta, para librarme de cualquier apretón de huevos.
No pasaba, y de pronto su lengua se encontró con la mía y bailaron la danza más erótica de la jodida vida.
¡Sí! ¡La puta gloria!
Sentí mi pene saltar dentro de mis pantalones y engrosarse al mismo tiempo que se podía rígido.
Quería más e iba a tenerlo, así que, con la mente nublada por el deseo, llevé una de mis manos a su pecho y lo amasé con deleite…
¡Qué jodidamente bien se sentía! ¡Dios! Me moría por probarlos, porque se sentía que eran completamente naturales.
—¡Ah!
Un grito hizo que nuestras bocas hambrientas se despegaran y al instante nos alejamos, mirando hacia la entrada. Y ahí estaba Olivia, consternada, roja, y pasando la mirada entre uno y el otro… Luego en Luciana.
¡Qué padrinos estábamos hechos! ¡Joder!
Si Fabrizio venía a soltarme un puñetazo, bien merecido lo tenía.
Y como el más estúpido del mundo, que piensa con la polla y no con la cabeza, tomé uno de los cojines y me cubrí la entrepierna.
Vi que la mujer de mi amigo se ponía las manos en las caderas, y nos miraba a ambos acusatoriamente.
—¿A caso no saben que hay habitaciones gratis allá arriba? —chilló—. ¡Vayan y follen de una vez, porque la calentura que se traen ustedes, hasta el más santo la nota!
—Yo no voy a follar con él… —Nathalie se enfurruñó en su sitio. Había pasado de quedarse pálida, a estar roja y con el ceño fruncido.
—Puedes hacerlo, Nath, solo no empiecen los preliminares frente a mi hija…
Nos quedamos callados, porque nada teníamos que responder a la buena de Olivia, y lo que verdaderamente nos merecíamos, era que nos echara de su casa.
Olivia avanzó en silencio y agarró a Luciana, que pataleó con alegría al estar en brazos de su madre.
—Creo que me iré… —Nathalie volvió a hablar.
—¿Qué? Por supuesto que no te vas —le dijo Olivia, indignada—. Es un día especial y no voy a permitir que te vayas todavía —miró a su hija y luego a nosotros dos. Yo seguía callado—. Ustedes son los padrinos de Luciana, y nuestros mejores amigos. Ambos. A Fabrizio y a mí nos gustaría que se llevaran bien y que hagan un esfuerzo por no estar peleando todo el tiempo. Si quieren besuquearse, está bien. Si quieren follar, está bien. Pero que la guerra acabe, porque queremos tenerlos junto a nosotros en cada momento especial, y así no se puede. Así que por favor, tomen el tiempo y hablen. Resuelvan las cosas.
Diciendo esto, y sin esperar a que respondiéramos nada, se fue.
Nathalie se había cruzado de brazos y yo seguía mudo en mi sitio. Todo había sido mi culpa, pero, por otra parte, no me arrepentía de haberlo hecho.
—Olivia tiene razón, ¿sabes? —hablé al fin.
—¿Que si lo sé? —bufó con mala leche—. Eres tú el insoportable que no me deja en paz.
—¿Por qué no me dices de una buena vez, por qué no quieres follar conmigo? —cuestioné, porque ese era el meollo del asunto.
Si ella me daba una buena razón, yo lo aceptaría. Pero mientras no lo hiciera, yo todavía le tendría ganas.
Su boca se abrió y me miró con indignación.
—Nunca follaré contigo, Eric. Punto. No lo haré. Jamás.
—Nunca digas nunca, preciosa… Hace un momento estabas gimiendo sobre mi boca…
Bufó.
—Eso fue porque no te quitabas de encima. Eres pesado como un mastodonte —me señaló, a la defensiva.
Me reí.
—Eso fue porque me deseas, nena, quieras o no aceptarlo. Sé que en algún momento terminarás por dejar que me meta entre tus piernas.
—¿Qué apostamos a que no? —se echó hacia adelante y me retó con unos ojos de pantera.
—¿Apostar? —me reí otra vez, con la ceja alzada—. Me gusta apostar… Apostemos que te follo…
—A que no me follas, Eric —saltó ella también.
—Cálmate, vamos a hacer esto bien —contuve lo más que pude la sonrisa de diversión que quería curvar mis labios. Una apuesta era algo serio—. Yo apuesto que en un mes, desde hoy en adelante, consigo follarte…
—Bien. Yo apuesto que en un mes, desde hoy en adelante, no consigues follarme. ¿Qué obtengo si gano?
—¿Tan segura estás de ganar? —cuestioné. Ella echó los hombros hacia atrás y asintió con autosuficiencia—. Entonces, si ganas, podrás hacer conmigo lo que quieras.
—¿Incluso cortarte la polla con unas tijeras de podar?
—¿Qué? —la sola imagen de eso en mi mente me causó escalofríos—. ¿Por qué tienes una mente tan retorcida? Nada de mutilaciones, nena. Olvídate de eso…
—Entonces, si yo gano, no follarás con nadie durante otro mes —disparó.
La observé, sopesando la situación. ¿Cuántas posibilidades había de que me ganara? ¡Ni hablar! Ella iba a follar conmigo ese mes sí o sí, porque haría todo para que eso sucediera.
—Trato, nena. Pero si yo gano, entonces serás mi sumisa durante un mes…
—¡Nunca! —se exaltó tanto que saltó fuera del sofá, como si yo la hubiera amenazado de muerte—. Eso nunca, Eric. Primero te mato. Si tú no quieres mutilaciones, yo no quiero ser sometida.
—Está bien, si tú cediste, yo también cederé… veamos… —me agarré la barbilla, pensativo—. Si yo gano, seguirás follando conmigo durante otro mes.
Me observó, curvando los labios, quizás pensado en las probabilidades, así como lo había hecho yo.
—Trato —dijo. Le tendí la mano para sellar nuestro pacto, pero me quedó mirando con desconfianza—. No voy a darte la mano. Eres un zorro astuto, engañoso y premeditado…
—Nena, esto es como un negocio, tenemos que cerrar el acuerdo. Además, recuerda que tenemos que empezar a llevarnos bien. Luciana no merece unos padrinos que se la pasen peleando todo el rato.
Titubeando un poco, y a la espera de que yo saltara sobre ella para hacerle algo, se acercó y juntamos nuestras manos, como socios.
—No prometo guardar mis garras si tú te sigues comportando como un zoquete —sentenció, antes de soltar mi mano.
—¿Zoquete yo? —cuestioné y negué—. Solo quiero que sepas, que haré todo lo que pueda por ganar, nena. Quedas advertida porque no voy a convertirme en un ángel de la noche a la mañana solo para dejarte ganar.
Achicó la mirada.
—Sin trampas, Eric…
—¿Trampas? Nena, puedes estar segura de que no te follaré si no tengo tu pleno consentimiento, pero este es el momento de poner algunas reglas, para evitarnos malas interpretaciones.
Asintió.
—Por follar entenderemos penetraciones —empezó, yo asentí.
—¿Quedan fuera las mamadas? Porque me gustaría, si quieres…
—No voy a hacerte una mamada, Eric. No te dejaré follarme la boca, ¡nunca!
—Qué mal —fingí estar entristecido—. ¿Podríamos negociar si yo quiero… chuparte… el coño…?
Me pareció ver un atisbo de sonrisa en sus labios y un buen porcentaje de lujuria en sus ojos. Puntos para mí.
—Tal vez…
¡Bingo!
—Si quieres empezamos ya…
—¡Claro que no! —se puso seria otra vez—. Nada de trampas como emborracharme, o hacerme consumir sustancias que no me dejen pensar con claridad…
—Nena, te dije: pleno consentimiento. Jamás haría algo tan bajo. Lo creas o no, soy un hombre de honor.
—Pues no lo creo, y si haces algo como eso, te degollaré…
—Vamos a dejar las amenazas de muerte, Nathalie. Recuerda que vamos a llevarnos bien. Y ya que estamos, quiero poner una regla más, que me parece la más importante.
—Dime… —tomó asiento otra vez en el sofá, pareciendo más tranquila.
—Todo el tiempo que dure nuestra apuesta, vivirás conmigo.
Su boca se abrió y sus ojos azules me miraron como si me estuviera saliendo un cuerno en mitad de la frente.
—¡Ah, no! ¡Eso no! —volvió a ponerse en su actitud de fiera.
—¿Y cómo crees que funcionará nuestra apuesta? Tú podrías irte del país por un mes y luego regresar diciendo que me ganaste. La única forma es que vivamos juntos, ¿no te parece?
—Entonces no apostaré nada —cruzó los brazos y apartó la mirada, con la barbilla alzada.
—¿No eres una mujer de palabra?
—¡Claro que lo soy!
—Entonces te vendrás a vivir conmigo. Piénsalo, nena, mataremos dos pájaros de un tiro, porque así también podremos demostrarles a Olivia y Fabrizio que somos capaces de llevar la fiesta en paz.
Volvió a verme. Me gustaba más cuando se veía toda pensativa, porque fruncía el ceño y hacía un pequeño mohín con esos labios tan apetitosos que tenía.
—Podría hacerlo por ellos… por Luciana… Pero si eres un canalla, te mataré… Me meteré en tu habitación y te asfixiaré con una almohada…
Ahí estaban sus amenazas de muerte otra vez, justo como cuando la conocí y me puso tan caliente, por lo loca que era.
No importaba, porque ya me sentía ganador.