Esa madrugada que salí de la sala de b**m de Nathalie, después de dar un pestañazo, esperando a ver si salía para seguir arruinando su noche, así como ella lo hizo con la mía, me fui directo al despacho de Pierre, y reservé todas las noches, por un mes entero.
¿Por qué lo hice?
Pues por no podía con la simple idea de que viera a otro cliente después de saber a qué se dedicaba. Yo sería su único cliente, al menos hasta que… ¡Hasta que ella cediera y me diera lo que yo quería!
Me había puesto caliente como una braza verla con ese enterizo de cuero, ajustado a su cuerpo como una segunda piel, esas medias de rejilla y esas botas por encima de la rodilla, tan sensuales que, imaginar que me la follaba con ellas puestas, me hacía tener otra erección instantánea.
Y lo que más caliente me había puesto, fue su actitud agresiva y su mirada de zorra pretendiendo someterme.
Era algo nuevo para mí, y quizás la causa de mi locura. Era realmente refrescante que, por una vez, una mujer no me abriera sus piernas a la primera sugerencia.
Así que me sentía encaprichado, como un maldito mocoso que quiere un dulce. Yo la quería, así que me negaba a la idea de que otro la reservara.
Y la siguiente noche que llegué, y volví a meterme en su sala con el antifaz que ahora era exclusivo para mí, y ella entró, no me decepcionó. Vi que se ponía roja por la rabia, se sacaba su antifaz y clavaba sus ojos azules en mí, como si con ellos quisiera asesinarme, lenta y dolorosamente.
A la tercera noche, no salió.
No sabía cómo sentirme cuando me fui. Tenía claro que ella no cedería tan rápido, pero yo tampoco era el tipo más paciente del mundo. Por otra parte, estaba satisfecho, porque al menos le había quedado claro que sería yo el que la esperaría cada noche, y no ningún otro hombre, o remedo de uno, que se dejara azotar.
La siguiente noche, en lugar de irme a buscar a una nena para saciar mis necesidades, decidí afrontar a mi familia antes de que mi hermano terminara por estallar mi teléfono a punta de llamadas y mensajes.
Mi madre me había llamado, y era la única con la capacidad de hacerme ceder por las buenas, así que a las nueve, atravesé las puertas de la mansión de la familia Schneider.
Yo tenía años de no vivir ahí.
En esa casa todo era un protocolo, así que fui guiado y anunciado por el mayordomo en el comedor, donde mi familia se encontraba.
Y ahí estaban, Franz Schneider a la cabeza; Agnes Schneider, su esposa y nuestra madre, a su izquierda; y mi hermano mayor, a la derecha.
Ver a Alec siempre me causaba una sensación extraña. Era como si me estuviera viendo a mí mismo, sin poder controlar sus acciones, sus pensamientos o sus palabras.
—¡Hermanito! —exclamó al verme y echó su silla hacia atrás para levantarse y recibirme.
Siempre me trataba de esa forma, como para recordarse a sí mismo que él era el primogénito. Era importante para él, pero a mí me daba igual.
—Que traigan platos para, Eric —escuché que mi madre ordenaba.
—Ven a sentarte, Eric. Cena con nosotros —dijo mi padre y yo obedecí, porque no era un ofrecimiento y yo quería llevar la fiesta en paz.
Alec vino a mi encuentro y me echó los brazos encima. Palmeó mi espalda y yo lo dejé hacer.
Tenía casi dos años de no verlo y era mi hermano al final de cuentas.
—¿Qué tal todo en Alemania? —pregunté cuando se apartó.
—Excelente. Alec lo ha hecho todo impecablemente —fue mi padre el que contestó.
Mi hermano se infló como un sapo lleno de orgullo y me dirigió una mirada de autosuficiencia.
Sin embargo, notaba algo diferente en él.
Nosotros teníamos diferencias que, para los ojos de los demás, eran poco perceptibles, pero nosotros las notábamos perfectamente. Yo tenía un cuerpo un poco más ancho, él tenía los pómulos más altos, y yo la mandíbula más marcada.
Pero la diferencia más grande, eran nuestros ojos. Ambos los teníamos azules, pero mientras él tenía un tono agrisado, los míos eran profundamente azules.
Y era justamente ese tono gris el que ahora parecía más oscuro. Pero podría deberse, quizás, a las ojeras de cansancio que se le notaban a simple vista y que estaba visiblemente más delgado que antes.
—Bien, perfecto —celebré sin entusiasmo, y luego fui a acomodarme en la mesa, al lado de mi madre. Le di un beso y ella me sonrió.
¡Ah, mi neurótica y bipolar madre! ¿Se tomaría sus medicamentos esa noche?
Suspiré.
—Alec, Eric es el nuevo CEO en Giordano Industries —soltó ella con un tono agrio, luego de borrar la sonrisa de su rostro, múltiples veces operado.
Me pusieron el plato y los cubiertos, pero a mí se me quitaron las ganas de probar bocado.
—Eric… —Alec inició, creyendo que tenía el maldito derecho de increparme por mis cosas solo porque era doce meses mayor.
—No —dije tajantemente—. Mis decisiones no están en discusión, ni lo estarán en ningún momento.
—Eres mi hijo… —mi padre lanzó su servilleta sobre la mesa, muestra de que mis palabras lo habían molestado—. Es vergonzoso que seas un asalariado en la empresa de otra familia.
—Trabajo ahí porque me gusta —escupí con rabia—. Y sabes que tengo mis propios negocios, que por cierto, son exitosos y, sobre todo, legales.
—No le hables así a papá, Eric —Alec elevó la voz.
—¿A caso he dicho algo malo? —inquirí, levantando la cejas en un claro reto para que me contradijera.
Me lanzó una de sus miradas, con la que pretendía imponerse. No había entendido que a mí su competencia por demostrar quién era el mejor, me importa un pimiento.
—¡No griten en la mesa! —mi madre nos reprendió, cuando ella era la responsable de desatar el caos.
—Eric… —mi padre tomó su copa de vino y bebió un trago, tratando de parecer calmado, pero el líquido color borgoña, se agitaba por lo mucho que le temblaba la mano—. Es momento de que madures y dejes de hacerte el encaprichado.
—¿Encaprichado? —bufé. Y luego miré a mi hermano—. ¿Qué es lo que fuiste a hacer a Alemania, Alec?
—Si fueras partícipe de nuestros proyectos familiares, te darías cuenta, hermanito —respondió, frunciendo los labios en una mueca de disgusto—. Pero prefieres acrecentar la fortuna de otros.
—Te crie bajo un código de unidad familiar, Eric. Pero nos has decepcionado. Te has vuelto un desentendido, te has desligado de los lazos que nos…
—¿Y cuando vayas a prisión? ¿Quieres verme también ahí en unidad familiar? —interrumpí a mi padre y solté sin tapujos mis pensamientos.
El golpe que el jefe de mi familia dio en la mesa con el puño, hizo vibrar toda la porcelana y la cristalería que estaba sobre ella, y una de las copas, se derrumbó, manchando el pulcro mantel blanco.
Mi madre dio un salto en su silla y se cubrió el rostro.
—No te atrevas a insinuar… —Alec gruñó.
—¡Basta, joder! —grité y me levanté de la silla.
—¡Siéntate, Eric! —ahora también mi padre gritaba.
—¿Qué es lo que les exalta? —cuestioné y me alejé dos pasos de la mesa—. ¿Que diga en voz alta que un día todo el asunto del blanqueo se irá a la mierda?
—Baja la voz, Eric —mi madre suplicó.
—Yo no quiero ir a prisión cuando eso pase —continué. Mi padre y mi hermano me miraban con el rostro enrojecido por la rabia—. Prefiero ser un maldito asalariado.
—He querido darte todo, Eric, porque eres mi hijo —mi padre también se levantó, tan alto como era y con ese porte intimidante de alemán que aún tenía a pesar de pasar de los sesenta—.He puesto todo a tu disposición para que lo tomes a la hora que quieras, pero parece que no lo quieres. ¿A caso tampoco quieres pertenecer a esta familia?
—Lo único que te pido, es que respetes mis decisiones —argumenté—. Déjame fuera de tus negocios, pero sobre todo, quédate fuera de mis asuntos.
—Como quieras, entonces… —concedió.
—¡Franz! —exclamó mi madre.
Sabía que aquella sentencia encerraba mucho más que un pacto para dejar las cosas en paz. Pero era justamente lo que yo quería, así que me di por satisfecho, a pesar de que la rabia hervía en mis venas.
—Buenas noches, madre —dije, y con esas últimas palabras, me di la vuelta y abandoné el comedor a pasos largos.
Una punzada me advirtió del dolor de cabeza que estaba empezando y que posiblemente sería uno grande y cuando me daba uno de esos, ni siquiera follar me aliviaba. Lo único que me quedaba era irme a mi ático, apagar todas las luces y dormir hasta que mi cuerpo dijera basta.
—¡Eric! —la voz imperante de mi hermano hizo que detuviera mis pasos justo antes de atravesar la puerta de entrada—. ¡Eric! ¡No puedes dejar las cosas así como así!
Me volteé y lo encaré, al límite de mi paciencia. Nuestras caras quedaron frente a frente, a un palmo de distancia. Mis dientes apretados y su agrisada mirada furibunda.
—¿Crees que no sé que es justamente eso lo que quieres? —grité, escupiendo con cada palabra que dije—. ¿Crees que no sé lo feliz que eso te haría?
—No sabes una mierda de lo que quiero o no quiero —me gritó, de la misma forma—. Pero lo que sí quiero es que tomes tu lugar en esta familia.
—¿Mi lugar? —bufé con incredulidad—. ¿Mi lugar? ¿O el que tú quieres que yo tenga? ¿El del hermanito menor, el que se someta a tu voluntad, el que tú puedas manejar a tu antojo? ¡Estás malditamente equivocado si crees que eso sucederá!
—Entonces no esperes nada de esta familia —sentenció, igual que mi padre.
—Puedes quedártelo todo —me reí, en medio de la ira—. Es tuyo, Alec, y créeme que no me interesa. No deseo ni ambiciono nada que sea tuyo, o haya sido tuyo. Puedes estar tranquilo al fin.
Sin esperar a que respondiera, atravesé la puerta y fui directo a mi Ferrari. Salí de la casa de mis padres, esperando que ese dolor de cabeza que ya tenía, no fuera en vano, y me dejaran, de una vez, ser dueño de mis propias decisiones.
Apenas tomé la carretera, y una llamada entró en mi teléfono. Era Fabrizio, así que contesté.
—¿Qué hay? —pregunté.
—Recuerda que mañana es el bautizo de Luciana
Sí. El bautizo. No me acordaba.
—No te preocupes, tengo todo bajo control. ¿Cómo está esa dulzura? —pregunté.
—Sana y más hermosa cada día. Mañana la verás —me contestó.
El tono de voz de mi amigo cambiaba totalmente por uno de absoluta felicidad cuando hablaba de su hija. Escucharlo me hacía bien. Me gustaba que fuera feliz.
—Me imagino. Tiene la suerte de parecerse a Olivia.
—Por supuesto. Mi amor también es una belleza.
Sonreí.
—¿Cómo debo ir vestido? —pregunté.
—Recuerda que vamos a la iglesia —contestó—. Pero después tendremos el almuerzo en el jardín. Así que sé serio, pero no necesitas nada de gala.
—Entiendo —suspiré.
—Te escucho tenso, ¿pasa algo?
Y ahí estaba mi mejor amigo. Mi hermano. No de sangre, pero mi hermano. Me conocía perfectamente y era la persona con la que siempre podía contar, sin embargo, no tenía ganas de hablar, porque todavía me sentía caliente por la furia.
—Nada, solo estoy cansado. Voy camino a mi ático. Dormiré y me levantaré temprano para el bautizo de Luciana —me apresuré a contestar, y así mismo, desvié el tema lo más que pude—. ¿Confirmó Nathalie?
—Claro que sí. Ya sabes, trata de hacer las paces con ella…
Las paces con Nathalie. Eso sonaba más imposible que respirar en el espacio exterior, peor después de que seguramente estaba furiosa porque la había reservado por un mes.
Mañana vería otra vez su cara de zorra agresiva y de cierta forma, eso me entusiasmaba.