Mil cosas se cruzaron en mi mente mientras miraba a Eric desnudo al fondo de mi sala, pero la principal de todas ellas fue el reconocimiento de mi error. Eric no era él. Ahora que lo veía parado en el mismo sitio donde se paró él, iluminado por la misma luz y con un antifaz completamente diferente, estaba segura de que me había equivocado.
Salí de mi estupefacción inicial, corregí mi porte y di otro paso.
Era un cliente y como tal debía tratarlo, aun si sabía quién era yo.
—De rodillas, esclavo. Dime, ¿cómo quieres que te llame? —dije, después de retomar mi andar
Sus hombros se cuadraron al escuchar mis palabras, y su semblante cambió completamente. Pasó de la conmoción, a ser un leopardo al acecho.
—¿Esto es una puta broma? —cuestionó con un tono de completa incredulidad—. ¿Qué coño es esto, Nathalie?
Vi cómo se llevaba la mano al antifaz y hacía aquello que ninguno de mis clientes jamás hizo. Se lo sacó.
Me detuve otra vez y elevé más la barbilla.
En mi sala, nadie, nadie, rompía las reglas.
—¿Qué crees que haces? —lo increpé—. ¿A qué has venido? ¿Es esta otra de tus formas de joderme la vida? ¿A caso no te dijeron las reglas que tenías que cumplir antes de entrar aquí, esclavo?
—¿Esclavo? —sus ojos casi se salieron de sus órbitas al repetir la palabra. Luego soltó una carcajada llena de incredulidad.
—Todas las personas que ingresan a esta sala son esclavos. ¡Mis esclavos! Y no creo que alguien te haya obligado a entrar —volví a caminar, pero esta vez hacia uno de los escaparates donde estaban los látigos.
Quizás Eric no quería ser un esclavo, pero yo iba a domarlo, como a una fiera si era necesario.
—¡Pues yo no! ¡Nunca! —dijo, y aunque le estaba dando la espalda, casi pude imaginar la forma en que deseaba golpearse el pecho, como todo un macho alfa.
—¿Entonces a qué has venido? —repetí—. Nadie entra aquí sin saber plenamente qué es lo que quiere.
—¡Joder! Yo solo quería follar —escuché su voz más cerca y me volteé, habiendo tomado uno de los látigos más largos que tenía—. ¡Hey! ¿Qué crees que haces con eso?
—Pues voy a castigarte —respondí—. Por sacarte el antifaz, y por hablarle de forma inapropiada a tu ama.
—Nathalie, dejemos las cosas claras…
—No te he dado permiso para que hables, esclavo… —enrollé el látigo en mi mano.
—¡Déjame hablar, coño! —siguió acercándose y estuve tentada a soltarle el primer latigazo, pero no era así como se hacían las cosas—. No sabía una mierda, te lo juro. No sabía que tú…
No pude evitar posar la mirada debajo del ombligo, en un abdomen terriblemente sensual y marcado, y seguir esa fina línea vertical de vellos, hasta que… vi que tenía una erección en pleno desarrollo.
Lo notó y bajó la vista a su propio m*****o. Cuando levantó la mirada, me sentía capaz de hacer combustión por la rabia, porque el desgraciado tenía la peor sonrisa de cretino del mundo. Me miró, jactándose de su propia virilidad.
¡Cómo odiaba ese tremendo ego que tenía! Y ahora también su tremendo…
—Eric… —lo miré a los ojos, aunque el encaje siguiera cubriendo los míos—. Este es mi trabajo. Si esto para ti ha sido una confusión, entonces puedes irte, pero te pediré que…
—¿Ya ves como no es chico? —dijo, como si no hubiera escuchado ninguna palabra de lo que dije—. Y vamos bien, Eric es mi nombre y ni de puta broma soy tu esclavo…
—¡Quiero que te vayas! ¡Quiero que dejes mi sala y nunca regreses, pedazo de canalla! —me exalté.
—¡Oh, no, nena!, he pagado la noche entera, y ya que estamos…
Gruñí al ver que se acercaba, con esa gran vara que solo me hacía desear ver hasta dónde era capaz de llegar. Miré…
¡Joder! ¡Por María Magdalena, la patrona de todas las putas!
¡Estúpida! ¡Mil veces estúpida!
Eso era yo por distraerme, porque en el tiempo que tardé en parpadear, para salir del estupor, Eric terminó de cortar la distancia y me acorraló entre su cuerpo de mole y el escaparate. ¡Y hasta me quitó el maldito látigo!
—¡Suéltame! ¡Suéltame! —mis pies dejaron el suelo porque los brazos fuertes de Eric me levantaron—. ¡Bájame, cavernícola!
—No grites, nena —me llevó hasta la altura de su cara, porque ni con mis botas con tacones de quince centímetros lo alcanzaba—. Solo quiero verte a los ojos…
Y lo hizo…
Me quitó el encaje que cubría la mitad de mi rostro. Nadie nunca lo había intentado, y aquel que lo había deseado, no lo logró.
Nuestros ojos azules se encontraron.
¿Cómo podía ser que solo mirarme hiciera que mi v****a empezara a palpitar y a volverse un caudal de jugos?
Me perdí en su mirada, en la mirada que yo creía que era la de mi amante y que era por el recuerdo de nuestras noches juntos, que lo deseaba, pero aun sabiendo que no, lo deseé.
Tragué saliva, sacudida por esa verdad.
—Eric… —intenté ubicar mi mente, pero antes de que pudiera seguir hablando, su boca se estampó con la mía.
El fuego me recorrió por completo en el interior de mis venas, justo como la primera vez. La primera vez con él, y la primera vez con Eric en el vestidor de la piscina en casa de mi amiga.
¿Qué me pasaba? ¿Cómo podía estar sintiendo exactamente lo mismo por dos hombres que al parecer siempre fueron distintos?
Un gemido traicionero salió de mi boca y sentí que todo giraba a causa de la excitación que confundía mi mente. Respondí a su beso y dejé que su lengua, caliente y rasposa, saqueara mi boca con ardor.
Ahora que lo pensaba, besaban completamente distinto. Eric parecía un jodido pirata, dispuesto a despojarme de cualquier resquicio de cordura, en cambio, él…
No. Debía parar…
—¡Dios, nena! ¡Podría estallar con solo besarte! Déjame que te folle…
Aun a riesgo de mi propio bienestar, y porque me mantenía inmóvil entre sus brazos, eché la cabeza hacia atrás y con gran impulso se la dejé ir sobre la nariz.
Años y años practicando pole dance como deporte me ayudaron a caer de pie cuando Eric me soltó, aullando de dolor.
—¡No vuelvas a ponerme las manos encima! —le grité, acalorada por el esfuerzo y también por las ganas que me había hecho sentir, pero que no admitiría por nada del mundo.
—¡Zorra! ¡Eres una maldita zorra! —gritó mientras seguía masajeándose la nariz. No le salía sangre y al parecer no se la había roto, pero había logrado mi objetivo.
—¿Vamos a empezar otra vez? ¡Entonces dime algo que yo no sepa!
Retrocedí a una distancia donde su calor y su desnudez no fueran un riesgo de caer en tentación.
—¿Por qué tienes que ser tan agresiva siempre, coño? —me miró otra vez. Tenía la cara roja y la nariz aún peor.
—¿Y tú por qué tienes que joderme la vida?
—¿Joderte la vida? ¿En serio? ¿Qué es lo que hice para joderte la vida? ¿Ser sincero y decirte que quería follar contigo? ¡Somos adultos!
No.
Debía admitir que el hecho de que me pareciera un patán, sumaba muchos puntos a la aversión que le tenía, pero no era el principal motivo.
Era el hecho de que todo ese tiempo creí que se trataba de mi amante, el que me había hecho la propuesta de ser una pareja real. El que me había pedido que me fuera con él a Alemania y dejar esta vida para empezar otra con él.
El miedo me obligó a rechazarlo, pero en mi corazón y en mi mente se había quedado la nostalgia de lo que pudo haber sido y no fue.
Luego pensé que me había mentido, y el coraje de sentirme herida por eso, fue lo que me hizo despreciar a Eric.
Pero ese había sido mi error, y jamás lo admitiría ante nadie. Peor ante Eric.
—Tú me jodes por el simple hecho de existir —le solté, con la mirada fija en sus ojos, y sin parpadear—. Y jamás voy a follar contigo. Que te quede claro.
—¿Por qué no? —cuestionó, como si fuera algo incomprensible para él. Así de grande tenía el ego—. ¿Por qué otros sí y yo no?
—¿Qué otros? —dije, pensando por un instante que sabía que yo…
Eric repasó la sala con la mirada, posando sus ojos azules en algunos lugares específicos con instrumentos y utilería para el b**m, y luego en la cama de cuero, con barrotes en las esquinas, donde muchas veces ataba a mis clientes.
—Si fuera otro cliente, estarías ahí conmigo —aseguró, haciendo un gesto hacia la cama—, con mi polla en lo más profundo de ti…
Apreté los dientes, hasta casi romperlos. No podía con él. Simplemente no podía.
—¡Vete! —grité, colapsada por sus palabras y por su presunción—. ¡Vete, joder! O llamaré a la seguridad.
—¡Ah, no! Yo pagué toda la maldita noche. Eres tú la que no quieres hacer tu trabajo, ¡bruja! —tomó una actitud encaprichada, caminó a zancadas y se sentó en la cama, cruzando los brazos y dirigiéndome una mirada que declaraba guerra.
—Entonces, si quieres que haga mi trabajo, eso haré, esclavo —remarqué la última palabra y caminé hacia la cama con decisión.
Eric me miró ir, midiéndome con la mirada, calculando cada uno de mis pasos, hasta que me desvié, tomé la fusta y un par de esposas.
—Estás loca si crees que…
—¡Silencio! No te he dado permiso de hablar —dije, con el peor de mis tonos, ese que usaba cuando mis clientes querían que fuera realmente dura—. Túmbate y estira los brazos…
—Ven aquí con esas esposas, nena, y la que terminará esposada serás tú —advirtió, y supe que de verdad lo haría.
Sabía perfectamente cuándo abandonar una batalla, aunque estuviera segura de que volvería para la guerra. Yo no podía arriesgarme a terminar atada a la cama, con Eric encima de mí. No podía arriesgarme a estar debajo de su cuerpo grande y fuerte, así que decidí que era momento de retirarme.
—Vete a la mierda —dije, furiosa en realidad y odiándolo más que nunca.
No esperé a que dijera nada, mucho peor que viera en mis ojos la impotencia que sentía, aventé la fusta y las esposas al suelo, me di la vuelta y caminé hacia mi camerino con la misma postura con la que entré.
No musitó ninguna palabra y yo cerré mi puerta y eché el pestillo antes de tener mi pequeño momento de rabieta. Casi me saqué sangre de lo duro que me enterré las uñas en las palmas, por las ganas que tenía de regresarme solo para patearle las bolas a Eric.
Pero al siguiente instante también me sentí abrumada por el cúmulo de emociones por las que había pasado en apenas unos minutos. Me dejé caer en la cómoda silla que tenía frente al tocador y me agarré la cabeza.
No podía ser.
Si Eric no era quien yo creía, entonces…
Tomé mi teléfono, que descansaba sobre el tocador, e hice lo que muchas veces no me atreví a hacer. ¿Cuántas veces había empezado a escribir el nombre de Eric en el navegador? Demasiadas, pero nunca terminé la búsqueda.
Yo también había firmado en mi contrato laboral una cláusula que decía que nunca indagaría en la vida privada de mis clientes.
Hacía ya tiempo, cuando mi amiga Olivia conoció a su ahora esposo, y a los otros dos jinetes que llegaron con él al Paradis, Lucas se había obsesionado con Dorian, quien ahora era su novio, así que se había puesto a investigar hasta lo último. Pero de Eric se había limitado a decir que también era rico. Yo no quise que dijera más.
Sabía que de nada me servía, si al final de cuentas yo misma había desechado la posibilidad de que estuviéramos juntos más allá de nuestra relación de ama y esclavo.
Escribí el nombre completo de Eric y al fin completé la búsqueda.
Mi corazón latió desbocado y las manos me sudaron mientras presionaba la primera entrada, donde aparecieron unas fotografías, su información personal, profesional y laboral, como CEO de una las empresas más importantes de la industria a nivel global.
Empecé a leer, sintiendo la particular tensión de cuando un gran secreto está a punto de ser descubierto. No estaba segura de qué encontraría, pero sabía que algo grande me esperaba.
Bueno, era realmente rico, porque la familia Schneider, de ascendencia alemana, eran los banqueros más poderosos de la región, y además tenían acciones en múltiples rubros y una gran cantidad de negocios. ¿Por qué entonces Eric trabajaba para Fabrizio? No tenía idea.
No tardé en encontrar los datos familiares. Estaban los nombres de sus padres y luego, el nombre de su único hermano.
Alec Schneider.
Mi dedo temblaba cuando presioné sobre su nombre y la página comenzó a cargar, llevándome hacia lo que temía, sería una información difícil de digerir.
Mis ojos se cerraron y un escalofrío me recorrió la espalda, cuando lo primero que apareció fue una foto suya.
¡Dios mío! Eran tan iguales que parecían ser la misma persona, pero este sí era él.
Era mi amante.
Y yo ahora los había deseado a los dos.