Capítulo 2

1920 Words
Soy Eric Schneider y soy un mujeriego consumado. No existe mujer que se resista a mis encantos, porque tengo la dicha de haber nacido con un jodido rostro atractivo y un cuerpo que impone respeto. Pero no solamente por eso. También porque soy el puto rey del mambo en cuanto al sexo se refiere. ¡Oh, sí! ¡Soy el macho que toda nena quiere tener entre sus piernas! Una palabra, un chasquido o una mirada y ellas vienen a mí. Soy un adicto al sexo, lo reconozco, pero no me importa, solo le doy rienda suelta a las necesidades que mi cuerpo exige. Y por eso, temprano en mi vida, abrí un club de sexo de membresía, el Olimpus, que en poco tiempo se convirtió en uno de los más exclusivos de la ciudad. Ahí hay de todo y para los gustos de todos, y yo soy el visitante más asiduo, pero dejo que otros lo administren para mí. Me gusta tener una vida aparte y es por eso que trabajo para la empresa de mi mejor amigo, en la que hacía poco había pasado a ser el CEO, aunque eso me haya provocado problemas con mi familia. Mi familia es una historia complicada. Son multimillonarios y son los banqueros más prominentes de la región, pero aparte de eso, mantienen negocios ilícitos, ilegales, corruptos e inmorales. Me mantengo fuera de ello y por eso soy el hijo renegado de mi familia. Somos cuatro miembros. Mi padre, mi madre, mi hermano mayor y yo, todos enfermos y retorcidos, incluido yo. Pero no me atrevo a denunciar lo que hacen, porque de alguna manera, siguen siendo mi familia y los amo. Así que guardo su secreto y es lo más pesado que cargo sobre mi espalda. Mi hermano es el caso más especial de todos ellos. Somos extremadamente parecidos, casi como gemelos, y con tan solo doce meses de diferencia entre su nacimiento y el mío. Pero así como somos parecidos, así también somos opuestos. Y sobre todo, rivales. Me odiaba, desde que éramos niños, porque peleaba conmigo su lugar ante mis padres, y luego su odio se intensificó, porque desde la secundaria elegí a Fabrizio como mi mejor amigo, y no a él, y luego a su empresa, para que fuera mi lugar de trabajo, y no la banca y los negocios de la familia, de los cuales, él era la cabeza. Esa mañana mi madre me había llamado para decirme que mi infame hermano regresaba de Alemania, después de más de un año de haberse ido por negocios. Bien. Poco me importaba, con tal de que no viniera a meterse conmigo. Ese día había tenido un día especialmente agotador y estresante, así que iba camino al Paradis, uno de los clubs nocturnos de la ciudad que más me gustaban. Lo visitaba de vez en cuando, al aburrirme de lo que tenía en mi propio club. Estaba buscando algo diferente, algo que me sorprendiera, porque aunque me gustaba muchísimo el sexo, había momentos en que sentía que, al final, no obtenía nada. Recibí una llamada y activé los altavoces de mi Ferrari mientras conducía. —¿Hermanito? El movimiento de mi mandíbula al escuchar la voz de mi hermano, que era exactamente igual a la mía, hizo que mis dientes chocaran. —¿Qué hay? —le dije de todos modos. —Llegando. ¿Quieres darte una vuelta por casa? Necesito que hablemos. —Estoy ocupado —le contesté, porque sabía exactamente qué era lo que quería decirme—. ¿Qué tal todo en Alemania? —Eric… padre está decepcionado… —Disculpa, Alec, pero en este momento no puedo hablar —corté la llamada antes de que continuara, porque dijeran lo que dijeran, no dejaría Giordano Industries para irme con ellos a sus negocios. Llegué al Paradis más temprano de lo que acostumbraría al visitar un lugar como ese. Había llamado a Pierre, que era el dueño, y como nos movíamos en el mismo rubro, nos conocíamos perfectamente. Le había pedido algo nuevo, algo que me sorprendiera y que al mismo tiempo me ayudara con el estrés que cargaba. Me respondió que tenía algo para mí, pero que debía llegar temprano para revisar un acuerdo de confidencialidad. Acepté gustoso, porque tanta formalidad llamó mi atención. El dinero no era algo que importara para mí, pero él me preguntó, que cuánto estaba dispuesto a pagar. Ya que la única persona que hacía el trabajo que yo necesitaba, ya estaba reservada para esa noche, y que tenía que duplicar el precio, para cancelar la reserva del otro cliente. Era un favor, solo por ser quien era. Acepté, y cuando entré a su despacho, sacó un extenso contrato que no me molesté en leer. Firmé. Aún faltaba tiempo para la hora indicada de la reserva, así que me entretuve en la zona del bar. El Paradis tenía buen ambiente y tenía todo lo que quisieras. Si solo buscabas una discoteca, la tenías; si buscabas algún show exótico, lo tenías, si buscabas un privado para que una puta te restregaba el culo en la polla, lo tenías; y si buscabas follar, también lo tenías. Todo, incluso los fetiches y los gustos más retorcidos que te pudieras imaginar. Todo, con tal de que fuera legal. Mi club, el Olimpus, era diferente. Más exclusivo y menos variado, a excepción de lo que al sexo se refería. Porque ahí solo ibas si buscabas follar, o tener algún tipo de experiencia s****l diferente al sexo vainilla. Para ser miembros, los clientes debían reunir una serie de requisitos y ya adentro, eran libre de visitar la sala que quisieran, o de participar en los juegos que quisieran. Todo, con tal de que fuera legal. Me estaba bebiendo mi segundo trago en la barra, cuando Rebeca, una de las putas que trabajaba en el sitio, y con la que había follado por algún tiempo, se me acercó. Curiosamente, la había conocido el mismo día que mi mejor amigo conoció a la mujer que ahora era su esposa, en ese mismo sitio. Pero, en cambio, yo me había cansado de Rebeca. —¡Eric! —exclamó con su voz de zorra cuando la tuve en frente—. ¡Qué bueno verte por aquí!, ¿vienes a ver mi show? La puta invadió mi espacio y me echó los brazos al rededor del cuello, poniéndome las tetas casi en la cara. Estaba vestida eróticamente, casi desnuda y con mucho brillo, preparada para el show de la noche. —Hola, Raquel —le dije, aunque no se llamara de esa forma y le aparté los brazos para que me soltara. —Rebeca, no te olvides —respondió sin dejar su tono meloso. A una puta no le convenía enojarse si un cliente la llamaba por el nombre equivocado—. Te he extrañado… si quieres podríamos ir a mi camerino, mientras esto comienza. —La verdad es que ando en otros negocios, nena, y no me interesa. Así que mejor vete —le di una nalgada en su culo expuesto y ella saltó—, y búscate otra polla. Se rio con una risa boba, fingiendo que no le importaba mi rechazo, pero parpadeó seductoramente, me lanzó un beso y luego se fue. Al fin llegó la hora y fui guiado a una de las plantas superiores de la magnífica mole que era el Paradis. Primero entré a una antesala, donde una mujer con una máscara dorada me recibió. Me explicó algunas reglas que no me molesté en escuchar, porque estaba entretenido con lo que miraba. Por un lado, había máscaras y antifaces, y por otro, albornoces de seda de todos los colores. Le puse atención hasta que me indicó que debía escoger un antifaz, o máscara, y que, si me convertía en cliente asiduo, sería exclusivamente para mí, y que no podría quitármelo durante toda la sesión. Entretenido, escogí un antifaz de cuero color n***o, pero uno que no me cubría los ojos. A mí me gustaba ver, y verlo todo con claridad, sin que una tela me estorbara. Después, me pidió que escogiera un nombre, pero que no lo dijera hasta que me lo preguntaran. No entendía la razón, pero pensé que quizás podía ser divertido. ¿Cómo podía llamarme? Como un dios, por supuesto. Como un dios del sexo. Eros. Me indicó que podía ducharme, antes y después de la sesión, y que podía entrar desnudo o con un albornoz. Que no me olvidara de usar el antifaz, y que recordara cumplir todas y cada una de las reglas. ¿Cuáles eran las reglas? Ya no lo recordaba. Me dejó solo y yo fui directo a la ducha. ¿Habría condones adentro? Estaba entusiasmado por todo el protocolo, aunque tenía algunos parecidos en mi propio club. Cuando llegó la hora, desnudo y con el antifaz en la cara, entré. —¡Joder! —exclamé en voz alta, al encontrarme con una sala enorme y perfectamente acondicionada para el b**m. Me había tomado por sorpresa y no me disgustaba. Ahora entendía lo del antifaz y también lo del nombre falso. Ya había sido amo muchas veces, y era una de las cosas que más me gustaban y que mejor me iban. Era un amo nato, y en la cama mucho más. Repasé la sala y vi que aún no había nadie, así que me puse a examinar los instrumentos, mientras hacía tiempo para que la sumisa apareciera. Esperaba que fuera una profesional y que fuera atractiva. Escuché el chasquido de un pestillo, y entonces giré mi rostro para verla. Mi cuerpo entero estuvo a punto de petrificarse cuando vi a la mujer que la salió por una puerta trasera. No era una sumisa, porque no venía vestida como una, ni tampoco traía la actitud de una. No. Cada uno de los pasos que dio con esas botas de cuero por encima de la rodilla, fueron soberbios y altivos. No podía ser una sumisa, jamás. Ella era una domme, y no cualquier domme. Pero no fue eso lo que más me impactó, sino, reconocer en ese cuerpo, en ese caminar y en ese cabello, a la mujer que más loco me había vuelto en mi vida. Traía el rostro cubierto por un antifaz de encaje, pero era ella. Ella. La única mujer que me había dicho que no alguna vez, y la que se convirtió para mí en una obsesión, por más que ella hiciera todo lo que podía para hacer que la despreciara. Me había hecho un desplante, me había pateado las bolas, y había intentado matarme con una botella rota, y aun así, no existía otra que yo deseara más que a ella. —¿Nathalie? —dije, sin poder salir de mi asombro. Entonces supe que me miró, a pesar de que sus hermosísimos ojos azules de gata, estuvieran cubiertos. Se detuvo. Se detuvo y titubeó. Quizás igual de impactada que yo al verme. Yo llevaba un antifaz, pero era imposible que no me reconociera. Supe, sin que se moviera, que por un instante no supo qué hacer. Yo tampoco sabía qué hacer. —De rodillas, esclavo —dijo de pronto y volvió a caminar—. Dime, ¿cómo quieres que te llame? ¡Su puta madre! En ese instante podía insultar al mundo entero, en todos los idiomas existentes. ¿Dónde estaban las cámaras? ¿Dónde estaban los payasos? Porque esto era una maldita broma y este lugar un circo. ¿Un sumiso yo? Jamás.
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