Una melodía suave y tranquila que no invitaba a bailar a nadie, sino a quedarse en el confort de sus respectivos asientos, era todo lo que ofrecía la música clásica que ambientaba aquella fiesta. ―Dijiste que me ayudarías ―recordó Shaina acercándose a Nina. ―Y lo haré. ¿Dime en qué momento me negué? ―replicó a modo de pregunta con algo de molestia para después morder un bocadillo que tenía entre sus dedos. ―Tranquila, amiga ―dijo Shaina defendiéndose―. ¿Qué te sucede? ―Nada ―respondió Nina secamente. ―Ese nada me huele a todo. Anda, no seas una perra egoísta y dime que te pasa. ―Estoy aburrida, es todo. Y me veo tentada a largarme de aquí contigo a escondidas. ―¡Vámonos! Espera… ¿Dónde está tu guardaespaldas? ―cuestionó mirando al hombre que permanecía parado a unos metros de su ami

