Alianza inesperada

2209 Words
—Hija —habló el hombre con la mejor tranquilidad posible—. Sabes que los negocios y las propiedades que están en mi posesión, fueron heredadas por toda una generación en mi familia. Ese legado es tan valioso para mí, como el que tu madre te heredó. Sin embargo ―agregó con tono trémulo, y continuó―: tengo malas noticias respecto a eso. —¿Muy malas? —cuestionó ella preocupándose por la manera de hablar inusual de su padre. Normalmente, era el tipo de persona que cuando hablaba, lo hacía con tanta seguridad y sin una sola pizca de temor a equivocarse. Pero no era la ocasión, porque se encontraba bastante nervioso. —Muy malas, hija —confirmó—. Verás, corres el riesgo de perder ese legado. Tu tío está litigando los derechos de la dirección dentro de la compañía, y si todo ese asunto lo beneficia, te quitará todo lo que tu madre te dejó. ―¿Qué cosas dices, papá? Mi tío no puede quitarme nada porque tú mismo lo estás diciendo, mi mamá me lo heredó —aseguró Nina confiada en lo que decía. —Ojalá las cosas fueran así, Giannina —respondió afligido―. Pon atención a lo que trato de explicarte. »Hace años, la compañía pasó por un momento difícil después de la muerte de tu abuelo. Debido a la situación legal de bienes, tu abuela pasó a ser la directora general de todo y le dio bastantes libertades a tu tío. Que ella no pusiera límites en el manejo de la compañía, los llevó al punto de casi perder todo cuando el muy imbécil, apostó a invertir el ochenta por ciento de las acciones que pertenecían tanto a él como a tu madre. El problema fue, que el pseudo empresario con quien negoció, lo estafó porque manejaba una compañía que resultó ser fantasma… no solo lo estafó con las acciones, sino que robo algunas propiedades de la compañía. Elena buscó la manera de recuperar todo lo perdido, por lo que solicitó un préstamo a mi padre para levantarse. Eso no puso muy contenta a tu abuela, pero no le quedó más que aceptar y firmar autorizando la solicitud. Cínicamente, tu tío, objetó; era de esperarse. Tras firmar los papeles, tu abuela pidió a tu madre que en cuanto se recuperara esa parte perdida, devolvería el préstamo y terminarían el contrato. Y por supuesto que tu madre logró levantar la compañía, pero tu abuela enfermó repentinamente y murió dejando la compañía intestada, sin nadie que la dirigiera. El único acuerdo al que pudieron llegar tu madre y su hermano, fue que se tomarían las decisiones en unanimidad o se anulaban. —Entonces, supongo que para no perder mi legado debo tomar mi lugar en la compañía, ¿o me equivoco? —preguntó analizando lo que su padre recién había confesado. —No te equivocas. Solo que hay un pequeño inconveniente —Nina alzó ambas cejas, expectativa a lo que seguía—. Manejar una compañía de esa magnitud no es sencillo, mucho menos cuando se está pendiendo de un hilo. ¿Estás de acuerdo? ―Ella asintió―, para eso, tendrías que comprobar con un título universitario que eres apta y capaz de manejar los negocios; es un requisito según las cláusulas normativas de la compañía. —Podría fingir que hago las cosas, pero en realidad tú harías todo por mí ―ideó con una actitud positiva―. ¿Qué te parece? —No es tan sencillo, hija. Yo no puedo meterme. No sé realmente como estén llevando todo este proceso, pero el juez a cargo designó una junta de consejo que tomará las decisiones hasta que se resuelva el litigio y se nombre un director general. Debido a que es una empresa familiar, decretaron que mi nombre no puede figurar en ningún documento, y el juez no aceptará la sucesión de derechos a terceros, haciendo obvia mi posición. —¿Por qué haría eso? —preguntó incrédula—. Estabas casado con mamá, y la mitad de lo que era de ella te pertenece. —No, hija. Tu madre y yo estuvimos casados por bienes separados como exigencia de tu abuela. Nunca me vio con buenos ojos que digamos. —Vaya… supongo que tenemos puntos menos a nuestro favor ―comentó desanimada―. ¿Y si intento ir a hablar con mi tío? Llegar a un acuerdo talvez… —Por supuesto que no ―interrumpió alarmado―. No podemos arriesgarnos a que te haga algo. —Papá… —formuló preocupada—, ¿ese atentado vino de parte de mi tío? —Eso sospecho ―confesó dejando escapar un suspiro sin poder retractarse―, y no te pondré en riesgo a ti. —Okey. Entonces, ¿qué haremos? ―cuestionó desorientada, pues a esas alturas no comprendía cómo se podía solucionar el problema. —Tenemos un plan, y ellos —anunció señalando a los Castellanos—, son parte de ese plan. Nina volteó a verlos, y pudo notar que Leonardo estaba tan sorprendido y desorientado como ella. —No entiendo. ―Yo tampoco ―coincidió Leonardo. —Necesitamos conseguir que tú obtengas el poder que te toca en esa compañía ―aclaró su padre―. Para eso, es necesario una alianza con los Castellanos. La chica miró a Leonardo tan sorprendido como ella, después ambos miraron a sus respectivos padres quienes mostraron una expresión de preocupación. —¿De qué tipo de alianza hablamos? —preguntó Leonardo llamando la atención de Nina. —Matrimonio —informó Elías tragando saliva tras la granada a la que le había quitado el seguro sin anticipación ni precaución. —¡¿Quieren que me case con Leonardo?! —cuestionó alarmada. Su padre asintió lentamente. —Sería lo más sensato para poder actuar contra ellos —continuó Elías. —No… —objetó la chica levantándose de su asiento—, o sea, papá… eso es muy extremo. No te pases. Mira, yo puedo aceptar que me tengas vigilada veinticuatro siete, lo juro. Puedo incluso a estas alturas dejar diseño y cambiar de carrera para poder hacerme cargo de todo este lío si se trata de la herencia de mamá… pero que me quieras casar con alguien a quien no conozco… eso no lo puedo aceptar así como así. O sea, ni siquiera me estás preguntando. —Giannina… hija ―vaciló por unos segundos, pero retomó un poco su postura―. Es la única solución que tengo por ahora. A demás, Leonardo no es un desconocido. —Para mí sí. ¿Acaso te has preguntado si este chico y yo llegamos a tener algún tipo de conversación? Por mínima que fuera ¡No! Leonardo no es ni un conocido, ni un amigo, ni nada. ¡Jamás me dio la oportunidad de llevarme con él como siempre lo hice con Shaina! —expuso con terquedad cruzándose de brazos y sin importar que los presentes escucharan con obviedad cada una de sus palabras—. ¿Imaginas que clase de vida tendría con él? ¡Qué horror! Papá, ¿en qué época te quedaste atrapado? ¡Reacciona! —¡Basta, Giannina! ―regañó exasperado su padre imponiendo su autoridad―. No hay otra manera. —Sí la hay ―opinó convencida. ―Dímela. Quiero escucharla ―exigió impaciente. ―Cambiaré de carrera, papá. —Lo que no tenemos es tiempo. ¡Comprende un poco la situación! ―suplicó su padre con insistencia―. Tu tío está pagando altas sumas para que el juez acelere el proceso, y estimo que en un año cuando mucho, obtendrá las pruebas necesarias para ser designado como director absoluto. ―¿Qué hay de tu compañía? ―cuestionó segura de ganar esa batalla con Armando. ―Mi compañía no tiene esos problemas. ¿A qué viene eso? ―Viene a que no me importa si se pierde la compañía de mamá, te juro que estoy dispuesta a que se pierda todo eso con tal de no casarme con él ―señaló en dirección al prospecto―. Ni con nadie más si implica un compromiso por conveniencia, o cualquier situación que tenga que ver con negocios. ―¿Te estás escuchando? ―interrogó el hombre con enfado. ―Claro que me estoy escuchando. Eres tú quién no quiere hacerlo. ―¡No lo puedo creer, Giannina! ―Y yo no puedo creer lo que intentas hacer conmigo. ―Esa compañía es lo único que tu madre dejó para ti. Fueron años de trabajo y esfuerzo que tu madre invirtió para que tuvieras un futuro asegurado. Todo lo hizo pensando en ti, y no te importa. ―A ti tampoco te importa negociar mi futuro como si fuera algún tipo de mercancía. ―Deberías saber que no siempre contaremos con la libertad de elegir, Giannina. Si quieres mandar al carajo todo por lo que tu madre trabajo en su vida, adelante. Que se pierda. Ella calló por un momento intentando pensar en alguna otra solución, pero por más que maquinaba en su cabeza, nada la iluminó. Sí le pesaba renunciar a lo único que tenía de su madre, y las palabras de su padre resonaban como eco en su interior. —¿Tú lo sabías? —preguntó directamente al chico rompiendo el silencio. —No sabía nada, Nina —aseguró el chico―. Me estoy enterando igual que tú. No tenía idea. —¿Y piensas seguirle el juego a mi padre y al tuyo? —¡Giannina, más respeto! —exclamó Armando—. ¡No es un juego! —Obvio que no es un juego. ¡Es una locura, papá! Estás tomando decisiones por mí. ¿Acaso no te importa lo que yo quiero? —Nina —intervino Elías—, si ustedes contraen matrimonio, Leonardo se hará cargo de tu parte por derecho. Una vez adentro se estipulan nuevas reglas, así tu tío y su próximo socio no podrían restarle valor tu nombre. —¿Él puede asociarse, pero yo no? ―cuestionó extrañada. —Tenemos entendido que, él comprometió a tu prima Victoria con el hijo de ese hombre con el que está haciendo negocios. ―No estoy entendiendo nada. ¿Cómo va a asociarse si la compañía está en litigio? ―Tu tío cedió el noventa por ciento de lo que le pertenece a nombre de Victoria ―continuó explicando Elías―. Cuando ella contraiga nupcias serán accionistas mayoritarios, eso te irá dejando abajo hasta que tus acciones disminuyan su valor y con ello pierdas voz y voto. Nina se quedó pensativa inundando la sala en un silencio incómodo. Comenzó a caminar de un lado a otro pensativa, y por más vueltas que le diera, no había modo de encontrar otra solución. Era muy joven para casarse y no quería hacerlo de esa manera. Sin decir una sola palabra se encaminó decidida a dejar las visitas sin despedirse, pero su padre la detuvo. —Giannina, ¿vas a ayudarme en esto? —No tengo modo de objetar, ¿o sí? Finalmente, me has llamado para anunciármelo y no para tomar en cuenta mi consentimiento. ―Hija… ―En resumen, si no acepto casarme con Leonardo, Victoria y su prometido se quedarán con todo lo que me corresponde, ¿verdad? Armando asintió en silencio. Ella se encogió de hombros y se retiró de la sala dirigiéndose a su habitación. —Tranquilo, ella entenderá —consoló Elías. —Eso espero. Es lo único que tengo de ella. A ti te consta cuanto se esforzó Elena por sacar a flote lo que el imbécil de su hermano casi arruina —precisó el hombre recargándose vencido en el respaldo del sofá donde se encontraba sentado—. Leonardo, lamento haberte involucrado en esto. —Descuida, Armando. Algo se tiene que hacer y en lo que pueda ayudar —expuso el chico. Los amigos se despidieron y los visitantes salieron rumbo a su residencia. —¿Por qué no me advertiste sobre esto antes de venir? —cuestionó Leonardo a su padre en cuanto iban en el auto. —No encontré la manera, tampoco quería que ella te culpara directamente por saberlo antes que ella ―justificó sin cuidado. —Supongo que sí. Aun así, debiste advertirme. —Leonardo, hago esto para ayudar un gran amigo. Sin embargo, estás en todo tu derecho de negarte si quieres. —Está bien, papá. Es solo un papel. Cuando todo se haya recuperado, existe el divorcio y como si nada pasó. ―Esa niña es demasiado caprichosa, si tuviera el conocimiento de la cantidad de millones que hay de por medio. ―Nina siempre fue así ―expuso con una ligera sonrisa―. Le resta valor a los números. ―Números que no son cualquier cifra, Leonardo. Esa compañía cuesta millones, y no hablo de pesos, hijo. Estoy hablando de millones de dólares que cualquiera no dudaría en robar mediante engaños. ―¿Dólares? ―Hace tres años expandieron la cadena hotelera a Estados Unidos y Canadá. Mientras los Castellanos se alejaban, Armando ya se encontraba dándoles instrucciones al par de custodios que serían la sombra de él y su hija.
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