El guardaespaldas

2363 Words
Por la mañana, Nina se dirigió a la cocina como acostumbraba. ―¡Buenos días! ―saludó Laura muy animada. ―Buenos y flojos días, Laura ―respondió la chica abrazando a su cocinera. ―No pensarás andar así todo el día ―observó la mujer. ―No, solo que muero de hambre. No tengo planes para hoy, así que no hay prisa en arreglarme ―dijo tomando un panecillo de la encimera para darle un mordisco. ―No has tenido planes en casi dos meses, Nina. ―Estaba pensando en llamar a Shaina y hacer algo, pero recordé que su hermano regresó y debe traer aun la emoción de su llegada, dudo que me preste atención. ―No te buscó en dos meses y contando ―mencionó con recelo, pero Fermín las interrumpió. —Señorita, buenos días. Qué bueno encontrarla despierta, justo iba a buscarla a su habitación. Su papá la manda llamar. Llegó con visitas. —¿Visitas ahorita? —inquirió confundida mirando a Laura quién solamente se encogió de hombros—. Pero si es muy temprano, ¿qué hora es? ―Las ocho ―respondió Laura tras haber mirado su reloj de pulsera. ―Diablos, ¿Qué necesidad de madrugar? ―quejó la chica con diversión―. ¿A quién se le ocurre hacer visitas un sábado tan temprano? —Tal parece que al señor y al joven Castellanos ―explicó Fermín―. Y no debería dejar a su padre esperando. ―¿A mi padre o a sus invitados? —Pero si lo más importante ahora es que mi niña se alimente bien, Fermín —intervino Laura—, yo coincido con ella. No es normal hacer visitas tan temprano un fin de semana. —No empieces, Laura ―suplicó con seriedad―. Son órdenes del señor. ―No empiezo nada ―replicó molesta―. Sabes que todo eso es muy extraño. Armando juega golf o tenis los sábados. Incluso es raro que no se haya ido aún. —¿Y vienen solo ellos? ¿No viene Shaina? —cuestionó Nina. —No, señorita. Llegaron únicamente ellos, y otras personas. —Pues estoy de acuerdo con Laura, es muy raro. —Raro no. ¡Inoportunos! —rezongó Laura con molestia, y bebió de su café. —Inoportuno será que el señor te escuche, Laura ―regañó el mayordomo―. ¡Por dios! Haces de todo un escándalo. —No, tú ves todo como un escándalo. Endúlzate la vida, Fermín —sugirió sin cuidado. —Iré a ver qué sucede. Dejen de pelear —pidió Nina con una sonrisa, divertida de la escena. —Fermín que es un amargado. —No soy amargado, mujer. El señor podría despedirnos. —¡Que miedoso eres! No va a despedirnos y lo sabes. No sé por qué tanto alboroto el tuyo. Fue lo último que la chica logró escuchar tras salir al pasillo. Pero no fue hasta que pasó por uno de los espejos del pasillo por donde caminaba, que recordó no estar muy presentable para la ocasión; sus cabellos estaban semi atados en una coleta de por sí floja. Y ni hablar de las pantuflas que hacían resaltar un par de pomposas y peludas patitas de gatito. La sala de la residencia se encontraba adornada con muebles color caoba de lo más elegantes. Los enormes ventanales que ocupaban gran lugar en las extensas paredes, dejaban ver la insistente lluvia que no había cesado desde la noche anterior y que, de pronto daba la sensación de que no todo estaba tan bien como ella pensaba. Deseaba correr las cortinas que dejaban ver un ambiente que anunciaba malas noticias, pero sería grosero de su parte. El sitio albergaba un extraño silencio que se tornó a una fuerte tensión en cuanto ella asomó por el pasillo, sin más en que pensar, cruzó el gran arco que dividía la estancia del recibidor. Dentro no solo se encontraban los caballeros de la familia Castellanos; quienes se levantaron en cuanto ella llegó, sino otras tres personas que vestían muy formalmente con traje, y que imitaron a los Castellanos. Era incómodo para ella el tener las miradas de todos los presentes encima, tomando en cuenta que era consciente de su aspecto. Pero fue la mirada de uno de los hombres trajeados lo que la hizo sonrosar tímidamente. Una mirada acompañada por una burlesca sonrisa ladina que adornaba el rostro del sujeto con rasgos asiáticos, y que trató de evitar sin darse cuenta de la mirada particular que el joven Castellanos le dedicaba. Denotar ternura por parte de él, se quedaba corta a la descripción. —Giannina. ¿Qué fachas son estas? —cuestionó su padre—. Disculpen caballeros. —No sabía que tendríamos tantas visitas, papá —mencionó evitando mirar a los presentes. —¿Cómo ibas a saberlo? ―disculpó su padre un poco comprensivo. ―¿Y bien? ―cuestionó ella tras un incómodo silencio. ―¡No seas maleducada, Giannina! —exclamó con un tono de voz que suplicaba paciencia. ―Oh, sí. Buenos días, señores ―dijo soltando un suspiro de resignación. Sabía que tantas personas era una señal de que su padre no solo la había llamado para que saludara, y lo confirmó en cuanto el hombre se disculpó con los Castellanos diciéndoles: «Será breve, no tardaré», y se encaminó a su despacho seguido de los tres hombres trajeados. ―Tú también vienes, Giannina ―avisó al ver que ella se había quedado de pie. Al entrar a la pequeña oficina, ofreció a uno de los hombres sentarse en una de las sillas que se encontraba frente a su escritorio, después invitó a Nina señalando con su mano para que tomara el asiento vacío. Ella asintió obedeciendo sin dejar de observar por un momento que las otras dos personas permanecieron de pie. —Hija. Quiero presentarte a estos caballeros —expuso señalando con la mano a los hombres―. Sé que estás preguntándote por qué te hice llamar. ―Así es, ¿qué sucede? —Quiero que conozcas al señor Daniel Sandoval —Este se levantó sujetando parte de su saco y corbata con la palma abierta sobre su pecho, extendiendo la otra para saludar a Nina quien con curiosidad respondió al saludo—. Y los caballeros son: Arturo Lisboa y Román Lee. Los recién presentados se limitaron a asentir en cuanto ella volteó a verlos. —Estos caballeros —continuó explicando—, comenzarán a trabajar para nosotros, hija. El señor Sandoval es el jefe de una agencia de seguridad muy respetada. —Okey —respondió ella esperando a que su padre continuara, y tras una pausa, prosiguió. —Hace dos días, hija, tuve un atentado. —¡Que! —exclamó ella levantándose de su lugar—. ¿Por qué hasta ahora me lo vienes a decir? —Tranquila, hija. Escucha por favor, siéntate —ofreció su padre señalando el elegante asiento tapizado de piel color n***o—, fue un atentado que, gracias a Ricardo pude librar. —¿Y cómo sucedió? ―interrogó preocupada. —Íbamos en el auto rumbo a una reunión, cuando alguien nos dio alcance y nos persiguió hasta que a Ricardo se le ocurrió tomar un camino con tráfico. No pensé que pudiese funcionar, pero el coche dejó de perseguirnos en cuanto nos embotellamos, y tomó otro camino. —Debes tener más cuidado entonces. ¿Ellos están investigando lo que te sucedió? ¿Por eso están aquí? —cuestionó apresurada prestando severa atención a los rostros de esas personas desconocidas. Pudo notar que el asiático esbozó una sonrisa de lado muy descaradamente para ella, pero con discreción para el resto. Lo observó con fijación atraída por su atrevimiento. —No, hija. Ellos no están investigando nada de lo que pasó. Pero están aquí para evitar que vuelva a pasar. Y si vuelve a suceder, ellos estarán para protegernos a los dos… —Espera —interrumpió la chica con tono de alerta regresando la vista a su padre—, ¿custodios? ¿Estás hablando de custodios? —Así es, Giannina. Me sentiré mucho más tranquilo al saber que no estarás sola. —Supongo que discutiremos eso después. —No, hija. Te equivocas. Es una decisión que no está a discusión. —Por supuesto que no ―dijo convencida de que cuando su padre ya había decidido algo, nunca estaba a discusión―. Volviendo al asunto del atentado, ¿qué tipo de enemigos te has hecho o qué? —inquirió intrigada—, o sea… Como para que te persigan y así. —Sabía que tu curiosidad no podía faltar ―añadió―. Sospecho de un par de personas, pero quiero cerciorarme de que son quienes pienso. ¿Tienes alguna otra pregunta? —Muchas. Siendo honesta, muchas. La más importante que en este momento me pica en la lengua, es sobre estos señores —especificó mirando a los caballeros que serían sus guardaespaldas. Su mirada curiosa terminó por incomodar al asiático que, si bien le pareció divertido al principio intimidar a la chica, se le habían volteado los papeles, lo que le hizo empezar a inquietarse un poco removiéndose en su lugar. Nina no aguantó el dejar escapar una sonrisa disimulada al ver que comenzó a agitar la punta del pie con desesperación. —Sí, Giannina —apresuró su padre a responder una pregunta que aún no era formulada. —¿Sí qué? —inquirió ella mirando al otro chico con atención y disimulo a la vez. —La respuesta es sí, a lo que vas a preguntar. —Aún no pregunto nada —alegó ella dirigiendo la mirada a su padre. —Pero sé lo que preguntarás, y sí. Ellos comienzan desde hoy. Veinticuatro siete. Sandoval —llamó al agente, quién sin dejar pasar un segundo más, se levantó a la par que Armando. Pero Nina decidió ver todo desde donde estaba sentada cruzada de piernas. —Nos estaremos poniendo en contacto muy pronto —continuó el padre de Nina. —Cualquier cosa, señor Villalobos —anunció el agente estrechando su mano a su cliente principal—, estoy a sus órdenes. Señorita ―dijo despidiéndose de Nina con una ligera reverencia que ella solo acertó a responder con una sonrisa. —Perfecto. Por aquí —Señaló Armando el camino por el que debía ir, donde Fermín ya esperaba para guiarlo a la salida―. Caballeros, ella es Giannina, como es obvio y ya lo escucharon, mi hija. A partir de hoy no puede salir de aquí sola. Las salidas y entradas se deberán registrar en la caseta de entrada, más tarde me reuniré con ustedes y el resto del equipo para más detalles. ―¿Con cuál me voy a quedar? ―cuestionó Nina observando a ambos custodios. ―Giannina, compórtate ―regañó su padre. ―Ok. ¿Cuál me va a cuidar a mí? ―El joven Román ―informó recibiendo ella un suspiro de resignación. ―Señor ―Se anunció Fermín de regreso a la pequeña oficina. —Jóvenes. Él es Fermín. Es la persona que más confianza se le tiene dentro de esta casa —presentó, y el mayordomo ofreció a cambio una ligera reverencia—, él los llevará a sus habitaciones y les mostrará la residencia para que se vayan familiarizando, siéntanse con total libertad. Fermín, preséntalos con el personal para que sepan quienes son y porque están aquí, no quiero después malentendidos. —Sí, señor —respondió Fermín. En cuanto los nuevos empleados se fueron, Armando regresó su atención a su hija. ―Sé que tienes muchas dudas, hija. Pero aún faltan noticias que dar. ―Supongo que me reservaré esas dudas para el final. ―Vamos, nos están esperando. Armando Villalobos y Elías Castellanos, conservaban una amistad de años. Una amistad desde la infancia. Y aunque se frecuentaban mucho, Nina no era muy allegada a Leonardo pues siempre fue mucho más unida a Shaina. De niñas eran muy inquietas pero unidas. Leonardo por su parte solía ser tranquilo y entregado a sus estudios. Cuando no estaba estudiando, se la pasaba leyendo. Hasta cierto punto, Nina lo consideraba un patán por evitarla, ya que cada vez que ella se encontraba cerca de él, se alejaba con cualquier pretexto. Pero algo en ese chico aislado llamaba su atención. Cuando entraron en la adolescencia, intentó ignorar esa curiosidad que le carcomía por dentro, llegó a pensar que quizá ella le caía muy mal y por eso prefería no acercársele. Aun así, ella quería conocerlo como a Shaina, y decidió ignorar la mala actitud que tenía hacia ella, haciendo de lado sus temores por descubrir los motivos que lo hacían alejarse, llevándose a cambio una gran decepción. Las únicas palabras dirigidas a ella que pudo escuchar de él, fueron las que le dieron el aviso sobre su destino de estudiar en el extranjero. Era un chico aplicado que había solicitado estudiar en Inglaterra. Acto que su padre consintió en cuanto se lo notificó. El chico terminó el bachillerato y su carrera en otro país, hasta que recientemente regresó por fin a sus raíces. Armando se disculpó nuevamente con sus invitados en cuanto entró a la gran estancia. Se sirvió un vaso con Whisky y le ofreció uno a su amigo quien gustosamente lo aceptó. Por un momento se quedó pensativo, haciendo girar con delicadez el vaso corto de vidrio que sostenía entre sus manos. —Bien. Vamos a lo importante —anunció. ―No creo que nada sea más importante que nuestra seguridad, papá ―opinó sin importarle su imprudencia al tiempo que tomó asiento. Armando se re acomodó en su asiento, y continúo bebiendo de su vaso. Para Nina, el whisky era sinónimo de noticias inesperadas. Noticias que ella sabía con exactitud, no estaría de acuerdo, porque si ella estaba presente, la incluían en lo que fuese que su padre estaba a punto de anunciarle. Porque sí, no estaba ahí para dar una opinión o para ser cuestionada. Estaba ahí para conocer alguna importante decisión que su padre ya había tomado y que solamente se le iba a informar.
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