Superando el engaño

1603 Words
Un par de ojos muy hinchados, ojeras abultadas y un rostro cansado, fue lo que ganó Nina tras dos meses que habían pasado desde que encontró a Cesar con otra dentro de una sala de masajes. Lloró escuchando las canciones más tristes que pudo encontrar en su celular. Durmió días enteros, y cuando ya no podía conciliar el sueño, simplemente se quedaba acostada recordando los momentos felices que ese estúpido chico le dio. Ella sabía que Cesar no tenía muy buena reputación entre su círculo, e incluso su padre no aprobaba su relación; ahora tenía una razón más para jactarse de sus palabras cuando le advirtió que nadie de la familia Cortez era de fiar. Ella prefirió darle el beneficio de la duda, y no había salido como lo esperaba. Durante ese tiempo estuvo recibiendo llamadas del chico, creyó resolverlo con bloquear los números que constataban ser él tras escuchar su voz, pues algunas veces marcó de diferentes números que ella no tenía agendados. Algo que caracterizaba a Nina, era su firmeza. Ella no caería en ese juego tóxico, así que decidió dejar las r************* y el círculo de amigos por un tiempo, al menos hasta que se sintiera lista para dar la cara ante la persona que le había roto el corazón. La televisión se había convertido su compañera tras superar la etapa de la música triste que provocó su llanto descontrolado. Curiosamente, ver películas románticas le ayudó a mejorar sus expectativas con el amor, aunque para llegar a esa visión tuvo que criticar las primeras que Netflix le ofreció. Se preguntó cómo podía un chico quitarse la vida sin importar los sentimientos de la persona que lo amaba y que lo aceptaba tal como era. ¡Qué egoísta! Pero llegó a un momento en el que ya no entendía quién era más egoísta, si él por ignorar los sentimientos de la chica, o ella por querer que él desistiera de su decisión. Después pensó en enviarle una carta a Cesar, pero esa carta iba a contener tantos insultos que prefirió el camino del duelo donde su orgullo y dignidad se mantuvieran a salvo de las burlas de ese chico que buscaría la manera de restregarle en la cara un típico: me necesitas. No comprendía por qué en todas las películas siempre había un personaje que no se atrevía a decir lo que siente por miedo, hasta que una situación de vida o muerte les obligaba. Era algo inexplicable que una cosa así le hiciera salir de su habitación, pero ella ya no quería ver esas películas románticas donde al final todo salía bien; ya tenía suficiente, y aunque su vida no era una película, sí que tenía que hacer algo para que las cosas en el aspecto amoroso le salieran bien. Fermín, el mayordomo de la residencia, se la encontró camino a la cocina, no le importó que se encontrara en pijama tan tarde; una que dejaba expuesto uno de sus más singulares gustos: las cerezas. Finalmente, lo importante era que había salido de su letargo y además estaba por anochecer. El hombre sonrió aliviado de verla, pues tanto él como la cocinera y su padre, habían intentado por casi todos los medios hacerla salir de ahí. Obviamente, su padre se enteró de la desfachatez que el heredero de la fortuna Cortez le había hecho a su hija, y no dudó un segundo en reclamarle al bastardo en cuanto tuvo la oportunidad. Los rumores dentro del Britania no se hacían esperar mucho, y los sirvientes principales eran de la entera confianza de la familia, así que supieron el motivo por el que Nina lloraba todo el tiempo durante las primeras semanas de su rompimiento. —Señorita, por fin decidió salir a ver el mundo nuevamente ―mencionó el hombre que rondaba por los sesenta años. —El mundo no, Fermín. Pero sí a ustedes —confesó regalándole una sincera, pero cansada sonrisa. —Su respuesta me llena de dicha, señorita ―sinceró el hombre. —Quédate tranquilo, Fermín. No voy a seguir encerrada. —Entonces, ¿ya se siente mucho mejor? ―inquirió caminando al lado de ella en cuanto se echó a andar. —No completamente, pero creo que es momento de ya no prestarle atención a algo que no vale la pena. ¿No crees? ―Completamente ―concordó. ―¿Se encuentra Laura en la cocina? —Sabe que esa mujer vive en la cocina. —Iré por algo de comer entonces. —Me parece una excelente idea, señorita. Ella se va a alegrar mucho de verla. —Lo sé —coincidió con el hombre, y se dirigió en busca de la cocinera, mientras el hombre se retiró llamando a una de las chicas de servicio para ordenarle que limpiara la habitación de Nina. Al pasar por el recibidor, observó la incipiente lluvia salpicando en el cristal de los ventanales que adornaban los costados de la enorme puerta. Inhaló el olor a tierra mojada, y tras dejar escapar un suspiro, continuó su camino. Laura no estaba por ningún lado, pero el olor que desprendía la cafetera era tan irresistible, que Nina estaba ya sirviendo una taza cuando la mujer a la que buscaba hizo su aparición. —¡¿Pero qué sorpresa tan bella es esta?! —exclamó con alegría y enorme sorpresa. Tampoco se limitó ni se inmutó para nada al acercarse y darle un abrazo afectuoso como siempre lo hacía, pero esa vez demostró que estaba más que feliz por verla. —Ni que me hubiera ido de viaje, Laurita ―minimizó la chica respondiendo al abrazo. —De viaje no mi niña —explicó sin dejar de abrazarla como si fuese aún una niña pequeña—, pero si en aislamiento por culpa de un muchacho más estúpido que sus propias acciones. No sabe lo que ha perdido. —Lo sabrá pronto —aseguró con firmeza. Laura dejó de abrazarla, y la miró dedicándole una orgullosa sonrisa. —Así quiero escucharte todos los días, mi niña. Mira tu carita —señaló acunando el rostro de la chica entre sus manos. —Te prometo que no volveré a llorar por él. —¡Bien dicho! Guárdate esas lágrimas para cuando realmente las necesites, y para quien valga la pena —aconsejó dejando un cariñoso beso en su frente como siempre solía hacerlo para consolarla. Laura había sido para Nina casi como una madre después de que la suya muriera. Observó a la alegre mujer, y en un gesto tranquilo asintió para posteriormente beber un trago de su humeante café. —Delicioso, ¿verdad? —cuestionó Laura arqueando una ceja al tiempo que se servía una taza también. —Todo lo que tú haces es delicioso —afirmó ella. —Todo lo que yo hago, es con amor. —Lo sé. ¿Sabes si mi papá está en casa? ―Sí, está en su despacho. Le alegrará verte. ―Lo sé. Iré a buscarlo. ―Prepararé algo rico para ti. Tienes que recuperar energías. ―De acuerdo ―coincidió y se encaminó con la taza de café en su mano buscando a su padre. No hizo falta anunciarse, pues la puerta del pequeño despacho estaba abierta. Su padre se encontraba sentado detrás del escritorio muy concentrado leyendo algunos documentos. Nina se recargó en el marco de la puerta observando a su padre. ―Te dije que más tarde, Laura ―dijo el hombre sin levantar la vista. ―¿Más tarde qué, papá? ―inquirió con una sonrisa llamando inmediatamente la atención de su padre. ―Giannina ―musitó levantando la vista regalándole al tiempo una sonrisa, pero sin dejar de mirarla con preocupación―, al fin saliste de tu habitación. ―Tranquilo, papá. Estoy bien ―aseguró ella al ver la expresión del hombre. ―¿Estás segura? ―cuestionó acercándose a ella para abrazarla. ―Sí, papá. ¿Creíste que era Laura por el café? ―Ehm... sí, sí. Eso ―respondió regresando a su asiento. ―¿Mucho trabajo? ―preguntó mirando las carpetas que había sobre el escritorio. ―Un poco, sí. Algunos asuntos que tengo que resolver. ―Bueno, te dejo trabajar. Solo quería verte, y que supieras que ya estoy bien. Sobre la escuela… ―No te preocupes, hablé con el director y tienes dos semanas libres más, pero si quieres presentarte antes, sería mucho mejor. Sabes que cualquier cosa que decidas la voy a apoyar. ―Entonces me presentaré el lunes. Necesito ponerme al día. Ahora sí, te dejo trabajar. ―Está bien, hija. Espero no encontrarte así mañana. Esa no eres tú ―señaló. ―Te lo prometo, papá. Ya casi es de noche, así que iré con Laura para comer algo y después dormiré un último sueño largo. Te prometo que mañana no estaré en este estado. El hombre no dijo nada, únicamente asintió dedicándole una cálida sonrisa a su hija. Ella se acercó para dejar un beso en su mejilla y se retiró con pesadez en su caminar. Él la observo con seriedad, se quedó pensativo con las manos recargadas sobre el escritorio y los dedos entrelazados. Nina era todo lo que tenía, y siempre buscaba lo mejor para ella, pero últimamente se reprochaba con recelo poner como prioridad los negocios, no era propio de él, pero se trataba del futuro de su hija. Nina comió y conversó con Laura muy amenamente como siempre solía hacerlo. Las horas se le pasaron rápido con las anécdotas que le contaba de su adolescencia, y que la hacían reír. Finalmente, se despidió y se fue a descansar.
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