―¡Román! ―gritó Nina con euforia―. ¡Papá! Pataleó y golpeó tanto como pudo, pero no fue suficiente para que aquel hombre la soltara. En la cabeza de Román no podía haber más preguntas que no fuera: «¿En qué momento pasó? ¡Qué descuidado! ¡No haces bien tu trabajo!» Pero sus pensamientos no lo frenaron para correr al auto y darle persecución al vehículo donde Nina continuaba forcejeando con el hombre que se la había llevado a la fuerza. ―¡Suéltenme! ¡Son unos desgraciados! ¡Idiotas! ―¡Ya cállate! ―gritó uno de ellos y golpeó su estómago sofocándola. Román logró darles alcance por algunos metros que les daban ventaja a los secuestradores. Golpeó un par de veces el auto contra ellos, pero no logró hacer que se detuvieran, y no quería poner en riesgo la vida de Nina. Logró ver que en u

