**JULIAN** La solté, y mi mano sintió el frío de la ausencia. Se giró para mirarme, y por primera vez esa mañana, sus ojos se encontraron con los míos. No había gratitud en ellos. Solo una pregunta silenciosa, un desafío. —¿Vas a dejar que tu perrita faldera te dicte cómo dirigir tu empresa? —preguntó, su voz un susurro sedoso y peligroso. —No —respondí, mi voz ronca—. Voy a dejar que la mujer que puede arreglar este desastre lo haga. Me acerqué un paso más, invadiendo su espacio personal, mi mirada clavada en la suya. El caos de las alarmas se desvaneció hasta convertirse en un murmullo lejano. —Arregla esto, Elara —dije, mi voz baja e intensa—. Y luego, arregla esto. Y señalé el espacio invisible entre nosotros, el espacio lleno de deseo y traición, el espacio que se había convertid

