**JULIAN** Mis manos, que hasta entonces habían estado suspendidas en el aire por la sorpresa, encontraron finalmente su lugar en su cintura, atrayéndola aún más hacia mí. La tela de su traje rozaba la mía, una fricción que enviaba descargas eléctricas por toda mi columna. —Tuyo —concedí, y la palabra no se sintió como una rendición, sino como una liberación—. Haz lo que quieras conmigo. Con la empresa. Con todo. Ella soltó una risa suave, cargada de una confianza letal, y volvió a tirar de mi corbata, obligándome a inclinar la cabeza hacia ella una vez más. —Oh, tengo grandes planes —dijo, y la forma en que pronunció mi nombre por primera vez en toda la noche tuvo una suavidad que me desarmó—. Pero primero, vamos a celebrar que el mundo acaba de cambiar de dueño. Elara se giró hac

