Observo el reflejo de mi rostro frente al espejo del baño de la oficina y confirmo una vez más que mi aspecto da pena y que es evidente que pasé la noche sin dormir nada, por las manchas negras bajo mis ojos. Busco en mi cartera el pequeño bolso de maquillaje que siempre traigo conmigo, para retocar mi labial y luego, aprovecho de cubrir bajo mis ojos con el corrector de ojeras. Acomodo un poco mi cabello y luego de ignorar que mi rostro no mejoró en nada, salgo del baño y camino directo a mi cubículo de trabajo. —¿Te parece si vamos por unas copas a la salida? —pregunta Cata, desde su asiento. Meneo la cabeza, sin mostrarme del todo segura con su propuesta y luego enciendo mi notebook, lista para comenzar otro agotador día de trabajo—. Vale, al parecer, ahora no hablas. ¿Qué te ocurre?

