Piero no deja de acariciar su vientre, de besarla, mirarla con una mezcla de terror y admiración, porque no sabe qué más sentir. De pronto sonríe y Petra le aprieta la mano para llamar su atención. —¿Qué recordaste que te hizo sonreír tan lindo? —El día que nos conocimos… esa fiesta en casa de los Castelli, tú con tu vestido sencillo, regañándome por molestar a tu hermano. Debo decirte que nunca una mujer me dejó en silencio, con las palabras atoradas en la garganta, solo con su presencia. Una que otra tal vez con una parte exuberante de su cuerpo… —ella le hace una mueca de molestia y él se ríe—. Siempre has tenido esa capacidad de llegar como una bomba qué silencia a todo el mundo, eres grandiosa. —Dime algo, ¿si no sobrevivo, buscarás a alguien más? —No —responde con total confianza

