Capítulo 1
Desde el punto de vista de Arturo
Jamás imaginé que volvería a esta ciudad. Durante años me prometí que nunca regresaría, que dejaría enterrados cada recuerdo, cada rostro y cada cicatriz que las hermanas Ferreira me habían dejado. Pero la vida, o el destino, según en qué creas, siempre encuentran la manera de llevarnos de vuelta a aquello que más queremos olvidar.
Y aun así, aquí estaba yo. Había regresado otra vez . No porque en realidad quisiera hacerlo, sino porque tenía una deuda pendiente, una deuda con la única persona que creyó en mí desde el principio: el *señor Ferreira.*
Él fue quien me tendió la mano cuando no era nadie, cuando apenas era un huérfano desesperado por una oportunidad. Lo respetaba como a un padre, y saber que estaba enfermo y que su familia se venía abajo era suficiente para hacerme volver, incluso con todo el rencor consumiéndome por dentro. Porque regresar también significaba volver a verlas a ellas, las dos mujeres que más daño me habían causado.
El avión aterrizó con suavidad en la pista privada que, irónicamente, ahora me pertenecía junto con mis socios. Apreté los puños cuando el ruido de los motores comenzó a apagarse y sentí el golpe familiar de la humedad en el aire. Ese aroma a tierra húmeda mezclada con gasolina me recordó que no había escapatoria posible: estaba de vuelta. Respiré muy profundo, aunque el aire se sintió pesado, como si cada inhalación arrastrara recuerdos que había intentado sepultar durante cinco años.
En cuanto bajé del avión, mi celular comenzó a sonar. No necesité mirar la pantalla para saber que era Antonio. Mi socio… y también mi amigo. El único capaz de intentar detenerme cada vez que estaba a punto de lanzarme al vacío. Contesté sin demasiadas ganas y suspiré apenas escuché su voz. Él entendió enseguida.
—Arturo, todavía estás a tiempo de regresar. Puedes ayudar desde lejos, no hace falta que hagas esto. Y mucho menos que las enfrentes. Sabes muy bien que nada bueno va a salir de esto —dijo con calma, aunque pude notar la preocupación en su tono.
Cerré los ojos por un instante y apreté la mandíbula.
—Sabes que no puedo. Ya tengo un plan y voy a cumplirlo. Ayudaré al hombre que considero mi padre… y de paso obtendré mi venganza. Todos ganamos, ¿no? Él recupera su empresa y yo cierro cuentas pendientes.
Del otro lado escuché un suspiro resignado.
—Le dije a Emmanuel que no cambiarías de opinión, pero insistió en intentarlo. Arturo, no somos solo tus socios. También somos tus amigos. Nos importa lo que te pase.
—Estoy bien —mentí con firmeza—. Y voy a estar mejor cuando todo esto termine.
—Cuando tenga la fecha de la boda, los llamaré.
Estaba por cortar la llamada cuando escuché movimiento del otro lado y la voz de Emmanuel apareció de inmediato.
— ¿De verdad crees que ella aceptará?
Una sonrisa amarga apareció en mis labios.
—No tendrá alternativa… o mejor dicho, yo me encargaré de que no la tenga. Conozco demasiado bien las debilidades de ambas.
Y colgué antes de que siguieran intentando hacerme cambiar de idea. Las dudas habían quedado atrás hacía mucho tiempo.
El chofer me esperaba con el auto encendido. Apenas intercambiamos un gesto de saludo antes de que subiera al asiento trasero. No hacía falta darle instrucciones; todas las personas que había contratado sabían perfectamente cuál era mi destino.
Mientras el vehículo avanzaba, observé las calles a través de la ventana. Los mismos edificios, las mismas aceras agrietadas, las mismas tiendas atrapadas en el tiempo. Todo seguía igual y, al mismo tiempo, todo era demasiado distinto. Porque yo ya no era el joven que caminaba por esas calles con los bolsillos vacíos y el corazón roto.
Ahora viajaba en un automóvil de lujo. Era dueño de empresas reconocidas internacionalmente. Ya nadie podía mirarme como si fuera un don nadie.
Cuando el auto se detuvo frente a la mansión Ferreira, sentí que el tiempo se detenía. Recordaba aquella casa como un símbolo de prestigio y poder, un lugar lleno de arrogancia y perfección. Pero ahora todo lucía diferente. Las ventanas estaban opacas, el jardín descuidado y la pintura de la fachada comenzaba a desprenderse. La decadencia era imposible de ocultar. Todo aquel brillo que una vez admiré se había desvanecido. Aunque, pensándolo bien, no debería sorprenderme. La señora Ferreira había sido quien mantenía todo en orden, y desde su muerte las gemelas claramente no habían logrado sostener aquel esplendor.
Bajé del auto y caminé hasta la puerta principal con paso firme. Toqué una vez. Luego otra. El sonido resonó como un eco del pasado.
Al fin, la puerta se abrió. Y ahí estaba ella. *Addison…*
Nuestras miradas se encontraron después de tantos años. Vi cómo tragaba saliva y cómo sus manos temblaban apenas un segundo antes de aferrarse al marco de la puerta. Ya no era la chica frágil que recordaba. Había cambiado. Sus facciones eran más maduras y su mirada transmitía más seguridad, aunque todavía podía percibir aquella tristeza escondida en el fondo de sus ojos. Esa tristeza golpeó algo dentro de mí. Me agradó comprobar que seguía siendo humana… pero también me dolió más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Y supe de inmediato que era ella porque todavía usaba aquellos lentes que llevaba desde que la conocí.
—Ar… Arturo… ¿de verdad eres tú? —preguntó con la voz temblorosa, casi en un susurro.
—Vine a ver al señor Ferreira —respondí con frialdad. No podía permitirme bajar la guardia.
Ella asintió en silencio y me permitió entrar. Caminé por el pasillo intentando mantenerme indiferente, aunque cada paso se sentía como una tortura. Los cuadros en las paredes, las alfombras desgastadas y el olor a desinfectante mezclado con polvo hablaban de una casa que había perdido todo lo que alguna vez fue.
Cuando llegamos a la habitación, lo vi.
El señor Ferreira descansaba en la cama, demasiado debilitado. Su piel estaba pálida, su cabello casi por completo blanco, pero aun así me recibió con una sonrisa cálida. Sentí un nudo formarse en mi garganta.
—Arturo… al fin llegaste. Te estaba esperando, hijo —murmuró con debilidad.
Addison lo observó sorprendida. Era demasiado obvio, ni ella ni su hermana sabían que yo seguía en contacto con él. Porque sí, desde que me fui siempre estuve en contacto con él, y con la señora Lucí, para ser sincero cuando ellos tuvieron el accidente estaban viajando para la inauguración de mi primera empresa hace ya dos años, pero por desgracia nunca llegaron, de camino al aeropuerto un camión de carga salió de su carril e invistió por ellos, la señora Lucí murió al instante, mientras el señor Mauro quedó en silla de ruedas… Y desde ese momento el señor Mauro me había pedido que volviera, pero yo no podía hasta hoy, que ya no pude atrasar mi regreso.
El anciano la llamó por el apodo de siempre: “Addy”, y le pidió que nos dejara solos. Ella obedeció, aunque no sin antes recordarle sus medicamentos y revisar que estuviera cómodo. Intentaba esconder su preocupación detrás de su papel de doctora, pero seguía siendo solo una hija preocupada por su padre. Él bromeó con cariño y ella finalmente salió de la habitación.
Me acerqué despacio y tomé su mano con respeto. Su piel se sentía frágil, casi transparente, pero aún transmitía fortaleza.
—A veces olvida que es mi hija y no mi doctora —comentó entre risas suaves—. Me alegra que hayas venido. Eres el único que puede ayudarme.
—No podía ignorar tu llamada, señor Ferreira —respondí con sinceridad.
Hablamos durante un largo rato. Me contó sobre su enfermedad, la caída económica de su familia y el riesgo de perder la empresa por la que había trabajado toda su vida. También me confesó que esperaba que yo regresara para tomar el control y levantarla nuevamente.
Le prometí que haría todo lo posible por ayudarlo. Lo que él no sabía era que detrás de esa promesa también existían otros planes.
Antes de que me marchara, insistió en que me quedara a cenar. Comentó orgulloso que Addison se había convertido en una excelente cocinera y que, debido a los problemas financieros, ya no podían darse el lujo de contratar empleados.
Cuando salí de la habitación, la encontré a ella. Ashley. Esperándome en el pasillo.
—Arturo… es verdad… volviste —dijo con aquella sonrisa seductora que en otro tiempo logró atraparme, pero que ahora me parecía vacía.
Yo ya no era el hombre que ella recordaba. Y pronto lo descubriría.
Esa noche organizaron una cena en mi honor. El comedor todavía conservaba restos de lujo, aunque ya no tenía el esplendor de antes. El silencio entre los miembros de la familia era incómodo y pesado, roto únicamente por los intentos constantes de Ashley por captar mi atención.
—Debe ser agotador manejar tantas empresas, Arturo. Me sorprende que todavía tengas tiempo para visitas personales —comentó con una sonrisa cuidadosamente calculada mientras se inclinaba ligeramente hacia mí—. Nunca te vi en los eventos internacionales a los que asistí durante mi carrera de modelo. París, Milán, Nueva York… yo estaba brillando bajo las luces y tú jamás aparecías. Me sorprende que alguien con tanto poder prefiera mantenerse lejos de todo eso.
No respondí de inmediato. Tomé un sorbo de vino antes de mirarla con frialdad.
—Aprendí a establecer prioridades. Y esta cena es una de ellas. Vine a hablar con tu padre —respondí con calma antes de añadir con arrogancia—. Además, Ashley, ya no pertenecemos al mismo mundo. Antes yo era un don nadie. Ahora soy un magnate. Hay una gran diferencia entre ambas cosas.
El silencio en la mesa fue absoluto.
Addison me observó con una expresión imposible de descifrar. Sabía que mis palabras escondían algo más, aunque aún no pudiera comprender qué era exactamente. Y lo único que tuve claro en ese momento fue que, a pesar de todos los años transcurridos, verla seguía provocando algo dentro de mí.
Cuando la cena terminó, me acerqué a ella antes de irme.
—Mañana hablaremos. Hay asuntos importantes que debemos discutir —le dije con firmeza.
Ella asintió lentamente, aunque la incertidumbre era evidente en su mirada.
No tenía idea de lo que estaba por venir. Pero yo sí. Y mi regreso cambiaría la vida de todos para siempre.