Desde el punto de vista de Arturo
Salí de la mansión Ferreira con el paso firme y el rostro endurecido, como si aquella máscara de frialdad pudiera contener el caos que se agitaba dentro de mí. La imagen del señor Ferreira acostado en esa cama no dejaba de perseguirme. Permanecía clavada en mi mente como una herida abierta que me negaba a sanar. No quería admitirlo, pero verlo en ese estado me afectó mucho más de lo que estaba dispuesto a reconocer.
Ese hombre había sido lo más cercano a un padre que tuve en toda mi vida. Fue el único que me ofreció respeto cuando yo no era más que un muchacho sin apellido, sin dinero y sin futuro. Mientras el resto me veía con desprecio, él me trató como a alguien digno. Y ahora, después de tantos años, lo encontraba consumido poco a poco por la enfermedad, apagándose frente a mis ojos.
El tiempo corría en nuestra contra. Lo sabía perfectamente. Y si quería devolverle aunque sea una parte de todo lo que hizo por mí, tenía que actuar antes de que fuera demasiado tarde.
No me despedí de las gemelas. Simplemente no pude hacerlo. Ashley me producía una repulsión difícil de describir. Su sola presencia era sofocante, como respirar veneno. Verla actuar con tanta naturalidad, coqueteando conmigo como si el pasado nunca hubiera existido, hacía que algo dentro de mí se revolviera con violencia. No tenía vergüenza. En realidad nunca la tuvo.
Addison, en cambio, era otra historia. Ella...
Había algo en ella que me descolocaba. Su silencio, la manera en que observaba todo con cautela, como si cargara una tristeza imposible de compartir. Sus ojos… esos malditos ojos lograron atravesarme de una forma que no esperaba. Y eso era peligroso. Muy peligroso. Porque el desconcierto era una debilidad que no podía permitirme otra vez.
—Al hotel —ordené al chofer apenas subí al auto.
Mi voz salió más áspera de lo que pretendía.
Durante el trayecto observé la ciudad a través de la ventana, aunque en realidad apenas veía algo. Las luces, las calles y las personas pasaban frente a mí como manchas borrosas. Mi mente estaba demasiado ocupada trabajando. Fría. Calculadora. Precisa.
Saqué el teléfono del bolsillo y marqué un número que conocía de memoria.
— ¿Lo tienes? —pregunté apenas escuché movimiento del otro lado.
—Sí, señor Valdez —respondió mi asistente con su habitual tono profesional—. Los informes financieros de la familia Ferreira son peores de lo que esperábamos. Han perdido prácticamente todos sus activos y las deudas continúan creciendo. La mansión está hipotecada y, si no realizan el pago correspondiente en menos de tres meses, será embargada.
Una sonrisa fría se dibujó lentamente en mis labios.
A veces, la justicia llegaba disfrazada de venganza.
—Perfecto. Quiero todos los documentos completos sobre mi escritorio mañana a primera hora. También necesito información detallada sobre sus acreedores principales. Tenemos que movernos rápido.
Hice una breve pausa antes de continuar.
—Además, envía personal a la mansión. Quiero enfermeras exclusivas para el señor Ferreira. Y Mauricio… mañana temprano paga la hipoteca.
—Entendido, señor. Me encargaré personalmente.
Corté la llamada sin agregar nada más. Después apoyé la cabeza contra el respaldo del asiento y exhalé lentamente.
El destino de Ashley y Addison estaba ahora en mis manos. Y por primera vez en años sentí esa amarga satisfacción de saber que finalmente pagarían por todo el daño que me hicieron.
Ya no se trataba de un impulso ni de un simple resentimiento. Era una sentencia cuidadosamente construida durante años. Les arrebataría todo, exactamente igual que ellas me lo quitaron a mí. Cada mentira. Cada humillación. Cada ilusión destruida.
No me conformaría con verlas caer. No.
Quería que entendieran lo que significaba perderlo todo. Quería que sintieran el mismo vacío que me dejaron. Y sobre todo, quería que comprendieran quién tenía el poder ahora.
Cuando llegué al hotel, subí directamente a la suite del último piso. El silencio elegante del lugar me envolvió de inmediato, aunque la tensión seguía instalada en mi cuerpo como una corriente eléctrica imposible de apagar.
Aflojé el nudo de la corbata y caminé hasta la barra privada. Serví un poco de whisky y observé el líquido ámbar girar dentro del vaso antes de beber. El ardor descendió lentamente por mi garganta, ayudándome a ordenar mis pensamientos.
Cerré los ojos apenas un instante.
Y entonces apareció ella otra vez.
*Addison.*
Su mirada volvió a instalarse en mi mente sin permiso. Había algo en esos ojos que seguía perturbándome. Dolor… quizá miedo… tal vez esperanza. No lograba definirlo, pero sí sabía que me había afectado mucho más de lo que quería aceptar.
Apreté el vaso con fuerza.
—No te distraigas —murmuré para mí mismo—. Estás más cerca que nunca de destruirlas… y de ayudar al señor Mauro. No olvides por qué regresaste.
Era casi como recordarle órdenes a un soldado antes de entrar al campo de batalla.
A la mañana siguiente, los documentos llegaron puntualmente.
Pasé horas encerrado en la sala de juntas de la suite revisando cada página con atención absoluta. Las cifras eran devastadoras. Deudas acumuladas. Intereses imposibles. Embargos pendientes. La familia Ferreira estaba completamente hundida.
Y aun así, la satisfacción que esperaba sentir no llegó del todo.
Sonreí apenas, pero incluso esa sonrisa se sintió amarga.
No había marcha atrás. Si quería que mi plan funcionara, tenía que mover cada pieza con precisión quirúrgica. Un solo error podía arruinarlo todo.
Encendí la pantalla para la videollamada con mis socios.
La reunión avanzó como cualquier otra: inversiones, estrategias, cifras y decisiones empresariales. Pero en cuanto los demás abandonaron la llamada y solo quedamos Emmanuel, Antonio y yo, supe exactamente hacia dónde se dirigiría la conversación.
Emmanuel apoyó el codo sobre la mesa y sonrió con diversión.
—Ya la viste, ¿no? —preguntó con evidente burla—. Sigue siendo tan hermosa como en esa fotografía que guardas como si fuera un tesoro. Aunque todavía no entiendo cuál de las dos es realmente.
Mi cuerpo se tensó de inmediato.
Esa fotografía.
Ese recuerdo maldito que nunca pude tirar.
La imagen había sido tomada años atrás en un parque. Durante mucho tiempo creí que la chica a mi lado era Ashley. Pero la verdad era otra: era Addison.
Una confusión cuidadosamente construida. Otra mentira más.
Con el tiempo aprendí a notar las diferencias entre ellas. A simple vista parecían idénticas, pero no lo eran. Ashley siempre necesitaba llamar la atención, brillar, ser admirada. Addison, en cambio, era sencilla. Tranquila. Casi invisible al lado de su hermana.
Y aun así, fui demasiado estúpido para verlo antes.
Las señales siempre estuvieron ahí.
Simplemente nunca quise mirarlas.
La risa de Emmanuel me devolvió al presente. Él sabía perfectamente quién era la chica de la fotografía. Sabía demasiado.
Pero no respondí.
Solté un suspiro seco y terminé la llamada sin despedirme. No tenía paciencia para seguir escuchándolo.
Fui a cambiarme sabiendo exactamente cuál sería mi siguiente movimiento. Había investigado a Addison antes incluso de regresar a la ciudad. Conocía sus horarios, su rutina, cada paso que daba. Y sabía perfectamente a qué hora volvería de su práctica médica.
Por eso regresé a la mansión esa misma tarde.
Esta vez no hubo cenas ni falsas cordialidades. El ambiente estaba cargado de una tensión sofocante, como si las paredes supieran que algo irreversible estaba a punto de ocurrir.
La encontré en la biblioteca.
Estaba rodeada de libros de medicina y hojas desordenadas. Su postura seguía siendo recta y serena, pero el agotamiento en sus ojos era imposible de ocultar.
En cuanto me vio entrar, se tensó.
—Quiero hablar contigo —dije sin rodeos.
Ella cerró lentamente el libro que sostenía y me observó con cautela.
—Eso dijiste anoche. ¿Qué sucede?
No respondí enseguida.
Saqué un sobre y lo dejé sobre la mesa frente a ella. Después esperé en silencio mientras lo abría.
Vi cómo sus ojos recorrían cada documento, cada cifra, cada deuda. Poco a poco el color abandonó su rostro.
—Esto… no puede ser verdad… —susurró con la voz quebrada.
—Es la realidad que tienen enfrente —respondí con absoluta calma—. Y la única manera de salvar a tu familia es aceptar mi propuesta.
Ella levantó la vista hacia mí. Confusión, angustia y desesperación se mezclaban en su expresión.
—¿Qué propuesta?
Me incliné ligeramente hacia adelante, asegurándome de que cada palabra quedara grabada en su memoria.
—Te convertirás en mi esposa. A cambio, yo salvaré a tu familia.
Sus labios se entreabrieron por la sorpresa.
—No… no puedes hablar en serio…
El silencio que siguió fue insoportable. Solo podía escucharse su respiración agitada.
—Hablo completamente en serio, Addison. Tienes dos opciones. Aceptas casarte conmigo y tu familia se salva… o rechazas mi oferta y en menos de tres meses lo perderán absolutamente todo. La decisión es tuya.
—Tienes hasta mañana… Ya conoces la situación de tu familia. Necesito una respuesta rápida. No hay tiempo que perder.
Ella tragó saliva y apretó los puños intentando mantenerse firme.
—¿Y si me niego?
—Entonces me iré. Y toda la ayuda que ya ofrecí desaparecerá conmigo —respondí sin vacilar—. Tu familia quedará sola frente a sus deudas y terminarán arruinados. Seamos honestos, Addison… aceptarás. No dejarás que tu padre termine en la calle.
El dolor que apareció en sus ojos atravesó algo dentro de mí, pero me obligué a ignorarlo.
—¿Por qué no ayudas simplemente a mi padre? —preguntó con voz temblorosa, aunque intentando mantenerse fuerte—. Él estuvo para ti cuando eras huérfano. ¿Por qué no devolverle ese favor sin pedir nada a cambio? Yo no necesito tu dinero. Estoy por terminar mi residencia. Cuando me gradúe podré trabajar y ayudarlo yo misma. Solo necesito tiempo. Este es mi último año. ¿No puedes ayudarlo hasta entonces?
La observé fijamente antes de dejar escapar una sonrisa amarga.
—¿De verdad crees que tienen tanto tiempo?
Ella guardó silencio.
—En tres meses lo perderán absolutamente todo. ¿De verdad dejarías que eso ocurriera?
Lo que Addison ignoraba era que aquellas cifras ya no eran del todo reales. La hipoteca estaba pagada, los acreedores pagos, hasta los intereses estaban en cero, literalmente estaban sin ninguna deuda pendiente. Pero necesitaba que creyera que aún estaban al borde del abismo. Era la única forma de obligarla a aceptar.
Ella no respondió. Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas contenidas.
Me puse de pie lentamente y recogí los documentos del escritorio. Los sostuve entre mis dedos durante unos segundos, observándolos como si fueran una sentencia definitiva. Después los acomodé nuevamente dentro del sobre.
Caminé hacia la puerta y me detuve antes de salir.
—Pensándolo mejor… quédate con ellos.
Dejé el sobre sobre la mesa con deliberada lentitud, como quien deja una bomba a punto de explotar.
Giré apenas el rostro hacia ella.
—Ya conoces mi propuesta. Tienes hasta mañana para decidir. Te espero en la empresa de tu padre, ahí estaré hasta que tomes la decisión.
Y sin agregar nada más, abandoné la biblioteca, dejando atrás un silencio tan pesado que parecía capaz de romperse por sí solo.