Desde el punto de vista de Arturo El aire helado de la madrugada me golpeó el rostro apenas crucé la puerta del bar. La realidad cayó sobre mí con una brutalidad insoportable. Apenas podía mantener el equilibrio. La cabeza me latía con fuerza, el estómago se revolvía por el exceso de alcohol y cada paso parecía más inestable que el anterior. No podía conducir. Lo sabía perfectamente. En el estado en que me encontraba, subirme a un auto sería una sentencia de muerte. Y por más rabia, decepción y dolor que me estuvieran destrozando por dentro, no quería terminar así. Saqué el teléfono del bolsillo con dedos torpes y entumecidos, intentando pedir un taxi. La pantalla se movía frente a mis ojos borrosos, imposible de enfocar. Pero antes de que pudiera hacer algo, un automóvil amarillo fren

