Capítulo 5

1532 Words
Desde el punto de vista de Addison El eco de las palabras de Arturo continuaba golpeando mi mente sin descanso, como el sonido persistente de una campana imposible de silenciar. “Bienvenida a mi mundo.” Una frase sencilla, corta… y al mismo tiempo cruel. Había firmado aquel contrato con mi propia mano, consciente de cada trazo que dejaba sobre el papel. Y aun así, se sentía como si alguien hubiera cerrado un grillete helado alrededor de mi cuello. La tinta apenas se había empezado a secar y ya pesaba sobre mí como una condena imposible de ignorar. Ya no existía vuelta atrás. Después de la firma, Arturo se instaló de forma definitiva en la mansión. Mi padre parecía más feliz de lo que lo había visto en mucho tiempo. Estaba convencido de que la llegada de Arturo significaba un nuevo comienzo para la familia y, en cierta forma, tenía razón. La mansión, que semanas atrás parecía un lugar vacío y silencioso, comenzó a recuperar lentamente la vida. Las cortinas volvieron a abrirse cada mañana dejando entrar la luz del sol, el aroma del pan recién horneado se extendía por los pasillos y las voces de los nuevos empleados devolvían movimiento a una casa que había permanecido apagada durante demasiado tiempo. Arturo reorganizó absolutamente todo. Contrató nuevo personal, restauró áreas descuidadas y hasta llevó una enfermera privada exclusiva para atender a mi padre. Cada detalle parecía cuidadosamente pensado. Calculado. Medido. Mi padre veía esperanza. Yo veía cómo la jaula empezaba a cerrarse poco a poco a mí alrededor. Lo más doloroso era observar la ilusión en sus ojos cada vez que hablaba de nuestra supuesta relación. Él creía sinceramente que Arturo había regresado por amor. Pensaba que los años separados solo habían fortalecido un vínculo que nunca desapareció. Que Arturo tuvo la excusa perfecta para volver y oficializar la relación cuando mi padre lo llamó para que tomara el mando de la empresa. Porqué sí, mi padre estaba consciente de que la empresa no estaba en su mejor momento, pero lo que no sabía era que en realidad la empresa ya no le pertenecía, le pertenecía a aquellos a quienes les debía, pero en su falta de información había llamado al único que lo podía ayudar, y si, lo ayudó, recuperó la empresa, pero el precio lo estaba pagando yo. Incluso una tarde, entre risas débiles pero sinceras, llegó a decir que esperaba convertirse pronto en abuelo. Yo sonreí. Sonreí mientras sentía la culpa arder dentro de mí como fuego. Si tan solo supiera la verdad… Si supiera que para Arturo yo no era más que una pieza dentro de su juego. Un trofeo. Una forma de venganza cuidadosamente elegida. Cada vez que mi padre pronunciaba su nombre con gratitud, sentía que la mentira se hacía más grande entre nosotros, extendiéndose como una sombra imposible de detener. Los días comenzaron a pasar con una velocidad sofocante. Todo giraba alrededor de la boda. Preparativos. Llamadas. Decisiones que no me pertenecían. La ceremonia sería privada y discreta, exactamente como Arturo había decidido. Nada extravagante, nada innecesario. Pero incluso en algo tan pequeño, él controlaba cada detalle con una precisión casi enfermiza. Nada escapaba de sus manos. Cada correo era revisado por él. Cada llamada organizada según sus tiempos. Cada decisión pasaba primero por su aprobación. Y yo apenas podía respirar dentro de todo aquello. Una noche me pidió que fuera a su estudio. La puerta estaba entreabierta y la luz cálida de la lámpara iluminaba el escritorio cubierto de documentos. El olor a cuero y tinta llenaba el ambiente, dándole a la habitación un aire elegante y sofocante al mismo tiempo. Cuando entré, Arturo ni siquiera levantó la vista de los papeles. —El diseñador vendrá mañana para hacer los últimos ajustes de tu vestido —anunció con tranquilidad. Me quedé quieta cerca de la puerta, todavía con la mano apoyada sobre el marco. Sentí un pequeño nudo formarse en mi estómago. —Podría haber elegido el vestido yo misma —respondí intentando sonar tranquila, aunque por dentro la frustración comenzaba a hervir. Arturo levantó al fin la mirada hacia mí. No había interés en sus ojos. Solo esa autoridad fría e inquebrantable que parecía envolver todo lo que hacía. —Claro que podrías —contestó con calma—. Pero quiero que todo salga perfecto. No pienso permitir errores. Sus palabras cayeron sobre mí como cadenas invisibles. No era una sugerencia. Era una orden disfrazada de cortesía. Sentí cómo la rabia ardía silenciosamente dentro de mi pecho. Poco a poco me estaba convirtiendo en otra pieza más de su mundo perfectamente organizado. Algo que debía encajar exactamente donde él quería. Tuve ganas de discutir. De gritarle que aquella boda también involucraba mi vida. Pero me mordí la lengua. Pelear por un vestido era insignificante comparado con todo lo demás. Y, aun así, dolía. Porque cada conversación con Arturo era un recordatorio de que, aunque yo hubiera aceptado el matrimonio, las reglas siempre las impondría él. La noche anterior a la boda apenas pude dormir. Estaba sentada sobre la orilla de la cama observando mi reflejo en la ventana. La luz plateada de la luna iluminaba tenuemente la habitación y mi imagen se veía borrosa contra el cristal. Llevaba puesta una prenda ligera, pero el peso que sentía en el pecho era insoportable. Miedo. Resignación. Tristeza. Y una extraña nostalgia por algo que jamás llegué a tener realmente. Todo se mezclaba dentro de mí hasta confundirme. Cada latido parecía recordarme el camino del que ya no podía escapar. Un suave golpe en la puerta me sobresaltó. —Adelante —murmuré pensando que se trataba de alguna empleada. Pero no era una empleada. Cuando giré el rostro, lo vi allí. Arturo permanecía apoyado contra el marco de la puerta, con los brazos cruzados y esa presencia imponente que llenaba la habitación entera. Llevaba una camisa blanca con las mangas arremangadas y un pantalón oscuro que resaltaba aún más la dureza de su expresión. Su sombra se extendía sobre el suelo como si quisiera alcanzarme. —¿Lista para mañana? —preguntó con voz baja. Como si realmente le importara la respuesta. Le sostuve la mirada intentando mantener la calma. —Tan lista como alguien puede estarlo para algo así —respondí. Había un leve desafío en mi voz. Pequeño. Frágil. Pero existía. Arturo comenzó a acercarse lentamente hasta detenerse frente a mí. El aire entre nosotros se volvió más pesado. Podía sentir el calor de su cuerpo, la tensión silenciosa que siempre parecía existir cuando estábamos cerca. Era como si algo invisible nos empujara el uno hacia el otro… y al mismo tiempo nos obligara a alejarnos. Durante unos segundos ninguno habló. —A partir de mañana serás la señora Valdez —dijo al fin, con cada palabra cargada de dominio—. Eso significa que estarás bajo mi protección… pero también bajo mis reglas. No quiero escándalos ni rebeldías innecesarias. Sentí un nudo doloroso formarse en mi garganta. —No soy una prisionera, Arturo —susurré reuniendo el poco valor que me quedaba. Él sonrió apenas de lado. Pero aquella sonrisa no tenía humor alguno. —No, Addison. Pero tampoco eres libre. Y mientras antes lo entiendas, menos difícil será para ti. Después se dio media vuelta y salió de la habitación, dejándome sola con el corazón golpeando con fuerza descontrolada dentro del pecho. Me sentí exactamente como una mariposa atrapada dentro de un frasco. Condenada a agitar las alas hasta cansarse, aun sabiendo que jamás podría escapar. Cerré los ojos por un instante y traté de imaginarme huyendo, rompiendo aquel frasco antes de que terminara de asfixiarme. Pero no existía salida. Yo misma había cerrado la tapa. El día de la boda llegó demasiado rápido. Todo ocurrió exactamente como Arturo lo había planeado. Un juez. Pocos testigos. Algunos amigos cercanos. Nada extravagante. Solo lo estrictamente necesario para convertir aquello en algo oficial. Cuando pronuncié mi “ACEPTO”, mi propia voz sonó extraña en mis oídos. Distante. Como si perteneciera a otra persona. Mis labios dijeron una palabra que mi corazón era incapaz de sentir. Arturo tomó mi mano con firmeza y deslizó el anillo en mi dedo lentamente. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Sentí el peso invisible de aquel gesto instalándose sobre mí. Mi nombre ya no me pertenecía del todo. Mi identidad comenzaba a mezclarse con la suya hasta volverse irreconocible. El frío del anillo contra mi piel se sintió como un sello definitivo. Mientras los testigos firmaban los documentos, observé a Arturo de reojo. Su expresión permanecía serena. Satisfecha. Para él aquello probablemente era solo otro acuerdo más. Otro contrato cerrado con éxito dentro de su interminable lista de negocios y victorias. Para mí… era la firma silenciosa de mi propia condena. Sentí que el aire comenzaba a faltarme. Y aun así sonreí. Porque eso era exactamente lo que se esperaba de mí. La tinta todavía estaba fresca sobre el papel, pero mi destino ya había quedado marcado. Y mientras escuchaba el sonido de la pluma del juez deslizándose sobre los documentos, comprendí algo con dolorosa claridad: la mariposa dentro del frasco al fin había dejado de luchar.
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