Cassie firmó el alta lo más rápido que pudo, su única intención era salir de aquel lugar lo antes posible. Había insistido a la doctora que no dijera nada, que mantuviera el incidente en secreto. —No tiene que pedírmelo, señora. Está bien —dijo la doctora con una mirada comprensiva, notando la inquietud en Cassie. Mientras avanzaba apresurada por el pasillo del hospital, con las manos temblorosas y el corazón acelerado, se detuvo en seco. Ahí estaba Ray. Su presencia le golpeó como un muro. Su mirada, tan cálida y preocupada, era casi insoportable. Cassie sintió que el corazón le martilleaba en el pecho, pero no de amor, sino de puro pánico. «Raymund… Si supieras la verdad… Si supieras lo que fui… Una prostituta…» Cassie apartó la mirada mientras su mente la llenaba de reproches.

