Anastasia se reunió con Abel en una pequeña cafetería que olía a café recién molido y pan dulce. Aunque el ambiente era acogedor, la tensión en el aire entre ellos era palpable. Anastasia removía distraídamente el azúcar en su taza, mientras Abel permanecía en silencio, con la mirada perdida en la ventana. —¿Cómo sigue Igor? —preguntó Anastasia finalmente, rompiendo el incómodo silencio. Abel suspiró y apartó la mirada del vidrio empañado. —Está mejor, madre. Me pidió que fuera a verlo. —Su tono era neutral, casi distante, pero sus ojos escondían un torbellino de pensamientos. Anastasia notó esa mirada. Era la misma que había visto tantas veces en él cuando algo lo atormentaba. —¿Vas a ir? —preguntó con cautela. Abel apretó los labios y asintió lentamente. —Sí… Iré a verlo. Anast

