—¡Maldita sea! ¡Eres tan tonta! ¡Ayúdame a levantarme! El grito de Raymundo resonó en la habitación como un látigo, cortando el aire y la confianza de Cassandra al mismo tiempo. Ella se apresuró a ayudarlo, sus manos temblorosas, buscando sostenerlo con cuidado, pero su nerviosismo no pasó desapercibido. Ray se dejó caer de nuevo sobre la cama con un gesto de frustración. Observó el rostro de su esposa, pálido y lleno de miedo. Algo en esa mirada lo irritaba aún más, como si reflejara su propia impotencia. —Espera, esposa —dijo con una sonrisa burlona que destilaba veneno—. ¿No es tu deber ayudarme a cambiarme? ¿O eso también se te olvida? Cassandra tragó saliva, sintiendo un nudo en la garganta. Quiso protestar, pero no lo hizo. En lugar de eso, asintió en silencio y se acercó c

