Cassie ajustó la posición de Raymund en su silla de ruedas mientras este la miraba con impaciencia. —¿Qué esperas, mujer? Llévame a la mesa de los novios. ¿Acaso piensas que bailaremos? —dijo con una sonrisa sardónica que cortó el aire como un cuchillo. Ella apretó los labios y empujó la silla, ignorando los murmullos de los invitados. La multitud los observaba con mezcla de curiosidad y lástima. Algunos se acercaron a felicitarlos, pero Cassie sentía que cada palabra era un falso gesto de cortesía. Raymund, en cambio, los miraba como si estuviera sentado en un trono, sus ojos fríos escudriñando cada rostro con indiferencia. No era un hombre que se doblegara ante su condición, pero tampoco intentaba ganarse la simpatía de nadie. Cuando la fiesta comenzaba a languidecer, Ray exigió ma

