Anastasia tomó suavemente la mano de su hija y la condujo por los pasillos de la mansión. Cada rincón resplandecía con lujo y elegancia, pero lo único que importaba en ese momento era el latido acelerado de su corazón. Había esperado toda su vida para este momento, para finalmente poder abrazar a su niña, para darle todo lo que le arrebataron. Cuando llegaron a la habitación, Anastasia abrió la puerta con una sonrisa ilusionada. —Bienvenida a casa, hija. Vania cruzó el umbral y sintió cómo el aliento se le quedaba atrapado en la garganta. La habitación era enorme, decorada con los tonos más cálidos y muebles que parecían sacados de un cuento de hadas. Una inmensa cama con dosel ocupaba el centro, rodeada de espejos dorados y cortinas de seda. En un rincón, una mesa de estudio co

