Cassandra sintió que el aire le faltaba, como si se estuviera asfixiando, atrapándola en un abismo del que no podía escapar. Las palabras se agolpaban en su garganta, desesperadas por salir, pero se sentían como cuchillas que la desgarraban por dentro. Frente a ella, la furia en los ojos de Raymund era un incendio incontrolable. Sus manos estaban crispadas, su mandíbula tensa. —¡Raymund, yo te amo! —gritó, su voz quebrándose en un sollozo desgarrador. El silencio que siguió fue peor que cualquier grito. Raymund la observó con una intensidad que la hizo temblar. No había odio en su mirada, pero sí una herida profunda, ella temió lo peor, ahora pensar en perderlo dolía demasiado. Cassandra sintió cómo su pecho se encogía ante la posibilidad de perderlo. Raymund se acercó a ella le

