Alberto condujo hasta el hospital con el corazón en un puño. El auto avanzaba a toda velocidad, pero para él, cada segundo era una tortura insoportable. A su lado, Cassandra apenas podía mantenerse consciente, aferrándose a su vientre con desesperación. Su rostro estaba empapado en sudor, y el miedo brillaba en sus ojos como un grito silencioso. —¡Resiste, hija, ya casi llegamos! —suplicó Alberto, con las manos aferradas al volante, rogando porque no fuera demasiado tarde. En cuanto llegaron, un equipo médico corrió a atenderla. La joven fue trasladada de inmediato a la sala de urgencias, desapareciendo tras las puertas blancas mientras su padre se quedaba allí, solo, impotente. Cassandra, tumbada en la camilla, luchaba contra el pánico. Su respiración era errática, su cuerpo te

