Al día siguiente Raymund abrió los ojos lentamente, sintiendo su cuerpo pesado, como si una niebla espesa envolviera su mente. Los medicamentos que le administraban para prepararlo para la cirugía lo sumían en un estado de letargo insoportable. Intentó moverse, pero cada músculo de su cuerpo parecía resistirse. Su garganta estaba seca, su cabeza le daba vueltas, pero, aun así, en medio de aquel sopor, su mente solo pudo aferrarse a un solo pensamiento. —Cassie… —murmuró con la voz rota. A su lado, Alberto, su asistente de confianza, se acercó de inmediato al escucharlo. —Señor Rosenberg… —dijo con cautela—. Su esposa no ha venido… ¿Quiere que la busque? Raymund frunció el ceño, intentando disipar la confusión de su mente. —Pero… ella iba a venir… —su voz se quebró con la angusti

