Cassandra salió de la habitación con pasos pesados, sintiendo que el aire a su alrededor era más denso de lo normal. Sus manos temblaban levemente cuando firmó los papeles. Su mirada se posó en las letras que confirmaban lo inevitable: en unas horas, le entregarían el cuerpo de su padre. Su padre. Una palabra que ahora le pesaba como una piedra en el pecho. Respiró hondo, pero la opresión en su garganta no cedió. Quiso mantenerse firme, pero la verdad era que se sentía rota. Perdida. Al salir, un rostro familiar la recibió. —Cuñada… lo siento mucho. La voz de Abel era suave, casi temerosa, como si supiera que cualquier palabra podría hacerla quebrarse por completo. Sin dudarlo, él la rodeó con sus brazos, ofreciéndole un consuelo silencioso que Cassandra no sabía cuánto necesita

