Cassandra entró a la habitación en penumbras, el aire era pesado, impregnado con el olor frío y estéril del hospital. Sus pasos resonaron en el suelo de linóleo, y por un momento deseó que aquel silencio sepulcral se rompiera con la voz de su padre llamándola como solía hacerlo. Pero no hubo nada… solo el eco de su propio dolor. Allí, sobre la camilla, su padre yacía inmóvil, cubierto con una sábana blanca que parecía pesarle como una losa. Su corazón se encogió. Se acercó con pasos temblorosos y, con manos frías, retiró apenas la tela hasta descubrir su rostro. Sus labios se separaron en un sollozo mudo, y las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas. —Papito… —su voz se quebró mientras apoyaba la frente contra el brazo rígido de su padre—. Por favor, despierta… ¡Te necesito!

