El silencio de la madrugada en la mansión Vieri era absoluto, roto únicamente por el suave golpeteo de la lluvia contra los ventanales de la planta alta. Sin embargo, en la suite de Yaneth, el aire se sentía cargado y denso.
Eran las tres de la mañana cuando el dolor la despertó. No era un dolor agudo, sino una presión sorda y fría en el vientre que la hizo incorporarse de golpe, con la piel empapada en un sudor gélido. Intentó alcanzar el vaso de agua en la mesita de noche, pero un mareo violento la obligó a retroceder. Su cuerpo, debilitado por semanas de estrés y desnutrición, parecía estar rindiéndose finalmente ante la exigencia de la vida que crecía en su interior.
—No... ahora no —susurró Yaneth, sintiendo que el mundo giraba fuera de control.
Trató de levantarse para llegar al botón de asistencia, pero sus piernas fallaron. Cayó al suelo con un golpe seco que resonó en el silencio de la habitación. El dolor se intensificó y el pánico, ese viejo enemigo, la atenazó. Estaba sola en la oscuridad.
O eso creía.
La puerta se abrió de par en par. Thiago no había necesitado la señal; su instinto, agudizado por años de peligro constante, lo había mantenido alerta desde que escuchó el primer quejido a través de las paredes conectadas. Entró en la habitación vistiendo solo un pantalón de pijama oscuro, con el torso desnudo y la respiración contenida.
Al ver a Yaneth ovillada en la alfombra, tan pequeña y pálida bajo la luz de la luna, el corazón de Thiago dio un vuelco violento.
—¡Yaneth! —Su voz, usualmente un comando de acero, sonó quebrada por una urgencia que él mismo no reconoció.
Se arrodilló a su lado y la rodeó con sus brazos. Al levantarla, se estremeció al sentir lo ligera que era; pesaba poco más que un suspiro. Su piel ardía de fiebre, pero ella temblaba como si estuviera atrapada en una tormenta de nieve.
—Tengo miedo, Thiago... el bebé... —sollozó ella, hundiendo el rostro en el hueco de su cuello.
—Shh. Estoy aquí. No voy a dejar que pase nada —respondió él.
Thiago la cargó y la llevó de vuelta a la cama, pero no la soltó de inmediato. Se sentó en el borde del colchón, manteniéndola contra su pecho mientras gritaba órdenes al personal por el intercomunicador para que trajeran al médico de inmediato.
Mientras esperaban, el tiempo pareció detenerse. Thiago la sostenía con una delicadeza extrema, como si fuera una pieza de cristal antiguo que pudiera estallar en mil pedazos con solo un movimiento brusco. Sus manos, acostumbradas a empuñar armas y firmar sentencias de muerte, ahora se movían con una ternura torpe, apartando los mechones de cabello húmedo de la frente de Yaneth.
Fue en ese momento cuando Thiago sintió ese tirón extraño en el centro de su pecho.
Al sentir el cuerpo de Yaneth temblando contra su piel desnuda, al percibir su aroma a lavanda mezclado con el sudor de la fiebre, algo en el muro de hielo que rodeaba su corazón comenzó a agrietarse. La veía tan frágil, tan increíblemente delicada, que sintió un instinto de protección que iba mucho más allá de cualquier contrato o apellido. No era propiedad; era algo más profundo, algo que lo hacía querer esconderla del resto del mundo para que nada volviera a rozarla siquiera.
"¿Qué me está pasando?", pensó él, apretando la mandíbula mientras sentía el calor de ella filtrándose en sus propios músculos. Él era el Lobo, el hombre que no sentía, el que solo calculaba. Pero allí, en la penumbra de la noche, sosteniendo a esa mujer herida por otro hombre, Thiago se sintió peligrosamente humano.
El médico llegó minutos después, pero Thiago no se alejó. Se mantuvo al lado de la cama, observando cada movimiento del doctor con ojos de halcón, su presencia llenando la habitación con una tensión eléctrica.
—Es una crisis por agotamiento y deshidratación, Señor Vieri —explicó el médico tras administrarle un suero—. Su sistema nervioso está colapsado. Necesita descanso absoluto y, sobre todo, sentirse segura. El bebé está bien, pero ella es quien está al límite.
Cuando el médico se retiró y la medicación empezó a hacer efecto, Yaneth comenzó a relajarse. Su respiración se volvió más lenta y profunda, pero incluso en la inconsciencia del sueño, sus manos buscaron algo a qué aferrarse.
Sus dedos se cerraron con fuerza sobre la camisa de seda negra que Thiago se había puesto apresuradamente cuando llegó el doctor. Se aferró a la tela como si fuera un ancla en medio de un mar embravecido.
Thiago se quedó allí, sentado en la penumbra, permitiendo que ella se anclara a él. No se movió durante horas. Observó cómo el pecho de Yaneth subía y bajaba rítmicamente. Verla así, tan indefensa y dependiente de él, le provocó una opresión en la garganta. Por primera vez en su vida, el poder que ostentaba no se sentía suficiente; quería tener el poder de borrarle los recuerdos, de sanar las heridas que no se veían.
Se inclinó y, con una suavidad que lo asustó a sí mismo, depositó un beso casi imperceptible en su sien.
—Duerme, pequeña —susurró en la oscuridad—. Nadie va a volver a romperte. Te lo juro por mi propia sangre.
Yaneth, en sueños, soltó un suspiro de alivio y se pegó más a él, aferrada a su camisa con una confianza ciega. Thiago cerró los ojos, aceptando por fin que el contrato se había convertido en algo personal. El Lobo ya no solo protegía su territorio; estaba empezando a amar a su habitante más dulce, y esa era la debilidad más peligrosa —y hermosa— que jamás había conocido.