Capitulo 15

1406 Words
El amanecer se filtró por las pesadas cortinas de seda, pintando la habitación con hilos de oro y gris. Yaneth comenzó a emerger del sueño profundo inducido por los medicamentos, sintiendo una calidez envolvente que no recordaba haber experimentado jamás. No era el frío vacío de su antigua cama, ni la soledad punzante de los últimos meses. Era algo sólido, firme y extrañamente reconfortante. Al abrir los ojos con pesadez, lo primero que vio no fue el techo de la mansión, sino el tejido de una camisa oscura, arrugada por sus propias manos que aún se aferraban a ella como si fuera un salvavidas. Subió la vista lentamente y su aliento se detuvo. Thiago estaba allí. Se había quedado dormido sentado en el borde de la cama, con la espalda apoyada en el cabezal, manteniéndola protegida entre sus brazos. En el reposo del sueño, la expresión del Lobo había perdido esa dureza implacable. Su barba bien marcada se veía sombreada por la luz matinal y sus pestañas oscuras descansaban sobre sus pómulos fuertes. Era una belleza brutal, masculina y abrumadora. Yaneth, impulsada por una curiosidad que nacía desde lo más profundo de su ser, se quedó observándolo. La cercanía era tal que podía sentir el calor irradiando de su pecho y el aroma a madera, tabaco caro y algo puramente suyo que la mareaba de una forma nueva. De repente, una chispa de atrevimiento, quizás alimentada por la bruma de la medicina o por esa conexión eléctrica de la noche anterior, la hizo inclinarse. Fue un impulso ciego. Apenas un roce. Sus labios apenas rozaron los de él, una caricia de pétalo de rosa que duró apenas un segundo. En ese instante, una descarga de calor líquido recorrió su espina dorsal, instalándose en su intimidad con una intensidad que la hizo jadear. Un espasmo de deseo, crudo y desconocido, la golpeó con tanta fuerza que sintió un cosquilleo eléctrico entre sus piernas. "No, por Dios, ¿qué estoy haciendo?", pensó Yaneth, entrando en pánico interno. "Son las hormonas. Tiene que ser eso. El embarazo me está volviendo loca. No puedo desear a este hombre, es un extraño, es el Lobo... no puedo sentir esto". Justo cuando intentaba alejarse, Thiago abrió los ojos. Sus ojos claros se enfocaron de inmediato, pasando del vacío del sueño a una intensidad depredadora en menos de un segundo. Al verla tan cerca, casi sobre él, su mirada se oscureció, volviéndose profunda y turbia. Thiago no se movió, pero su respiración se volvió pesada, llenando el espacio entre sus rostros. Yaneth, asustada por haber sido descubierta y abrumada por la intensidad de lo que acababa de sentir en su propio cuerpo, se echó hacia atrás bruscamente. El susto, sumado a la fragilidad emocional del embarazo y al recuerdo del dolor de la noche anterior, rompió el último dique de su resistencia. De repente, empezó a llorar. No fue un llanto suave; fueron sollozos convulsos, de esos que nacen de un pecho que ya no puede cargar con más secretos ni más miedos. —¡Lo siento! ¡Lo siento mucho! —exclamó ella, cubriéndose la cara con las manos, hundiéndose de nuevo en las almohadas—. No quería despertarte... yo... yo no sé qué me pasa... Thiago, que se había despertado listo para cualquier amenaza, se encontró con una mujer rota por la sensibilidad. Se incorporó por completo, sus hombros anchos llenando su campo de visión. Verla llorar de esa manera le provocó una punzada de incomodidad en el pecho, un sentimiento que no sabía gestionar pero que lo obligaba a actuar. —Yaneth, mírame —dijo él, su voz era un murmullo bajo y cálido, como el terciopelo rozando la piel. Él extendió sus manos grandes y rodeó sus muñecas, apartándolas suavemente de su rostro. Yaneth lo miró con los ojos enrojecidos y las mejillas empapadas, hipando como una niña pequeña. —Todo está bien —continuó Thiago, manteniendo su agarre firme pero delicado—. No ha pasado nada. Estás a salvo. El médico dijo que estarías sensible, es normal. No tienes que pedir perdón por nada en esta habitación. Con una paciencia que él mismo no sabía que poseía, Thiago usó sus pulgares para secar las lágrimas de Yaneth. Se quedó allí, sosteniéndola, hasta que el llanto se convirtió en pequeños suspiros entrecortados. La habitación volvió a quedar en silencio, pero ya no era un silencio gélido, sino uno cargado de una intimidad nueva y extraña. —Ya pasó —susurró él, su rostro a pocos centímetros del de ella—. Ahora, necesito que comas. El médico fue muy claro. Tienes que recuperar fuerzas. Yaneth asintió, sintiéndose un poco tonta pero reconfortada por la presencia sólida de ese hombre. Se sentó un poco más derecha en la cama, intentando recuperar la compostura, aunque el rastro del deseo de hace unos minutos seguía vibrando en su sangre como un secreto prohibido. —¿Qué quieres de desayuno? —preguntó Thiago, observándola con una atención que la hacía sonrojar—. Pide lo que sea. He despertado al chef hace una hora, está esperando tus órdenes. Yaneth dudó. Sintió que un antojo repentino y absurdo se apoderaba de su paladar, algo que no tenía sentido pero que su cuerpo reclamaba a gritos. Se mordió el labio inferior, sintiendo cómo el calor subía a sus mejillas. —Es... es algo raro —susurró ella, sin atreverse a mirarlo. —Dime. —Quiero... quiero tostadas con chocolate derretido, pero... con rodajas de pepinillos encima —soltó ella de golpe, cerrando los ojos por la vergüenza—. Y un poco de sal. El silencio que siguió fue absoluto. Yaneth esperaba que Thiago se burlara, o que pusiera esa cara de asco que Fabián siempre ponía cuando ella tenía gustos "extraños". Sin embargo, lo que escuchó fue un sonido bajo, vibrante. Abrió los ojos y se quedó de piedra. Thiago se estaba riendo. No era una carcajada ruidosa, sino una risa contenida, un sonido profundo que parecía nacer desde el fondo de su garganta. Y entonces, ocurrió el milagro: él sonrió. Fue una sonrisa verdadera, que iluminó sus ojos claros y suavizó las líneas duras de su rostro. Sus dientes blancos contrastaron con la barba oscura y, por un segundo, el Lobo desapareció para dejar ver al hombre. Era la sonrisa más hermosa que Yaneth había visto en toda su vida. —Tostadas con chocolate y pepinillos —repitió él, negando con la cabeza pero sin dejar de sonreír—. Definitivamente, ese niño va a tener un carácter interesante si tiene esos gustos. Yaneth se quedó hipnotizada por su expresión. El corazón le dio un vuelco, y esta vez supo que no eran solo las hormonas. Había algo en la calidez de esa sonrisa que estaba empezando a derretir sus defensas de una manera que la asustaba más que cualquier amenaza de la mafia. —¿Te estás burlando de mí? —preguntó ella, con una pequeña sonrisa tímida asomando en sus labios por primera vez en semanas. —Jamás —respondió él, poniéndose de pie con su elegancia habitual—. Haré que te lo traigan de inmediato. Y Yaneth... Él se detuvo en la puerta y la miró por encima del hombro. La sonrisa había desaparecido, pero sus ojos seguían manteniendo ese rastro de luz. —Pide todos los antojos raros que quieras. Me gusta verte sonreír más de lo que me gusta el orden en mi cocina. Cuando él salió, Yaneth se dejó caer hacia atrás en las almohadas, suspirando. Tenía el rostro encendido y el corazón latiendo a mil por hora. Se tocó los labios, recordando el roce impulsivo del despertar y la visión de Thiago sonriendo. "Estoy perdida", pensó con una mezcla de terror y felicidad. "Estoy casada con un hombre que no cree en el amor, pero que me cuida como si fuera su tesoro más preciado". En la cocina, Thiago dio la orden del desayuno más extraño que el chef hubiera preparado jamás, pero mientras lo hacía, él mismo se sorprendió al darse cuenta de que no podía dejar de pensar en el roce de los labios de Yaneth y en lo mucho que deseaba volver a verla sonreír. El Lobo estaba aprendiendo que había batallas que no se ganaban con poder, sino con la ternura necesaria para proteger la fragilidad de la mujer que, sin saberlo, estaba empezando a ser su mundo entero.
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