Capitulo 16

1431 Words
El sol de la media mañana bañaba los pasillos de la mansión, pero el ambiente dentro de la suite de Yaneth ya no se sentía como una celda, sino como un refugio. Tras el extraño pero satisfactorio desayuno de chocolate y pepinillos, ella se sentía con una energía que no había experimentado desde antes de la traición de Fabián. Sin embargo, había una inquietud que no la abandonaba: el vacío de sus manos. Yaneth siempre había sido una mujer que se expresaba a través del color. Antes de que Fabián la convenciera de que su arte era "un pasatiempo poco productivo" y de que su padre la viera solo como una pieza en su tablero de negocios, ella vivía entre lienzos y pinceles. Pero en su huida y su posterior colapso, había dejado atrás todo lo que la definía. Estaba sentada cerca del ventanal, mirando hacia los jardines perfectamente podados, cuando escuchó el paso firme de Thiago. Ya no necesitaba verlo para saber que era él; el aire mismo parecía cambiar de densidad cuando él se acercaba. —¿Te sientes con fuerzas para caminar? —preguntó Thiago desde la puerta. Él ya no vestía el pijama de la madrugada. Llevaba un pantalón de vestir n***o y una camisa de lino azul oscuro con las mangas dobladas hasta los codos, exponiendo sus antebrazos fuertes y la piel bronceada. Se veía imponente, pulcro y letalmente atractivo. —Creo que sí —respondió Yaneth, levantándose con cuidado—. ¿A dónde vamos? —He decidido que esta casa es demasiado silenciosa —dijo él, con esa voz profunda que le causaba un cosquilleo en la base de la nuca—. Y me han dicho que el silencio es el peor enemigo de una mente creativa. Sígueme. Thiago la guió por un ala de la mansión que ella aún no había explorado. Pasaron por delante de puertas de madera noble y cuadros antiguos hasta llegar a una doble puerta al final del pasillo. Thiago se detuvo, con la mano en el pomo, y la miró de reojo con sus ojos claros. —Entra —ordenó suavemente. Al abrirse las puertas, Yaneth se quedó sin aliento. Era una habitación circular, con techos de cristal que permitían que la luz natural inundara cada rincón. Pero no era la arquitectura lo que la dejó muda. El lugar había sido transformado en un estudio de arte profesional. Había caballetes de diferentes tamaños, mesas de dibujo de madera clara y estanterías repletas de óleos, acrílicos, pinceles de todas las formas posibles y lienzos en blanco de primera calidad. En una esquina, un pequeño sofá de cuero color canela y una mesa con una máquina de café y frutas frescas completaban el espacio. —Thiago... —susurró ella, entrando lentamente, como si tuviera miedo de que todo fuera un espejismo—. Esto es... es increíble. —Hice que trajeran los materiales esta mañana —dijo él, caminando detrás de ella. Su presencia era como una manta cálida cubriéndola—. Tu madre me mencionó que solías pasar horas pintando antes de que... bueno, antes de que las sombras te rodearan. No quiero que en esta casa solo seas "la esposa de Vieri". Quiero que seas tú. Yaneth se acercó a una de las mesas y acarició un juego de pinceles de pelo de marta. Eran caros, profesionales, exactamente los que ella siempre había soñado tener. Sintió que las lágrimas amenazaban con volver, pero esta vez eran lágrimas de una gratitud abrumadora. —Fabián decía que pintar era una pérdida de tiempo —dijo ella, con la voz quebrada—. Que una mujer de mi posición debía enfocarse en eventos sociales y en... en ser un adorno. Thiago soltó un gruñido bajo, un sonido casi animal que delataba su desprecio. Se acercó a ella, quedando tan cerca que Yaneth podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo. —Ese hombre no sabía distinguir un diamante de un trozo de vidrio —dijo Thiago, su voz vibrando con una intensidad que la hizo estremecer—. Aquí no eres un adorno, Yaneth. Eres la dueña de este imperio junto a mí. Y si pintar te devuelve la luz a los ojos, entonces pintar es la prioridad más absoluta de esta casa. Él le tomó la mano, la misma que había estado acariciando los pinceles, y la envolvió con la suya. La diferencia de tamaño era ridícula; su mano era capaz de ocultar la de ella por completo. —Quiero que llenes estas paredes de color —continuó él, bajando la cabeza hasta que su aliento cálido rozó la oreja de ella—. Quiero que este niño crezca viendo a su madre crear, no solo sobrevivir. ¿Me lo prometes? Yaneth asintió, incapaz de articular palabra. Se giró hacia él, quedando atrapada entre su cuerpo y la mesa de dibujo. La cercanía era embriagadora. Podía ver cada detalle de su barba bien marcada, la textura de su piel y la profundidad infinita de sus ojos claros, que en ese momento no se veían gélidos, sino protectores, casi hambrientos de su bienestar. El impulso del despertar volvió a golpearla. La tensión s****l entre ellos era como un cable de alta tensión a punto de romperse. Yaneth sintió de nuevo ese calor pulsante en su intimidad, esa respuesta instintiva de su cuerpo hacia el macho alfa que la reclamaba no con golpes, sino con cuidados. —¿Por qué haces todo esto? —preguntó ella en un susurro, buscando su mirada—. ¿Es parte del contrato? Thiago guardó silencio. Su mirada bajó a los labios de Yaneth, deteniéndose allí por un segundo que pareció una eternidad. El deseo era palpable, una neblina espesa que los envolvía a ambos. —Al principio lo era —admitió él, su voz volviéndose aún más ronca—. Pero ahora... ahora me doy cuenta de que prefiero verte frente a un lienzo que llorando en una esquina. Me he vuelto egoísta, Yaneth. Quiero tu luz para mí solo. Él extendió la mano y le acarició el cuello, subiendo hasta su mejilla. Su pulgar rozó la comisura de sus labios, y Yaneth cerró los ojos, inclinándose hacia su toque. El contraste entre la dureza del Lobo y la delicadeza de sus caricias era lo que más la estaba enamorando. —A veces olvido que eres mi esposa por un papel —susurró él, inclinándose un poco más—. A veces solo veo a una mujer que me está haciendo cuestionar todas mis reglas. En ese momento, el teléfono de Thiago vibró en su bolsillo, rompiendo el hechizo. Él soltó un suspiro de frustración, cerrando los ojos por un segundo antes de recuperar su máscara de frialdad profesional. Se alejó un paso, aunque sus ojos seguían fijos en ella. —Tengo que atender esto. Es sobre la liquidación de las empresas de tu padre... y sobre algunos "ajustes" que estoy haciendo en las propiedades de Valerón —dijo, y un brillo letal cruzó su mirada al mencionar al ex de Yaneth. —Thiago... no te ensucies las manos por mí —pidió ella, preocupada. Él sonrió, pero esta vez fue una sonrisa de depredador, una que no llegaba a los ojos pero que irradiaba un poder aterrador. —Mis manos ya están sucias, pequeña. Pero las tuyas... las tuyas van a estar llenas de pintura. Quédate aquí. Explora tu nuevo reino. El chef traerá un refrigerio en una hora. Cuando él salió del estudio, Yaneth se dejó caer en el sofá de cuero, con el corazón galopando. Miró a su alrededor: el estudio, los colores, la luz. Thiago le había devuelto su identidad. Le había regalado una habitación donde ser ella misma, lejos de las expectativas de los demás. Se acercó a un lienzo en blanco y, por primera vez en más de un año, tomó un carboncillo. Sus manos, que solían temblar de miedo, ahora estaban firmes. Empezó a trazar líneas, pero no pintó paisajes ni flores. Lo primero que dibujó en su nueva jaula de oro fue el perfil de un hombre. Una mandíbula fuerte, una barba marcada y unos ojos que prometían quemar el mundo entero solo para mantenerla a salvo. "No es un contrato", pensó Yaneth mientras sombreaba la mirada del Lobo. "Es una redención". Y mientras pintaba, sintió una pequeña patada en su vientre, casi imperceptible. Sonrió, con las mejillas encendidas y los ojos brillando. El bebé también parecía aprobar al hombre que, paso a paso, estaba dejando de ser un extraño para convertirse en su todo.
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