Habían pasado tres días desde que Yaneth vio aquellas dos líneas rojas en el baño de su casa, y el miedo inicial, aunque no había desaparecido del todo, se había transformado en una calidez extraña y luminosa que le llenaba el pecho.
Cada mañana, a pesar de las náuseas que la obligaban a aferrarse al lavabo, Yaneth se miraba al espejo y sonreía. Era un secreto. Un pequeño y dulce secreto que latía bajo su piel. Con su naturaleza optimista y su corazón noble, ya no veía el embarazo como una crisis, sino como el milagro que finalmente obligaría a Fabián a dar el paso definitivo.
—Vas a ser tan guapo como tu papá —susurró una tarde, mientras se pasaba un cepillo por el cabello castaño—. Pero espero que tengas mis ojos, porque él dice que son su luz.
Yaneth estaba en esa etapa de la "ceguera amorosa" donde cada síntoma físico era una medalla de honor. El cansancio extremo ahora tenía un propósito. El hecho de que no pudiera tolerar ciertos olores era simplemente su cuerpo preparándose para cuidar a alguien más.
Esa tarde, después de salir de la galería de arte, Yaneth no regresó directamente a su casa. Sus pies, casi por voluntad propia, la llevaron hacia la zona comercial más exclusiva de la ciudad. Se sentía extrañamente atraída por las vitrinas que antes ignoraba: aquellas con cunas de madera blanca, mantas de seda y ropa diminuta.
Entró en una pequeña boutique infantil llamada "Pequeños Sueños". El aroma a talco y lavanda del lugar la envolvió, y por primera vez en días, no sintió ganas de vomitar. Al contrario, se sintió en paz.
—¿Puedo ayudarla en algo, querida? —preguntó una vendedora mayor, con una sonrisa amable al ver la expresión de asombro de Yaneth.
—Solo... solo estoy mirando —dijo Yaneth, sintiendo que las mejillas se le encendían. Pero luego, con una valentía que no sabía que tenía, añadió—: En realidad, busco algo especial. Para darle una noticia a mi pareja.
—¡Oh, qué maravilla! Felicidades —la mujer la guió hacia una estantería de cristal—. Para las noticias, lo que más llevan son los patucos. Son un símbolo universal.
Yaneth los vio. Eran unos zapatitos de lana tejidos a mano, de un color crema neutro, con pequeños botones de madera. Eran tan pequeños que cabían en la palma de su mano. Al tocarlos, sintió una descarga de emoción tan fuerte que se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Estos —dijo con voz quebrada—. Me llevo estos.
Mientras la vendedora envolvía el paquete con un lazo de seda, Yaneth se permitió soñar despierta. Imaginó la escena: ella y Fabián cenando en su lugar favorito. Ella le entregaría la pequeña caja. Él, al principio confundido, abriría el lazo y vería los zapatitos. Su expresión de hombre de negocios serio se desmoronaría, sus ojos se humedecerían de alegría y la tomaría en sus brazos, prometiéndole que ahora nada los separaría. Incluso imaginó a su padre, Arturo, finalmente estrechando la mano de Fabián con respeto, reconociendo que ahora eran una familia.
"Todo va a estar bien", se repetía como un mantra. "Él me ama. Siempre dice que soy su futuro".
Al llegar a su apartamento, Yaneth preparó todo con una dedicación casi sagrada. No quería darle la noticia de cualquier manera. Compró una caja de madera más bonita, puso papel seda en el fondo y colocó los zapatitos junto a la prueba de embarazo, la cual había limpiado y decorado con una pequeña cinta.
Pasó el resto de la tarde escribiendo una carta. Escribió páginas enteras que luego rompió, porque ninguna palabra parecía suficiente para describir la inmensidad de lo que sentía. Finalmente, se decidió por una nota simple:
"Fabián, mi vida. Aquí está el comienzo de nuestro verdadero 'nosotros'. Te amamos. — Yaneth."
Esa noche, mientras esperaba que él respondiera a sus mensajes, Yaneth se recostó en el sofá y se acarició el vientre. No había rastro de la chica asustada de hacía unos días. Había una madre. Una madre de veinticuatro años que, en su infinita dulzura, creía que el amor podía vencer cualquier obstáculo logístico o empresarial.
Sin embargo, el silencio de Fabián era prolongado. Yaneth miraba el reloj: las nueve, las diez, las once. Finalmente, el teléfono vibró.
“Mañana cenamos en el restaurante de siempre, 8:00 PM. Tengo muchas cosas que decirte y poco tiempo. Ponte linda.”
Yaneth leyó el mensaje tres veces. "Ponte linda". "Tengo muchas cosas que decirte". Suspiró con alivio. Seguramente él también sentía que algo estaba cambiando. Quizás él también iba a proponerle matrimonio formalmente.
—Mañana será el día, pequeño —susurró hacia su vientre, con la cajita de madera apretada contra su pecho—. Mañana papá sabrá que vienes en camino y seremos felices para siempre.
Yaneth se durmió con esa sonrisa de ángel que la caracterizaba, abrazada a los zapatitos de lana. Estaba tan llena de luz que no podía ver la tormenta de oscuridad que Fabián estaba preparando para ella. No podía ver que, para él, esa cena no era una celebración, sino una ejecución.
La dulce espera de Yaneth estaba llegando a su fin, pero el despertar sería el golpe más cruel que una mujer noble podría recibir. Estaba a solas en su ilusión, construyendo un castillo de cristal sobre un suelo de mentiras que Fabián estaba a punto de romper con un solo gesto de desprecio.