Yaneth llegó al restaurante con el corazón latiendo a un ritmo frenético, pero lleno de esperanza. Llevaba puesto el vestido azul que a Fabián tanto le gustaba y, dentro de su bolso, la cajita de madera con los patucos color crema pesaba como si fuera de oro sólido. Se sentía radiante, a pesar de que el aroma a comida del lugar le provocaba una ligera náusea.
Fabián ya estaba sentado en la mesa de siempre. Se veía impecable, con un traje gris plomo y el cabello perfectamente peinado, pero había algo en su mirada que Yaneth, en su infinita dulzura, no supo interpretar: una frialdad cortante, como la de un cirujano a punto de extirpar un tumor.
—Estás hermosa, preciosa —dijo él, pero no se levantó para besarla en la mejilla como solía hacerlo. Solo señaló la silla frente a él—. Siéntate. Pidamos rápido, no tengo mucho tiempo.
—Fabián, yo... tengo algo que decirte. Algo que no puede esperar —Yaneth ignoró el menú. Sus manos temblaban mientras sacaba la cajita de madera y la ponía sobre el mantel blanco—. Es sobre nuestro futuro. Lo que tanto hemos hablado.
Fabián arqueó una ceja, mirando la caja con desconfianza.
—Yaneth, si es otro regalo para que vaya a cenar con tus padres, ahórratelo. Ya te dije que la aduana me tiene loco.
—No es eso. Ábrela, por favor.
Fabián suspiró con fastidio y tiró del lazo de seda. Cuando la tapa se abrió, revelando los zapatitos de lana y la prueba de embarazo, el silencio que cayó sobre la mesa fue tan pesado que Yaneth sintió que le faltaba el aire. Esperó la sonrisa, el abrazo, las lágrimas de alegría.
Pero lo que vio fue el rostro de Fabián transformándose en una máscara de asco puro.
—¿Qué es esta porquería, Yaneth? —su voz no era un susurro, era un látigo.
—Es... es nuestro bebé, Fabián. Estoy embarazada. Vamos a ser padres —ella intentó sonreír, pero sus labios temblaban—. Es el milagro que...
—¡¿Milagro?! —Fabián golpeó la mesa con el puño, haciendo que las copas saltaran. Varias personas en el restaurante giraron la cabeza—. ¡¿Estás loca?! ¡Esto es una maldición, Yaneth! ¡Un error estúpido! ¡Tengo treinta años, estoy a punto de cerrar el contrato más grande de mi vida y tú vienes con esta basura de "estoy embarazada"!
—¿Basura? —el mundo de Yaneth empezó a tambalearse—. Fabián, es un hijo. Es fruto de lo que tenemos. Tú dijiste que me amabas, que querías un futuro conmigo...
—¡Un futuro, no un ancla! —gritó él, poniéndose de pie y rodeando la mesa para quedar frente a ella, intimidándola—. ¡¿Cómo pudiste ser tan descuidada?! ¡Seguro lo hiciste a propósito para atraparme, para obligarme a casarme con la hija de un exportador quebrado! ¡Eres una trepadora igual que tu padre!
—¡Eso no es verdad! —sollozó Yaneth, las lágrimas corriendo por sus mejillas—. Yo te amo... nosotros nos cuidamos, tú dijiste que...
—¡Pues no funcionó! —Fabián metió la mano en su chaqueta y sacó un fajo grueso de billetes de cien dólares. Con un gesto de odio absoluto, los arrojó sobre la mesa. Los billetes volaron, algunos cayendo sobre el plato de Yaneth, otros golpeándole la cara antes de terminar en el suelo—. Toma. Ahí tienes suficiente para que vayas a la mejor clínica mañana mismo y te deshagas de esa cosa.
Yaneth miró los billetes verdes esparcidos como basura sobre sus sueños. El shock era tan profundo que el dolor físico parecía haber desaparecido, dejando solo un vacío gélido.
—¿Me estás pidiendo que... que lo mate? —susurró ella, mirando los patucos que ahora parecían tan tristes sobre la mesa.
—Te estoy ordenando que limpies tu desastre —Fabián se inclinó, su rostro a centímetros del de ella, destilando veneno—. Escúchame bien, niñita dulce: si crees que voy a arruinar mi carrera y mi estatus por un desliz contigo, estás muy equivocada. Si decides tenerlo, olvídalo. No tiene mi apellido, no tiene mi dinero y no me vuelves a ver en tu vida. Para mí, ya estás muerta desde el momento en que me diste esa noticia.
Fabián tomó su abrigo, le dio una última mirada de desprecio a la mujer que un día llamó "su motor" y salió del restaurante sin mirar atrás.
Yaneth se quedó allí, sentada entre billetes sucios y zapatitos de lana, con el corazón destrozado en mil pedazos. El hombre que amaba no solo la había abandonado; la había tasado en unos cuantos dólares y la había humillado frente al mundo.
Sola, con el estómago revuelto y el alma rota, Yaneth acarició su vientre. Ya no había dudas, solo una certeza dolorosa: el cuento de hadas había terminado, y ahora, la dulce Yaneth tendría que aprender a sobrevivir en un mundo donde incluso el amor tenía un precio de sangre.