El trayecto de regreso a casa fue un borrón de luces borrosas y dolor sordo. Yaneth caminaba como un autómata, apretando su bolso contra el pecho. Dentro, los zapatitos de lana —esos que hace apenas unas horas eran el símbolo de su felicidad— ahora se sentían como brasas ardientes. Los billetes que Fabián le había arrojado seguían allí, arrugados y sucios, mezclados con sus pertenencias. Cada vez que recordaba el sonido del fajo golpeando la mesa, un escalofrío de náusea pura le recorría la columna.
Cuando cruzó el umbral de su casa, la calidez del hogar que siempre la había reconfortado se sintió como una prisión. Intentó subir las escaleras en silencio, evitando las sombras del salón donde sabía que su padre, Arturo, solía quedarse leyendo hasta tarde.
—¿Yaneth? ¿Eres tú? —la voz de su madre, Martha, llegó desde la cocina.
—Sí, mamá... voy directo a dormir. Estoy muy cansada —respondió ella, esforzándose por que su voz no se quebrara.
Pero el cuerpo tiene límites que el corazón no puede ocultar. Apenas puso un pie en el primer escalón, un mareo violento la obligó a sostenerse de la barandilla. El mundo giró peligrosamente y el aroma a lavanda del limpiador de pisos, que antes le era indiferente, se transformó en un veneno insoportable.
Corrió hacia el baño de la planta baja, cerrando la puerta con pestillo apenas un segundo antes de caer de rodillas frente al inodoro.
Fue un episodio violento. Yaneth sentía que sus entrañas se retorcían, intentando expulsar un dolor que no era solo físico. Cuando terminó, se quedó sentada en el suelo frío, temblando, con la frente apoyada en la porcelana blanca. Tenía la garganta en carne viva y el sabor amargo de la bilis en la boca.
—¿Yaneth? Abre la puerta, por favor.
Martha estaba del otro lado, su voz cargada de una sospecha que ya no podía contener. Yaneth se lavó la cara rápidamente, tratando de borrar el rastro de las lágrimas y la palidez cadavérica, pero al abrir la puerta, no pudo engañar a los ojos de su madre.
—Hija, por Dios... estás transparente —Martha entró y le puso una mano en la frente—. Estás helada y sudando al mismo tiempo. ¿Qué pasó en esa cena? ¿Dónde está ese hombre?
—Se... se tuvo que ir —susurró Yaneth, bajando la mirada—. La aduana, ya sabes. El estrés me está matando el estómago, eso es todo. Dame un poco de agua, por favor.
Martha la guió hasta la cocina y le sirvió un vaso de agua fresca. Yaneth lo tomó con manos temblorosas, pero apenas el líquido tocó su garganta, su cuerpo lo rechazó con una furia renovada. Volvió a doblarse sobre el fregadero, devolviendo el agua entre sollozos ahogados.
—No puedo... no puedo retener nada, mamá —lloró Yaneth, dejándose caer en una silla, derrotada.
Martha se quedó en silencio, observándola con una mezcla de lástima y terror. Vio cómo su hija se abrazaba el vientre de forma inconsciente, un gesto protector que Yaneth ni siquiera sabía que estaba haciendo.
—Esto no es un virus, Yaneth —dijo Martha con voz grave, sentándose frente a ella—. Llevas días llorando por los rincones cuando crees que no te vemos. Te despiertas a mitad de la noche. Y ahora ni siquiera el agua te pasa. ¿Qué te hizo ese hombre? ¿Por qué volviste sola y en ese estado?
—Él... él está bajo mucha presión —insistió Yaneth, su lealtad noble luchando contra la realidad—. Solo tuvimos una diferencia de opinión.
—¿Una diferencia de opinión te deja el alma rota y el cuerpo enfermo? —Martha le tomó las manos—. Escúchame bien. Tu padre ya está haciendo preguntas. Se pasa las noches revisando las cuentas de la empresa y murmurando sobre "el cobarde" que te pretende. Si lo que yo creo es cierto... si estás cargando con algo que ese hombre no quiere asumir, tienes que decírmelo ahora. Antes de que Arturo lo descubra por las malas.
Yaneth no respondió. Se limitó a sollozar en silencio, escondiendo el rostro en sus manos. Martha suspiró, sintiendo que el mundo que habían construido se resquebrajaba.
—Vete a la cama. Mañana intentaremos que comas algo suave —dijo Martha, aunque sus ojos decían otra cosa.
Esa noche, Yaneth no durmió. Se quedó ovillada en su cama, escuchando el silencio de la casa que pronto se convertiría en un campo de batalla. Intentó llamar a Fabián una vez, solo una, con la esperanza de que se hubiera arrepentido. El teléfono mandó a buzón de inmediato. Él la había bloqueado. La había desechado como a un papel sucio.
El "infierno en casa" no era el fuego, sino el hielo. El hielo del abandono de Fabián y el hielo de la sospecha de su madre que, a la mañana siguiente, se transformaría en la furia de un padre que no aceptaba manchas en su apellido.
Yaneth cerró los ojos, deseando que el cansancio eterno se la llevara, mientras en su vientre, la vida seguía creciendo, ajena al caos que estaba por desatarse.