La mañana en la casa de los Miller no trajo la luz, sino una penumbra densa que se filtraba por las cortinas cerradas de la cocina. El silencio no era de paz, sino de esa calma eléctrica que precede a los terremotos. Yaneth estaba sentada a la mesa, frente a un plato de fruta que no había tocado. Tenía el cabello desordenado y la piel de un tono traslúcido, casi cerúleo. Cada vez que el olor del café que bebía su padre llegaba a sus fosas nasales, una oleada de mareo la obligaba a cerrar los ojos y aferrarse al borde de la madera.
Arturo Miller no leía el periódico esa mañana. Simplemente la observaba por encima de su taza, con una mirada que era un bisturí de sospecha. Martha, en un rincón, fingía lavar unos platos que ya estaban limpios, con los hombros tensos y la respiración contenida.
—Mírate, Yaneth —la voz de Arturo cortó el aire como un cristal roto—. Das lástima. Un año y medio defendiendo a ese hombre para terminar así. ¿Dónde está hoy? ¿En otra reunión urgente? ¿En otra frontera salvando al mundo?
Yaneth no respondió. No tenía fuerzas ni para mentir. Sentía que el alma se le había escapado por los pies la noche anterior, dejándola como una cáscara vacía.
—Tu madre dice que no puedes ni retener el agua —continuó Arturo, dejando la taza sobre la mesa con un golpe seco que hizo que Yaneth diera un respingo—. Dice que te pasas la noche llorando. Yo digo que ese cobarde finalmente te mostró quién es.
—Papá, por favor... me duele la cabeza —susurró ella, con un hilo de voz que apenas se oía.
—¡A mí me duele el orgullo! —Arturo se puso de pie, su sombra proyectándose gigante sobre la mesa—. ¡Me duele ver a mi hija arrastrándose por un tipo que ni siquiera tiene la decencia de dar la cara! ¿Qué pasó anoche, Yaneth? Dime la verdad de una vez. ¿Te dejó? ¿Te cambió por otra? ¿O es que finalmente te diste cuenta de que el "futuro" que te prometía era una estafa?
Yaneth sintió una arcada violenta. Se cubrió la boca con la mano, el pecho subiendo y bajando con espasmos. Martha se acercó corriendo, pero Arturo la detuvo con un gesto imperioso.
—Déjala, Martha. Ya basta de mimos. Necesito que hable.
—¡No puedo más! —explotó Yaneth, y el grito terminó en un sollozo desgarrador que pareció arrancarle algo de adentro—. ¡No pasó nada de eso! ¡Fabián no me quiere! ¡Me tiró billetes en la cara, papá! ¡Me arrojó dinero como si fuera una cualquiera!
El silencio que siguió fue absoluto. Arturo frunció el ceño, confundido por un segundo.
—¿Fabián?¿Billetes? ¿De qué hablas? ¿Por qué te daría dinero?
Yaneth se levantó, tambaleándose. Sus piernas eran de gelatina. Caminó hacia su bolso, que estaba sobre el aparador, y con manos que no dejaban de temblar, sacó la pequeña cajita de madera que ahora estaba manchada y rota. La arrojó sobre la mesa de la cocina.
Arturo miró la caja. La abrió lentamente. Al ver los zapatitos de lana color crema y la prueba con las dos líneas rojas, su rostro pasó del rojo de la furia a una palidez de mármol. Sus manos, endurecidas por años de trabajo, empezaron a temblar ligeramente, no de tristeza, sino de una rabia antigua y corrosiva.
—Estoy embarazada —dijo Yaneth, y al pronunciar las palabras en voz alta, sintió que el techo se le caía encima—. Y él... él me dio dinero para que "limpiara mi desastre". Dijo que no quería un ancla. Me bloqueó, papá. Me borró de su vida.
Martha soltó un grito ahogado, cubriéndose la boca con el delantal, y se desplomó en una silla, rompiendo a llorar. Pero Arturo no se movió. No hubo un abrazo. No hubo un "todo estará bien". Se quedó allí, mirando los patucos con un desprecio que Yaneth sintió como una puñalada.
—Te lo advertí —la voz de Arturo salió baja, gélida, cargada de un veneno que Yaneth no creía que su padre guardara para ella—. Te lo dije mil veces. "Es un cobarde", te decía. "Es un mentiroso", te repetía. Y tú, con esa carita de ángel y esa dulzura estúpida, lo defendiste como si fuera un santo. Te pusiste en contra de tu propia sangre por un tipo que te tasó en un fajo de billetes.
—¡Papá, estoy sufriendo! —sollozó Yaneth, estirando una mano hacia él—. ¡Me duele el cuerpo, me duele el alma! ¡Necesito que me ayudes!
Arturo se alejó de su toque como si fuera fuego. La miró de arriba abajo, y en sus ojos Yaneth no vio compasión, sino una decepción tan profunda que la hizo sentir pequeña, sucia, insignificante.
—¿Ayudarte? —Arturo soltó una risotada amarga—. ¿Ayudarte a qué? ¿A criar a un niño que será la comidilla de toda la ciudad? ¿A que mi apellido, el que me costó treinta años limpiar y levantar, termine arrastrado por el lodo porque mi hija no supo cerrar las piernas ante el primer charlatán con un buen coche?
—¡Arturo! ¡Es tu hija! —gritó Martha entre sollozos.
—¡Es una deshonra! —rugió él, golpeando la pared con el puño—. ¡Mientras mi empresa se hunde, mientras lucho cada día para que no nos quiten la casa, ella se dedica a jugar a las casitas con un tipo que la desecha como basura! ¿Sabes qué significa esto, Yaneth? Significa que estamos acabados. No tengo dinero para mantenerte a ti y al niño. No tengo cara para mirar a mis socios sabiendo que mi hija es el juguete roto de un don nadie.
Yaneth se dejó caer al suelo. No podía más. El malestar físico, la deshidratación y el dolor emocional la estaban apagando. Se quedó ovillada en el piso de la cocina, las baldosas frías contra su mejilla, mientras los gritos de su padre seguían lloviendo sobre ella.
—¿Y qué vas a hacer ahora, eh? —Arturo se inclinó sobre ella, su voz ahora era un susurro letal—. ¿Vas a seguir llorando por él? ¿O vas a aceptar que arruinaste tu vida y la nuestra? Porque yo no voy a cargar con esto. No voy a dejar que ese infeliz se ría de nosotros. Si él cree que te dejó en la calle, se equivoca. Te voy a encontrar un dueño, Yaneth. Un hombre que sepa lo que es un contrato y que no le importe que estés dañada, siempre y cuando le des lo que necesita.
—¿De qué hablas...? —susurró ella, cerrando los ojos.
—Hablo de supervivencia —Arturo tomó los zapatitos de lana y los tiró a la basura con un gesto de asco—. Hablo de que ayer recibí una llamada. Una oferta que antes me pareció una locura, pero que hoy es nuestra única salvación. Si quieres que ese bebé tenga un nombre y que tu madre no termine en la calle, vas a hacer lo que yo diga. Vas a dejar de ser la niña dulce y vas a convertirte en la moneda de cambio para que este apellido no muera.
Yaneth escuchaba las palabras como si vinieran de debajo del agua. Ya no sentía nada. Estaba emocionalmente muerta. El caos a su alrededor era solo ruido de fondo. En su mente, solo veía los ojos fríos de Fabián y los billetes volando.
—No me importa... —susurró ella, casi sin aliento—. Haz lo que quieras. Ya no tengo nada.
Arturo la miró por última vez, sin rastro de afecto.
—Bien. Prepárate. En unos días conocerás a tu futuro esposo. Y reza, Yaneth, reza para que él tenga más estómago que yo para cargar con tu pecado.
Arturo salió de la cocina, dejando a Martha llorando sobre la mesa y a Yaneth tirada en el suelo, pálida, quebrada y completamente sola en su tragedia. La casa de los Miller se había convertido oficialmente en una tumba para su inocencia. El tiempo de la dulzura había terminado; ahora empezaba el tiempo del contrato y la sombra del Lobo empezaba a oscurecer el horizonte de su vida.