Capitulo 8

799 Words
La noche había caído sobre la casa de los Miller, pero no traía descanso. Arturo estaba encerrado en su despacho, una habitación pequeña que olía a papel viejo y a la desesperación que intentaba ocultar tras su fachada de hierro. Frente a él, los libros de contabilidad estaban abiertos, llenos de números rojos que parecían sangrar bajo la luz amarillenta de la lámpara de escritorio. Su empresa de exportación, el orgullo de su vida, se desmoronaba. Los fletes habían subido, los socios le habían dado la espalda tras una serie de movimientos agresivos en el mercado, y ahora, los bancos golpeaban su puerta con la sutileza de un mazo. —Maldita sea —susurró, frotándose las sienes. Escuchó unos pasos suaves fuera. Era Martha. Arturo cerró rápidamente el libro de cuentas, enderezando la espalda para recuperar su máscara de autoridad. Ella entró con una bandeja: un caldo caliente y un té. —No tengo hambre, Martha —dijo él, sin mirarla. —Es para ti. Tienes que comer algo si quieres seguir peleando con esos papeles —ella dejó la bandeja y se quedó de pie, observándolo—. Arturo... Yaneth se quedó dormida. Pero apenas puede respirar sin que las náuseas la despierten. Está muy débil. Arturo guardó silencio un largo rato. Su mandíbula estaba tensa, pero sus ojos, lejos de la mirada de su hija, mostraban una g****a de dolor que no se permitía mostrar en público. —¿Ha comido algo? —preguntó en un susurro, con la voz quebrada por una preocupación que intentaba enterrar bajo su orgullo. —Unas galletas de agua. Es lo único que retuvo hoy. Está... está rota, Arturo. No solo físicamente. Siente que la odias. Arturo apretó los puños sobre el escritorio. —No la odio. Odio lo que ese imbécil le hizo. Odio que haya sido tan ingenua de entregarle su luz a un tipo que solo quería apagarla. Pero Martha, mira estos libros. Si no acepto esa reunión, no habrá casa para que ella llore, ni cuna para ese niño, ni comida para nosotros. Estamos en la calle. Martha suspiró, acercándose para poner una mano en el hombro de su marido. —¿Es tan grave? —Peor de lo que imaginas. Hay alguien moviendo los hilos en el sector de exportaciones. Alguien que está comprando las deudas de todos mis competidores y asfixiándonos uno por uno. En los círculos financieros lo llaman "El Lobo". Nadie ha visto su rostro en una junta de acreedores, pero todos sienten sus colmillos cuando llega el aviso de embargo. Dicen que es un CEO implacable de día, pero que sus métodos huelen a algo mucho más oscuro... algo que no se arregla en los tribunales. Arturo se puso de pie y caminó hacia la ventana, mirando la oscuridad de la calle. —Ese hombre, Vieri, ha enviado a sus abogados. Quieren la empresa, pero también quieren algo más personal. Me ofrecieron un trato que salvaría nuestras vidas, pero el precio es Yaneth. Un contrato de matrimonio. Él necesita una esposa de buena familia, sin escándalos públicos, para limpiar su imagen antes de una fusión internacional. Y nosotros... nosotros necesitamos un milagro. —¡Es una locura, Arturo! ¡Vender a nuestra hija a un hombre que llaman "Lobo"! —exclamó Martha, horrorizada. —¿Y qué prefieres? —Arturo se giró, y esta vez sus ojos estaban húmedos de pura rabia y miedo—. ¿Dejarla aquí para que se marchite con el recuerdo de Fabián? ¿Para que su hijo nazca en la miseria absoluta? Vieri le dará un nombre, protección y una vida que yo ya no puedo darle. Al menos con él, estará segura de los hombres como Fabián. Los lobos no permiten que las hienas se acerquen a lo que les pertenece. Martha bajó la mirada, sabiendo que su esposo, en su forma tosca y autoritaria, estaba tratando de salvar lo que quedaba de su familia. —Mañana iré a su habitación —dijo Arturo, su voz volviendo a ser rígida—. Le preguntaré cómo sigue. Pero no le digas que pregunté, Martha. Ella necesita entender que el mundo es cruel, y que yo soy el único que está dispuesto a ensuciarse las manos para que ella no termine de hundirse. Arturo Miller volvió a sus papeles, pero su mente ya no estaba en los números. Estaba en la imagen de su hija tirada en el suelo de la cocina. Por dentro, el padre lloraba sangre; por fuera, el hombre de negocios preparaba el contrato que entregaría a su "pequeña dulce" al depredador más peligroso de la ciudad. La sombra del Lobo ya no estaba en el horizonte; acababa de entrar en su casa, y el precio de la salvación era la libertad de Yaneth
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