Capitulo 9

1709 Words
La lluvia golpeaba los cristales de la habitación de Yaneth con una insistencia monótona, como si el cielo mismo estuviera cansado de llorar. Dentro, la penumbra era casi total. Yaneth no había encendido las luces en todo el día; prefería la oscuridad, ese refugio donde las ojeras no se veían y donde podía pretender, por unos minutos, que el mundo no se había acabado en aquel restaurante francés. Se sentó en el borde de la cama, envuelta en una bata gruesa que le quedaba grande. Su cuerpo se sentía extraño, una mezcla de vacío existencial y una pesadez biológica que la mantenía anclada a la tierra. El silencio de la casa se rompió por el sonido de unos pasos pesados en el pasillo. No eran los pasos ligeros y temerosos de su madre. Eran los de Arturo. La puerta se abrió con un crujido lento. Yaneth no se giró. Esperaba el grito, la recriminación, el recordatorio de su "pecado". Pero lo que escuchó fue un suspiro largo, cargado de un cansancio que parecía venir de los huesos. Arturo se acercó y se sentó en la silla de madera frente a la cama. No encendió la lámpara principal, sino la pequeña luz de la mesita de noche. El resplandor amarillento reveló su rostro: las arrugas parecían haber cavado surcos más profundos y sus ojos, usualmente severos, estaban enrojecidos. —¿Has dormido algo? —preguntó él. Su voz no tenía el filo del día anterior. Era una voz seca, pero extrañamente suave. —Un poco —susurró ella, mirando sus propias manos pálidas. Arturo guardó silencio un momento, observando la fragilidad de su hija. Le dolía verla así. Por más que su orgullo gritara deshonor, ver a su pequeña "dulce" convertida en una sombra lo estaba matando por dentro. Se aclaró la garganta, buscando las palabras que un padre tradicional nunca ha aprendido a decir. —Tu madre me dijo que... que hoy pudiste retener un poco de sopa. Me alegra —dijo Arturo, y luego, con un esfuerzo monumental, bajó la mirada hacia el vientre de Yaneth—. ¿Cómo... cómo está? ¿Te ha dado mucha guerra hoy? Yaneth levantó la vista, sorprendida. Era la primera vez que él preguntaba por el bebé sin usar la palabra "error" o "bastardo". —Tengo muchas náuseas, papá. Me duele todo. Siento que mi cuerpo ya no me pertenece. Arturo asintió lentamente, apretando las manos sobre sus rodillas. —Escúchame, Yaneth. Sé que crees que soy un monstruo. Sé que mi reacción fue... dura. Pero el mundo no es el cuento de hadas que tú dibujabas en tu cabeza. No todo es color de rosa, hija. Hay hombres que se visten de seda pero tienen el alma de fango, como ese infeliz que te dejó. Y hay realidades que no se pueden ignorar con una sonrisa. Se inclinó hacia ella, y por primera vez en años, Yaneth vio una chispa de vulnerabilidad en él. —La empresa está muerta, Yaneth. Mañana podrían venir a poner los sellos de embargo en esta puerta. No tengo con qué pagar los abogados, ni la clínica para cuando ese niño nazca, ni siquiera el aire que respiramos. He fallado como proveedor, y eso es algo que un hombre como yo no puede soportar. —¿Tan mal estamos? —preguntó ella, olvidando por un momento su propio dolor ante la angustia de su padre. —Estamos en el fondo del pozo. Pero... ayer recibí una llamada. Una oferta de un hombre que tiene el poder de borrar nuestras deudas con un solo movimiento de su pluma. Thiago Vieri. Yaneth frunció el ceño. El nombre le sonaba a las noticias financieras que Fabián solía leer con envidia. —¿El Lobo? —Así le dicen. Es un hombre peligroso, Yaneth. No te voy a mentir diciéndote que es un caballero andante. Es un depredador. Pero ha puesto una condición para salvarnos. Necesita una esposa. Una mujer de familia, con una reputación que él pueda usar como escudo para sus negocios internacionales. Él sabe de tu situación. Sabe lo de Fabián... y lo del bebé. Yaneth sintió que el frío regresaba a sus huesos. —¿Me estás pidiendo que me venda, papá? —Te estoy pidiendo que sobrevivas —Arturo le tomó la mano. Sus dedos estaban ásperos, pero su agarre era firme y protector—. Fabián te desechó por nada. Vieri te ofrece un contrato. Te ofrece un apellido para ese niño, la mejor atención médica del mundo y la seguridad de que nadie, nunca más, podrá arrojarte billetes a la cara como si fueras basura. Con él, serás la señora Vieri. Nadie se atreverá a murmurar de ti. —Pero no lo conozco... No lo amo. —El amor es un lujo que perdimos en aquel restaurante, hija. Ahora necesitamos protección. Él quiere hablar contigo. Sus abogados están abajo, pero él quiere que escuches su voz. Quiere que entiendas que esto es un negocio, pero uno que te salvará la vida. Arturo sacó un teléfono de su bolsillo. Ya estaba marcada una llamada. Se lo extendió a Yaneth con una mirada que suplicaba comprensión. Ella, con el corazón en la garganta y las manos temblando, tomó el aparato y se lo llevó al oído. El silencio al otro lado de la línea era absoluto, pero se sentía pesado, cargado de una presencia eléctrica. —¿Hola? —susurró Yaneth, casi sin voz. —Señorita Miller. La voz que respondió no se parecía en nada a la de Fabián. No era melodiosa ni fingida. Era una voz profunda, gélida y con una autoridad que parecía vibrar en los huesos de Yaneth. Era el sonido del acero chocando contra el hielo. —¿Usted es... el señor Vieri? —Lo soy —respondió la voz al otro lado—. No perdamos el tiempo con cortesías que ambos sabemos que son innecesarias en este momento. Su padre me ha informado de su condición. Sé que lleva en su vientre el hijo de un hombre que no tiene honor. Yaneth cerró los ojos, sintiendo una punzada de vergüenza, pero el tono de Vieri no era de juicio, sino de una observación puramente lógica. —Mi propuesta es simple —continuó el Lobo—. Usted me dará la imagen de estabilidad que mi imperio necesita frente a los inversores internacionales. A cambio, yo le daré mi apellido a ese niño. Será un Vieri ante la ley. Tendrá mi protección, mi casa y mi fortuna. Fabián Valerón nunca volverá a acercarse a usted a menos que desee desaparecer de la faz de la tierra. —¿Por qué yo? —logró preguntar Yaneth—. Hay miles de mujeres que querrían casarse con usted sin... sin mi situación. —Porque usted no tiene nada, señorita Miller. Y una mujer que no tiene nada es una mujer que no tiene nada que perder. Usted será leal porque su supervivencia depende de mí. No busco amor, busco un contrato sólido. Mañana a primera hora mis hombres irán por usted. Tenga su respuesta lista. Si acepta, su padre dormirá tranquilo esta noche. Si no... bueno, el mundo es un lugar muy frío para una mujer sola y embarazada. La llamada se cortó. El tono de ocupado sonaba como una sentencia. Yaneth le devolvió el teléfono a su padre, con la mirada perdida. Arturo la observó, y por un segundo, se olvidó del negocio. Vio a su hija, la niña que solía correr por el jardín con flores en el cabello, y sintió un nudo en la garganta. Se acercó y, con una torpeza que delataba cuánto tiempo había pasado desde la última vez que lo hizo, la rodeó con sus brazos. Yaneth se tensó al principio, pero luego se hundió en el pecho de su padre, llorando en silencio. —Perdóname, hija —susurró Arturo contra su cabello—. Perdóname por no haberte protegido de ese infeliz. Pero te juro... te juro por mi vida que este hombre, aunque sea un Lobo, no te hará daño. No dejaré que te toque un pelo si no es bajo los términos que garanticen tu paz. Solo quiero que estés bien. Que ese nieto mío tenga un lugar seguro donde nacer. —¿Crees que sea lo correcto, papá? —preguntó ella entre sollozos. —Creo que es la única salida que nos queda. El mundo es una jungla, Yaneth. Y a veces, para sobrevivir a las hienas, hay que caminar al lado del Lobo. Yaneth se separó de él y miró hacia la ventana. La lluvia seguía cayendo. Estaba acorralada. Por un lado, la miseria, la vergüenza y el abandono de Fabián. Por el otro, un contrato frío con un hombre cuya voz la hacía temblar de miedo, pero que le prometía algo que Fabián nunca pudo darle: respeto y seguridad. —Dile que acepto —dijo Yaneth, secándose las lágrimas con una determinación que nunca antes había mostrado—. Pero con una condición. Mi hijo nunca debe saber que no es suyo. Si voy a entrar en su mundo, quiero que mi bebé sea un Vieri de verdad. Arturo asintió, sintiendo una mezcla de alivio y tristeza profunda. —Él ya lo sabe. Él lo aceptó. Descansa, Yaneth. Mañana... mañana empieza tu nueva vida. Arturo salió de la habitación, dejando a Yaneth a solas con la sombra que acababa de entrar en su vida. Ella se acarició el vientre, sintiendo por primera vez una extraña calma en medio de la tormenta. Ya no era la dulce Yaneth. Era una mujer bajo un contrato de protección. El Lobo vendría por ella al amanecer, y aunque el miedo seguía ahí, la traición de Fabián había dejado un vacío tan grande que cualquier refugio, por oscuro que fuera, parecía un paraíso comparado con el infierno de la soledad. Esa noche, por primera vez en semanas, Yaneth no tuvo náuseas. Se durmió pensando en la voz gélida de Thiago Vieri, preguntándose si detrás de ese hielo, existiría algún rastro de calor para ella y su hijo. La suerte estaba echada. El contrato estaba firmado en el aire. El Lobo tenía a su presa, y la presa... la presa finalmente tenía un protector.
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