La capilla privada de la mansión Vieri no era un lugar de flores blancas y coros celestiales. Era un recinto de piedra oscura, iluminado apenas por la luz vacilante de cientos de velas de cera negra que proyectaban sombras alargadas contra las paredes. El aire olía a incienso caro, a madera antigua y a ese aroma a peligro que parecía seguir a Thiago Vieri a donde quiera que fuera.
Yaneth estaba de pie a la entrada, aferrada al brazo de su padre. Su vestido de novia era una obra de arte de encaje de seda, pero ella se sentía como si llevara un sudario. Estaba pálida, con las ojeras apenas cubiertas por el maquillaje y el cuerpo todavía resentido por la debilidad del embarazo. Se sentía pequeña, frágil, como una paloma a punto de entrar en la cueva de un depredador.
—No mires atrás, Yaneth —susurró Arturo, con la voz cargada de una emoción contenida—. Camina con la cabeza alta. Hoy recuperas tu honor.
Entonces, lo vio.
Al final del pasillo, frente al altar de mármol n***o, estaba él. Thiago Vieri no era simplemente un hombre; era una fuerza de la naturaleza. Su estatura era imponente, unos 1,94 metros de pura potencia que hacían que incluso su padre pareciera pequeño a su lado. Vestía un traje de tres piezas hecho a medida, tan oscuro como su reputación, que no lograba ocultar un cuerpo perfectamente marcado, con hombros anchos y una musculatura tensa que delataba años de entrenamiento letal.
Cuando Yaneth llegó a su lado, Thiago se giró lentamente. Tenía una barba bien marcada, recortada con precisión quirúrgica, que acentuaba una mandíbula fuerte y masculina. Pero lo que detuvo el corazón de Yaneth fueron sus ojos. Eran de un color claro, gélidos como el diamante, una mirada tan penetrante y carente de emociones que parecía leerle el alma.
Thiago no le sonrió. No hubo un gesto de bienvenida. Solo le tendió una mano grande, de dedos largos y poderosos, para que ella la tomara. Cuando sus pieles se rozaron, Yaneth sintió una descarga eléctrica que le recorrió la columna, un calor súbito que por un segundo acalló sus náuseas.
La ceremonia fue rápida, casi mecánica. El sacerdote, un hombre que parecía más asustado que devoto, leyó los votos de un contrato que tenía más de transacción que de sacramento. A un lado, los abogados de Vieri sostenían los documentos que Arturo firmaría apenas terminara el acto, salvando así la empresa Miller.
—Thiago Vieri, ¿acepta a Yaneth Miller como su esposa? —la voz del cura tembló.
—Acepto —la voz de Thiago retumbó en la capilla, profunda y absoluta. Era la voz de alguien que no pide permiso, sino que toma lo que desea.
—Yaneth Miller, ¿acepta a Thiago Vieri como su esposo?
—Acepto —susurró ella, sintiendo que al decir esas palabras, entregaba las llaves de su destino al hombre de ojos claros.
—Por el poder que me ha sido otorgado, los declaro marido y mujer —el sacerdote tragó saliva—. Puede... puede besar a la novia.
Yaneth esperaba un roce protocolario, un beso casto en la mejilla o en la frente para sellar el negocio. Pero Thiago tenía otros planes.
Antes de que ella pudiera reaccionar, él la tomó por sorpresa. Sus manos grandes y firmes se cerraron alrededor de su cintura pequeña, tirando de ella con una fuerza posesiva que la pegó literalmente a su pecho duro como el granito. Yaneth dejó escapar un suspiro de asombro que fue sofocado de inmediato cuando Thiago bajó la cabeza y capturó sus labios.
Nunca, en sus veinticuatro años de vida, nadie la había besado así.
No fue el beso torpe de un adolescente, ni el beso manipulador y vacío de Fabián. Fue un beso de calor puro y sofocante. Los labios de Thiago eran suaves pero firmes, moviéndose sobre los de ella con una maestría que le robó el aliento de inmediato. Yaneth sintió el sabor a menta y el calor de su aliento inundando sus sentidos. La barba marcada de él rozó su piel delicada, provocándole un escalofrío que no era de miedo, sino de un deseo primario que no sabía que poseía.
Thiago profundizó el beso, su lengua reclamando su territorio con una autoridad que la dejó sin respiración. Él la sostenía con tanta fuerza que Yaneth sintió que si él la soltaba, se desmoronaría allí mismo. Sus pulmones ardían, pidiendo aire, pero su cuerpo no quería separarse del de él. Era un beso que sabía a fuego, a protección y a una promesa oscura de que ahora, ella le pertenecía por completo.
Cuando Thiago finalmente la soltó, Yaneth tuvo que apoyarse en su pecho para no caer. Tenía los labios hinchados y los ojos empañados. Lo miró, buscando algún rastro de burla o frialdad, pero sus ojos claros seguían siendo un enigma indescifrable, aunque ahora brillaban con una intensidad peligrosa.
—Bienvenida a la familia Vieri, Yaneth —susurró él, tan cerca de su oído que su voz le erizó el vello de los brazos—. Recuerda esto: lo que es mío, nadie lo toca. Y a partir de hoy, tú y lo que llevas dentro, son míos.
Él se giró hacia los abogados, volviendo a ser el CEO implacable, sin rastro de la pasión que acababa de quemar a Yaneth. Arturo se acercó para firmar los papeles, sellando el destino de su hija.
Yaneth se quedó allí, en medio de la capilla de sombras, tocándose los labios con los dedos temblorosos. Fabián nunca la había besado así; Fabián nunca la había hecho sentir que el mundo podía arder y ella estaría segura. Por primera vez en medio de su tragedia, Yaneth entendió que se había casado con un monstruo, pero era un monstruo que la hacía sentir más viva de lo que jamás se sintió con el hombre que decía amarla.
La boda de sombras había terminado. El contrato estaba firmado con tinta y sellado con fuego. El Lobo había reclamado a su esposa, y Yaneth, todavía sin aliento, supo que su vida nunca volvería a ser dulce, pero jamás volvería a ser pequeña.