El Bentley n***o se deslizó en silencio a través de los pesados portones de hierro forjado que custodiaban la entrada a la propiedad Vieri. Yaneth miraba por la ventana, con las manos entrelazadas sobre su vientre, sintiendo que cruzaba la frontera hacia un país desconocido. La mansión apareció ante ella como un titán de piedra y cristal, una estructura imponente que respiraba poder y una frialdad que erizaba la piel.
Thiago no dijo una sola palabra durante el trayecto. Se mantenía sentado a su lado, ocupando el espacio con su estatura de 1,94 metros, emanando un aura de autoridad que hacía que el coche pareciera pequeño. Su perfil, con la barba perfectamente perfilada y la mandíbula tensa, era el de un rey guerrero regresando a su fortaleza.
Al bajar, dos hombres vestidos de n***o abrieron las puertas de la entrada principal. Yaneth caminó por el vestíbulo de mármol pulido, sintiéndose pequeña bajo los techos altísimos y las lámparas de araña que goteaban diamantes de cristal. Todo en ese lugar era lujoso, pero carente de calor humano. Era, en efecto, una jaula de oro.
—Esta será tu casa a partir de ahora —dijo Thiago. Su voz profunda resonó en las paredes de piedra—. Te mostraré tus aposentos.
La guió hasta el segundo piso, deteniéndose frente a una puerta de roble macizo. Al abrirla, Yaneth se quedó sin aliento. No era una habitación; era una suite real. Una cama de dimensiones vastas con sábanas de seda color crema, una chimenea de mármol, un vestidor que parecía una boutique de lujo y un baño que bien podría ser un spa privado.
—Es... es demasiado —susurró ella, girándose para mirarlo.
Thiago entró en la habitación, cerrando la puerta tras de sí. El espacio se redujo de golpe con su presencia. Se quitó la chaqueta del traje, revelando la musculatura de sus brazos bajo la camisa blanca que parecía a punto de estallar en sus hombros. Se desabrochó los botones de los puños con una parsimonia que ponía a Yaneth nerviosa.
—Nada es demasiado para la mujer que lleva el apellido Vieri —sentenció él con sus ojos claros fijos en ella—. Acércate, Yaneth. Tenemos que dejar las reglas claras.
Ella obedeció, deteniéndose a un paso de él. Tenía que inclinar mucho la cabeza para encontrar su mirada. Thiago la observó, notando su palidez y el temblor casi imperceptible de sus manos.
—Primero, tu salud —dijo él, y por un momento, la frialdad de sus ojos se suavizó un ápice—. He contratado a una enfermera privada que vivirá en el ala este. Estará a tu disposición las veinticuatro horas. También he traído a un chef especializado en nutrición prenatal. Él se encargará de que cada caloría que ingieras sea la correcta para ti y para el niño. No quiero volver a verte devolver un vaso de agua por falta de cuidados.
Yaneth parpadeó, abrumada por la logística de su protección. Fabián ni siquiera recordaba qué vitaminas tomaba, y este hombre, en menos de un día, había organizado un equipo médico.
—Gracias, Thiago... yo no esperaba...
—No me des las gracias. Es un contrato —la interrumpió él, recuperando su tono gélido—. Y como todo contrato, tiene cláusulas. Escúchame bien: no esperes amor de mi parte. El amor es una debilidad que no me permito y una mentira que tú ya conoces demasiado bien. Mi corazón no está en venta ni en oferta.
Yaneth bajó la mirada, sintiendo una punzada de tristeza, pero él le tomó la barbilla con sus dedos largos, obligándola a mirarlo de nuevo.
—Pero te daré algo más real que el amor: lealtad. No te seré infiel. No habrá otras mujeres en mi cama ni en mi vida mientras lleves mi anillo. Espero exactamente lo mismo de ti. Si me traicionas, las consecuencias serán definitivas. ¿Está claro?
—Está claro —respondió ella con firmeza.
—Bien. No te faltará nada. Ni a ti, ni menos a ese bebé. A partir de hoy, yo soy el padre. Yo soy el amigo. Yo soy el único hombre al que necesitas recurrir. Olvida que alguien más existe fuera de estos muros. Si necesitas algo, lo que sea, no dudes en llamarme. No importa la hora, no importa si estoy en una reunión o en otro continente. Si tienes un antojo a las tres de la mañana, me lo harás saber. Estaré ahí.
Thiago se acercó un poco más, invadiendo su espacio personal. El calor que emanaba de su cuerpo la envolvió, recordándole el beso en la capilla.
—Tu única tarea es cuidarte. Cuidar ese embarazo como si fuera el tesoro más grande de este imperio, porque ahora lo es. Eres mi esposa, Yaneth. Y el Lobo cuida lo que le pertenece con sangre si es necesario.
Yaneth lo miró a los ojos y, por primera vez, no vio solo miedo. Vio una seguridad absoluta. Thiago Vieri era una sombra imponente, un hombre que no prometía flores pero prometía muros de acero.
—Ve a descansar —ordenó él, dándole la espalda para caminar hacia la puerta—. La cena se servirá a las ocho. El chef te preparará algo ligero. Mañana empezaremos con tu nueva rutina.
Cuando Thiago salió, Yaneth se sentó en la inmensa cama. La habitación era fría y la libertad parecía un recuerdo lejano, pero por primera vez en semanas, no se sentía sola. Tenía un protector. Un protector que no pedía su amor, pero que estaba dispuesto a mover el cielo y la tierra por su bienestar.
Se acarició el vientre, mirando los lujos que la rodeaban. Era una jaula de oro, sí, pero dentro de ella, el Lobo acababa de marcar el territorio. Yaneth cerró los ojos, sintiendo todavía el eco de la voz de Thiago en sus oídos: "Estaré ahí". Y por alguna razón, ella le creyó.