Capitulo 12

1246 Words
El comedor principal de la mansión Vieri era un espacio de una elegancia intimidante. Una mesa de caoba pulida, lo suficientemente larga como para sentar a veinte personas, dominaba la estancia bajo la luz de una lámpara de cristal que proyectaba destellos plateados sobre la platería. Yaneth se sentía diminuta en aquel lugar. Llevaba un vestido de seda suave que el equipo de Thiago había dejado en su vestidor, un diseño holgado que no presionaba su vientre, pero aun así, sentía que el estómago se le cerraba con cada paso. El miedo no era solo al lugar, sino a la decepción. Fabián la había hecho sentir que su malestar físico era un defecto de fábrica, una molestia que arruinaba su estética y sus planes. Ahora, frente al "Lobo", temía que su debilidad fuera vista como una falla en el contrato. Thiago ya estaba allí, sentado a la cabecera. Se había quitado la corbata y arremangado las camisas de su camisa blanca, revelando unos antebrazos poderosos y velludos que descansaban sobre la mesa. Estaba revisando unos documentos en una tableta, pero en cuanto Yaneth entró, la dejó a un lado. Sus ojos claros la escanearon de arriba abajo, deteniéndose un segundo de más en su rostro pálido. —Siéntate, Yaneth —dijo, señalando el lugar a su derecha—. El chef ha preparado algo que, según el médico, es lo que mejor tolerará tu sistema esta noche. Un hombre con uniforme blanco impecable se acercó y colocó frente a ella un plato con un consomé clarificado y unas pequeñas tostadas de pan integral. El aroma era sutil, pero para el olfato hipersensible de Yaneth, era como un estruendo. El simple hecho de ver la comida la hizo palidecer aún más. —Yo... no tengo mucha hambre, Thiago —susurró ella, bajando la mirada—. No quiero arruinar la cena. —Come —ordenó él, aunque su voz no sonaba dura, sino firme—. Tu cuerpo necesita combustible para mantener a ese niño. Yaneth tomó la cuchara con manos temblorosas. Probó un poco, pero apenas el líquido bajó por su garganta, sintió esa familiar y violenta sacudida en el estómago. Dejó la cuchara, cubriéndose la boca con una servilleta, con los ojos llenos de lágrimas de pura humillación. —Lo siento... de verdad lo siento —dijo, levantándose a medias—. Debería irme a mi habitación. No quiero que me veas así. Fabián decía que... que era asqueroso, que no tenía autocontrol. No quiero ser una molestia para ti. Thiago se levantó con una agilidad sorprendente para un hombre de su envergadura. En dos zancadas estuvo a su lado. Su mano grande se posó en el hombro de ella, no para empujarla, sino para anclarla. Yaneth se tensó, esperando el reproche, pero lo que escuchó fue un suspiro profundo. —Siéntate, Yaneth —repitió él, esta vez con una nota de suavidad que la desarmó—. Mírame. Ella levantó la vista, encontrándose con esa mirada gélida que, por primera vez, parecía contener un rastro de calor. —En esta casa no somos perfectos, somos reales —dijo Thiago, su voz vibrando en el pecho de Yaneth debido a la cercanía—. Si tienes que vomitar, hazlo. Si tienes que llorar, hazlo. En esta casa, nadie te juzga por ser humana, y mucho menos por el esfuerzo que tu cuerpo está haciendo ahora mismo. No soy ese cobarde con el que estabas. Yo no busco una muñeca de porcelana para exhibir; busco a mi esposa. Y mi esposa está embarazada. Ese pequeño gesto de aceptación, esa validación de su dolor físico, fue lo que finalmente la quebró. Yaneth soltó un sollozo ahogado y escondió la cara entre las manos. No era solo por las náuseas; era por el alivio de no tener que fingir que estaba bien por primera vez en meses. Thiago no la abrazó de inmediato —no era un hombre de afecto fácil—, pero se mantuvo allí, firme como una roca, dejando que ella se desahogara. Luego, con una delicadeza que contrastaba con sus manos de guerrero, tomó un vaso de agua con limón y se lo acercó a los labios. —Bebe despacio —le indicó—. El chef ha infusionado esto con jengibre fresco. Ayudará. Yaneth bebió, sintiendo cómo el frío del agua calmaba el fuego en su garganta. Thiago volvió a sentarse, pero esta vez no tomó su tableta. Se dedicó a observarla mientras ella, animada por su falta de juicio, lograba tomar unas cuantas cucharadas más del caldo. —Sé que te sientes frágil —continuó Thiago, rompiendo el silencio—. Pero lo que estás haciendo, llevar una vida dentro de ti mientras tu propio mundo se caía a pedazos, es el acto de valentía más grande que he visto. No vuelvas a pedir perdón por los síntomas de tu fuerza. Yaneth lo miró, y por primera vez, sintió que algo se movía en su corazón que no tenía nada que ver con el miedo. Era admiración. Era... una chispa de algo que empezaba a arder. —¿Por qué eres tan bueno conmigo, Thiago? —preguntó ella, con la voz suave—. Dijiste que esto era un contrato. —Los contratos se cumplen mejor cuando las partes están bien cuidadas —respondió él, aunque sus ojos claros brillaron con algo indescifrable—. Y porque me irrita profundamente que alguien te haya hecho creer que tus necesidades son una molestia. Él se levantó de nuevo cuando ella terminó lo poco que pudo ingerir. —Mañana vendrá una modista. Necesitas ropa que te haga sentir cómoda, no solo vestidos para esconderte. Quiero que elijas lo que te guste. No mires el precio. Mi cuenta es tu cuenta. Antes de salir del comedor, Thiago se detuvo junto a ella. Se inclinó, su rostro a pocos centímetros del suyo, permitiendo que Yaneth sintiera ese aroma a madera y poder que lo envolvía. Con su pulgar, acarició la mejilla de ella, limpiando el rastro de una lágrima perdida. El contacto fue eléctrico, un fuego que recorrió a Yaneth de pies a cabeza. —Duerme tranquila, Yaneth —le susurró—. Mis hombres vigilan las puertas, y yo vigilo todo lo demás. Nada malo va a pasar contigo bajo mi techo. Si tienes pesadillas, si el bebé te da una mala noche... solo presiona el botón al lado de tu cama. Estaré allí antes de que la segunda señal suene. Yaneth se quedó sola en el comedor, tocándose la mejilla donde el pulgar de Thiago había dejado un rastro de calor. Fabián le había dado palabras dulces que resultaron ser veneno; Thiago le daba verdades duras que se sentían como medicina. Esa noche, cuando Yaneth se acostó en la inmensa cama de seda, no pensó en la traición del restaurante. Pensó en la mano de Thiago en su hombro, en su estatura imponente de 1,94 metros protegiendo su sueño y en esas palabras que seguían resonando en su mente: "Nadie te juzga por ser humana". Por primera vez, Yaneth no se sintió como una moneda de cambio o una víctima. Se sintió como una mujer que estaba siendo vista de verdad. Y en el silencio de la mansión, el corazón de la dulce Yaneth empezó a latir con un ritmo nuevo, un ritmo dictado por la sombra protectora del Lobo que, poco a poco, empezaba a enamorarla sin que él mismo se diera cuenta.
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