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Tres Cuentas Pendientes

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El inicio del año escolar en el Colegio San Bartolomé trae tres novedades que van a desordenar la vida de sus tres profesoras más brillantes.Isadora, divorciada y madre de Benjamín (8 años), cree que su mayor problema es la clase de séptimo grado... hasta que su exesposo, contador de una empresa de fachada, desaparece habiendo robado dinero de gente muy peligrosa. Y los peligrosos saben exactamente dónde encontrar lo que él más ama: a su hijo. De un día para otro aparece Mateo Ríos, el nuevo "profesor de educación física" del colegio. Alto, serio, imposible. Isadora lo calcula enseguida: nadie con ese porte enseña gimnasia. Mateo es policía encubierto, y su misión es proteger a Benjamín.El jefe de Mateo es Ex-militar convertido en dueño de una empresa de seguridad internacional — exitoso, poderoso, con oficinas en tres países y una agenda que no tiene hora de almorzar. Contrata a Mateo (sí, el "profesor" es uno de sus hombres), y cuando la amenaza contra Benjamín se sale de control, él personalmente toma el caso. No porque lo necesite su empresa: porque desde la primera reunión con Isadora no ha podido concentrarse en otra cosa. A Isadora le toca compartir la custodia de su propio hijo con un hombre que no puede decirle la verdad — y odiarlo sería mucho más fácil si no le respondiera cada sarcasmo con una calma que la desarma.Ángela, socióloga, madre de cuatro y esposa de un hombre que ya no la ve, empieza el año sospechando que su marido le oculta algo. Tiene razón: la firma donde trabaja lava dinero... de la misma gente que busca al ex de Isadora. Ángela, que pasa su vida analizando estructuras, va a descubrir que la suya está podrida de arriba abajo — y tendrá que decidir si la repara o la derrumba.Camila, madre soltera y profesora de idiomas, solo quería sobrevivir al horario y a la culpa. Pero el nuevo profesor de literatura, Simón, padre viudo de una alumna, empieza a buscarla con una paciencia absurda: un café, otro café, una sonrisa. Camila no recuerda el idioma en el que se dice "sí, quiero" para ella misma, y él está dispuesto a enseñárselo.Mientras las amenazas se acercan al colegio — un allanamiento, un secuestro fallido, secretos que salen a la luz en la reunión de padres más catastrófica de la historia — las tres amigas descubren que el amor no es un problema que se resuelve, es una guerra que se pelea. Y pelearán juntas.

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Capítulo 1 — Raíz cuadrada de un desastre
Hay tres tipos de personas en una reunión de profesores el primer día de clases: las que toman café para despertar, las que lo toman para no matar, y las que lo miden en mililitros para calcular cuánto les queda de tolerancia. Isadora Carvajal pertenecía a la tercera categoría. Sesenta y cinco minutos de reunión general, más veinte de presentación de agenda, más la intervención de la directora Briseño sobre "los nuevos lineamientos pedagógicos institucionales", que era exactamente la misma charla de los últimos cuatro años con sinónimos nuevos. —Doce punto siete por ciento —murmuró, mirando su taza. —¿Qué? —Camila se inclinó hacia ella desde la silla vecina. —Mi tolerancia restante. Después de esto, solo me queda sarcasmo. Camila reprimió una risa y la disfrazó de tos. Era su talento: reírse de las cosas de Isadora sin que la directora se diera cuenta, porque la directora Briseño tenía el radar de un halcón y la empatía de una taquilla. —Señoras —dijo la directora desde el podio, con el tono de quien va a anuncizar un funeral—, este año tenemos una novedad importante. Reforzaremos el área de educación física con personal nuevo, traído de una institución hermana de la capital. Nivel altísimo. Un profesional de primer orden. Un murmullo recorrió el salón de profesores. Isadora se sirvió más café. —Apuesto a que es el sobrino de alguien —dijo Ángela, sentada del otro lado de Camila, sin apartar la vista de su cuaderno de notas. Llevaba la agenda apuntada hasta marzo. De su casa dependían cuatro horarios escolares, dos prácticas de fútbol, una de ballet y un esposo que se había vuelto un mueble silencioso. —¿Por qué el sobrino de alguien? —preguntó Camila. —Porque "profesional de primer orden" es lo que se dice cuando no se puede decir "hay que ponerlo en la nómina igual". —Ángela subrayó algo con una caligrafía impecable—. Es como cuando se dice "tiene mucha personalidad". Sabes que es insoportable. —O está bueno —agregó Isadora—. Cuando la directora se toma tres segundos en pausa antes de decir "nivel altísimo", hay un subtexto. —Todo tiene subtexto contigo —dijo Ángela. —Todo tiene subtexto. Yo solo hago la traducción. Gratis. Los lunes cobro. Camila las miró a las dos y sintió esa cosa cálida de siempre, la de que el año podía traer lo que fuera mientras las tres tuvieran esta fila de sillas y este café. Llevaban seis años compartiendo salón de profesores, seis años de comités de crisis con vino en casa de turno, seis años siendo el equipo técnico emocional una de la otra. Ocho años, en el caso de Ángela e Isadora, que se habían conocido en la universidad: una estudiando sociología por convicción y otra matemáticas por supervivencia emocional — "los números no abandonan a nadie en una reunión de padres", decía Isadora siempre. Camila había llegado después, de un colegio del interior, con un hijo de año y medio y un divorcio fresco que casi nadie conocía todavía. —Aparte de eso —continuó la directora—, les presento a la nueva coordinadora de convivencia... Isadora dejó de escuchar. Sacó el teléfono, disimuladamente, bajo la carpeta. Un mensaje de Benjamín: "Mamá, ¿puedo quedarme a lo del fútbol? El profe nuevo dijo que sí." Frunció el ceño. Benjamín no era de quedarse a nada. Benjamín era de volver a casa, ordenar sus soldaditos por altura y leer enciclopedias de dinosaurios. ¿"El profe nuevo"? ¿Ya había "profe nuevo" en primaria? "¿Qué profe nuevo?" escribió. "El de educación física. Es como un soldado. Te manda quedar y te quedas." Isadora miró la pantalla durante tres segundos. Luego escribió: "Eso no es buena pedagogía, es buena milicia. Ya hablamos en casa." Guardó el teléfono. La reunión seguía. Ángela tomaba notas como si el destino del hemisferio dependiera de los "lineamientos". Camila traducía mentalmente el discurso de la directora, como hacía con todo: "Somos una gran familia" significa nadie cobra horas extras. "Puertas abiertas" significa nadie está en su oficina. —...y les pido un cálido aplauso de bienvenida —terminó la directora, y el salón se movió en un aplauso cortesía de quienes llevan una hora y media sentados. Isadora aplaudió por inercia, mirando su café, calculando si alcanzaba para llegar al recreo. Y entonces la puerta del salón se abrió. No de golpe. Sin dramatismo. Pero algo cambió en el aire del salón, una de esas variaciones mínimas que Isadora era incapaz de ignorar aunque quisiera: dos maestras dejaron de hablar a medias de frase, una puso la mano sobre la boca de la otra con comentario pendiente, y hasta la directora Briseño sonrió con los dientes, cosa que le sucedía aproximadamente cada dos presupuestos aprobados. El hombre que entró no era un sobrino de nadie. Eso lo supo Isadora en el primer metro que avanzó por el pasillo entre las sillas: la forma en que ocupaba el espacio, sin pedir permiso ni disculparse por existir. Alto —uno ochenta y algo, y eso que calculaba mal a los hombres altos porque no le gustaban, por lo que sumaba tres centímetros de resentimiento—, hombros que estiraban la tela de la camisa polo institucional de la peor manera posible, es decir, la mejor. Mandíbula de quien aprieta los dientes por deporte. Mirada oscura, seria, de escaneo. De escaneo , pensó ella, con interés profesional. No la mirada de un profesor que busca caras. La mirada de alguien que cuenta salidas. —Profesores, les presento a Mateo Ríos —dijo la directora—. Educación física. Venga por favor, unas palabras. El hombre llegó al podio. Miró al salón. No sonrió. —Buenos días —dijo, y su voz era de la misma categoría que sus hombros—. Me gusta el orden, el puntualidad y el silencio cuando trabajo. Los niños correrán, saltarán y se cansarán. Los que quieran hablar en mi clase, hablen corriendo. Silencio. Y luego el aplauso más genuino del día, encabezado por los profesores varones, que reconocían en él a alguien de una especie que ya casi no se fabricaba. Isadora no aplaudió. Isadora lo observó como se observa un problema nuevo en el pizarrón: con la vista entrecerrada y la sensación incómoda de que la solución no iba a salir en el primer intento. —Qué raro —dijo, más para sí misma. —¿Qué? —Camila se acercó. —Que hable así. Los profesores nuevos llegan pidiendo permiso hasta para respirar. Él llegó dando órdenes. —Tomó un sorbo de café—. Ese no es educación física. Eso es otra cosa. —¿Otra cosa cómo? —Camila seguía mirando al frente, con esa sonrisa involuntaria que le salía cuando algo la divertía y la inquietaba al mismo tiempo. —No sé. —Isadora bajó la voz—. Pero el último hombre que vi con ese porte estaba custodiando el edificio del banco. —Ay, Isadora —Camila soltó la risa de verdad esta vez, y varias cabezas se giraron—. No todo es una conspiración. —Todo es una conspiración con mejor o peor producción. Ángela, que había escuchado sin mirar, cerró su cuaderno con un golpe suave y definitivo. —Pueden seguir teorizando —dijo—, yo voy a ver si en el preescolar ya dejaron entrar a mi hija, porque ayer lloró treinta minutos y hoy mi esposo "no pudo" quedarse con ella, entre comillas, porque el hombre que duerme a mi lado desde hace doce años citó una reunión a las siete de la mañana y salió perfumado. —Se levantó, impecable, con la elegancia de quien va a un funeral con buen corte de sastre—. Que tengan buen primer día, colegas. Isadora y Camila la vieron alejarse por el pasillo entre las sillas, alta y recta, sin voltear. —¿Salió perfumado? —preguntó Camila en voz baja. —Ese es el dato menos importante de la frase —dijo Isadora—. Lo importante es que Ángela lo dijo en voz alta. Ella nunca dice nada en voz alta. Camila miró la puerta por donde había desaparecido su amiga, y la sonrisa se le bajó un grado. —¿Comité de crisis esta noche? —Esta noche no puedo, Nico tiene el chequeo pediátrico. —Camila hizo una mueca—. Que ahora lo llevo yo sola, obviamente, porque a su padre le nació un viaje de trabajo eterno en el mes exacto en que la pediatra pidió los análisis. —El universo es un excel mal manejado —dijo Isadora—. Viernes entonces. En mi casa. Llevo el vino, ustedes llevan las quejas, repartimos parejo. Camila se rió otra vez, recogió sus cosas y se fue hacia el ala de primaria, cargando el bolso de siempre, el que tenía un paquete de galletas, un suéter de niño y tres plumones que no eran suyos. Isadora se quedó un momento más en su silla. Terminó el café. Miró el podio vacío. El señor Mateo Ríos ya no estaba, pero su sombra seguía ahí, como los problemas mal planteados: presentes aunque nadie los escriba en el pizarrón. Sacó el teléfono y le escribió a Benjamín: "Nada de quedarte a fútbol esta semana. Orden médica maternal." La respuesta llegó en cuatro segundos: "¿Qué es una orden médica maternal?" "Un diagnóstico reciente. Te lo explico con gráficos." "Jajaja. Eres la mejor, mamá." Isadora sonrió al teléfono, guardó la carpeta bajo el brazo y salió hacia el aula 7B, donde treinta y dos adolescentes la esperaban con la ilusión de quienes todavía no saben que las funciones no se derivan solas. El año empezaba. Ella no lo sabía todavía, pero sus variables ya estaban todas en el tablero: una amiga con un marido que salía perfumado a las siete de la mañana, otra con un ex que se había vuelto humo en el horizonte, un hijo que admiraba a un "profe soldado", y un hombre que había entrado al salón de profesores contando salidas. Las ecuaciones complicadas se reconocen desde el inicio. Lo difícil es admitirlo.

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