Una semana había transcurrido desde que Axel despertó en aquella habitación de hospital, una semana que se sentía como una eternidad atrapado en la telaraña tejida por Taylor.
Cada día era una repetición del anterior: el olor a desinfectante, las visitas de Taylor con su sonrisa brillante y sus palabras cuidadosamente seleccionadas, y la persistente niebla en su mente.
Taylor había sido meticuloso en su plan. Desde el primer momento, había limpiado la escena del accidente y había aislado a Axel del mundo exterior. Había convenció a Axel de llamar a su familia y mentir diciendo que su madre estaba muy enferma del corazón y la noticia de que él tuvo un accidente la pondrían muy nerviosa y era mejor decirle que estaba de viaje y estaba resolviendo un negocio rentable y tenía que evaluar algunos proyectos.
Las visitas de amigos y familiares no se hacían presente y cualquier intento de contacto por parte de ellos al celular de Axel era hábilmente desviado con mentiras.
—Oh, Axel está muy delicado, necesita reposo absoluto —le decía Taylor al personal del hospital, su voz impregnada de preocupación —La familia y los amigos están al tanto, pero les he pedido que no lo abrumen con visitas. Mi esposo necesita tranquilidad para recuperarse.
A los medios de comunicación, les había hecho llegar un comunicado oficial, redactado con la ayuda de un abogado cómplice, informando sobre el grave accidente de Axel y su delicado estado de salud, solicitando privacidad para su recuperación.
Si la noticia se difunde serían demandados rápidamente por una suma millonaria, los medios de comunicación que sabían de este accidente tenían miedo de enfrentar al joven empresario, también sentían simpatía y preocupación por el CEO accidentado, Taylor les había contado que debían mantenerlo oculto de quienes podrían reconocer su estado de vulnerabilidad y atentar contra su vida.
Mientras tanto, en la intimidad de la habitación del hospital, Taylor continuaba su labor de manipulación. Cada día, se sentaba junto a la cama de Axel, sosteniendo su mano, acariciando su cabello, hablándole con una dulzura que rozaba lo insidioso y los castos besos que lo ponían incómodo.
—Recuerdas esa noche, mi amor ¿verdad? — le decía, con su voz suave como la seda — Cuando me pediste que me casara contigo. Fue tan romántico. Estábamos tan enamorados, tú y yo. Y yo, por supuesto, dije que sí. Estaba tan feliz de que finalmente te dieras cuenta de cuánto te amo.
Axel fruncía el ceño, intentando aferrarse a algún recuerdo, a alguna imagen que confirmara las palabras de Taylor. Pero solo encontraba fragmentos rotos, sensaciones vagas y la abrumadora certeza de que algo no estaba bien.
—Pero… no recuerdo nada de eso, Taylor— murmuraba Axel, la frustración y la confusión marcando su voz. —Yo… yo no te recuerdo como mi esposo, ¿por qué no podemos decir que estamos de luna de miel si todos saben que estamos casados?
—Oh, mi amor —respondía Taylor, acariciando su mejilla. —Es normal que no lo hagas. El golpe fue muy fuerte. Pero los sentimientos están ahí, Axel. Están en ti, en tu corazón. Y yo estoy aquí para recordártelos y ayudarte a buscarlo. Tu madre no quiere hablar sobre nuestra luna de miel, tu padre es homofóbico y cualquier noticia que escuche sobre nosotros puede dañar su salud.
Axel pensaba que era cierto y que debía mantener la salud de sus padres en buen estado.
Taylor le mostraba algunas fotos que había falsificado, una y otra vez, señalando las sonrisas, los abrazos, las miradas cómplices. También le mostró fotos de quiénes eran sus padres y amigos.
—Mira, cariño. Ahí estamos en nuestra boda. ¿No te acuerdas de esa playa? Te encantó. Y aquí, en nuestra boda. Parecías tan feliz.
Axel observaba las imágenes, tratando de encontrar alguna conexión, alguna emoción que resonara. Pero las fotos, aunque parecían genuinas, se sentían ajenas, como si pertenecieran a otra persona.
—Pero… Alicia… mi novia… — intentó decir Axel, refiriéndose a la última persona que recordaba con claridad.
Taylor suspiró, su expresión tornándose de una tristeza fingida, pero si llena de celos y odio.
—Alicia… Axel, ella te dejó hace mucho tiempo. No podía soportar tu ritmo de vida, tu dedicación al trabajo. Fue muy doloroso para ti, lo sé. Pero yo siempre estuve aquí, esperándote. Y cuando finalmente te diste cuenta de tu error, me elegiste a mí. Me elegiste a mí, esposo. Y yo te amo más que a nada en el mundo.
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Cada día, Taylor introducía nuevos detalles, nuevas anécdotas, construyendo pacientemente un pasado compartido que solo existía en su retorcida imaginación. Le hablaba de sus sueños juntos, de los hijos que planeaban adoptar, de la vida idílica que les esperaba.
—Vamos a ir a vivir en nuestra mansión, mi amor— le decía. —Tendremos un jardín enorme, y tú podrás pintar todo el día, como siempre quisiste. Y yo te cuidaré, te amaré y te haré feliz. Seremos un equipo, tú y yo. Para siempre.
Axel se sentía cada vez más atrapado. La ausencia de recuerdos era un vacío que Taylor se apresuraba a llenar con sus mentiras. La soledad, la confusión y la aparente falta de alternativa lo estaban desgastando. Empezaba a cuestionar su propia cordura, a dudar de lo que era real y lo que no.
Un día, Taylor le trajo un anillo de bodas, idéntico al de las fotos.
—Este es tu anillo, esposo —le dijo, colocándolo en su dedo con delicadeza — Para que nunca olvides nuestro compromiso. Para que nunca olvides que me amas, y que yo te amo a ti.
Axel miró el anillo, brillando a la luz artificial de la habitación. Era hermoso, pero se sentía pesado, como una marca de propiedad.
—Taylor… — comenzó Axel, su voz llena de una tristeza profunda — Si todo esto es verdad… si somos esposos… ¿por qué no lo recuerdo?.
Taylor se inclinó y le dio un beso en la frente.
—Porque el amor verdadero, Axel, a veces necesita un pequeño empujón para florecer... de nuevo. Y yo estoy aquí para dártelo. Te amo, Axel. Y tú me amas a mí. Solo tienes que permitírtelo. No importa que no recuerdes, haremos recuerdos hermosos desde ahora.
Axel cerró los ojos, sintiendo una profunda desesperanza. La verdad se le escapaba entre los dedos, y la mentira de Taylor se estaba convirtiendo en su única realidad.
La semana en el hospital había sido un campo de batalla silencioso, y Taylor, con su astucia y su crueldad, estaba ganando la guerra.